Excavaciones en La-Tène, 1911. Foto: Latenium
Excavaciones en La-Tène, 1911. Foto: Latenium

Hoy os voy a hablar de un momento de la historia del continente europeo que tiene lugar aproximadamente en los últimos 500 años anteriores al cambio de era. El estudio de este periodo, inevitablemente nos lleva a investigar sobre el desarrollo de una cultura centroeuropea que vive su momento de máximo apogeo y que se acaba extendiendo por todo el oeste del continente. Esa cultura ha sido identificada popularmente con el mundo celta.

A través de un proceso de expansión, en parte a través de movimientos de pueblos de mayor o menor magnitud, pero sobre todo de contactos comerciales y humanos entre pueblos vecinos, se van originando una serie de cambios en la cultura material de una población que ya tenía una serie de rasgos comunes que posiblemente parten de la Edad del Bronce.

Por último, a lo largo de todo el artículo, vamos a ver de qué manera está relacionada la cultura La-Tène con los astures.

Un poblado a orillas de un lago

A mediados del siglo XIX se vive un momento de euforia arqueológica en Europa. Se está configurando lo que será el estudio del pasado y entre otras cosas se establecen las primeras divisiones por edades en la Historia. El sistema de las tres edades será el que triunfe, estableciendo una división entre la Piedra, el Bronce y el Hierro.

Para documentar estos periodos se apoyan en la excavación de yacimientos por todo el continente. Es el momento en el que se ha descubierto que en los lagos alpinos existen vestigios de asentamientos lacustres que tienen una rica cultura material sobre todo relacionada con la metalurgia del hierro.

Lámina extraída del Diario de excavaciones (1906-1917) de Paul Vouga. Litografía según un dibujo realizado el 7 de mayo de 1907 por Fernand-Louis Ritter ( Laténium, Hauterive).
Lámina extraída del Diario de excavaciones (1906-1917) de Paul Vouga. Litografía según un dibujo realizado el 7 de mayo de 1907 por Fernand-Louis Ritter ( Laténium, Hauterive).

Uno de esos asentamientos es La-Tène a orillas del lago Neuchatel, en Suiza. En 1857 se produce el descubrimiento casual de numerosos objetos de hierro constituidos sobre todo por espadas y puntas de lanza. Fue el profesor Edouard Desor, al estudiar las piezas casi un año después quien se dio cuenta del potencial que tenía el yacimiento en la definición de la Edad del Hierro. El lugar sería excavado intensivamente desde 1880 hasta mediados del siglo XX.

Este último periodo de las tres edades abarcaba aproximadamente el último milenio a.C. de la historia de Europa. La época más antigua era la de Hallstat y sus principados, donde las grandes tumbas tumulares como la de Vix o Hochdorf habían servido para establecer una serie de tipologías sobre la cultura material. La-Tène se convirtió en el yacimiento emblemático 1 de la conocida como segunda Edad del Hierro, abarcando aproximadamente desde el 450 a.C. hasta el cambio de era.

El Latenium. Museo en La-Tène donde se recoge toda la información y gran número de piezas del yacimiento.
La expansión de los celtas, del 400 a.C. al siglo I a.C.

Durante este periodo tienen lugar una serie de cambios en la cultura material europea que se explican en un primer moemtno a través de procesos de invasiones. Tenemos que pensar que en el imaginario de los historiadores y arqueólogos decimonónicos, como en los de ahora, influyen las corrientes de pensamiento de su época. Es el tiempo de las identidades nacionales y el romanticismo. En ese momento se imagina a los celtas como una cultura guerrera y sanguinaria, pasando a fuego y espada todo lo que se encuentran por el camino. Héroes y magos viviendo en libertad en la naturaleza. Las fuentes escritas de época griega y romana tienen gran parte de la culpa de esta visión. La aparición de objetos de tipo la-Tène en lugares como la península ibérica o en el Danubio sólo pueden ser explicados, según el paradigma arqueológico decimonónico, por una expansión militar que se conceptualiza como la época de las invasiones.

Algo de cierto hay en esa visión. A finales del siglo V a.C. se vive un proceso de crecimiento demográfico en el interior del continente que va a cristalizar en movimientos de pueblos, llamémosle migraciones, en las que hay hombres, mujeres y niños, en busca de nuevos territorios. En muchas ocasiones esos movimientos son violentos, y tienen como objetivo algunos lugares destacados para las culturas mediterráneas, como el santuario de Delfos en Grecia o el saqueo de Roma por Breno en el 390 a.C. Esas migraciones tuvieron su eco en la historia de las islas británicas o la península ibérica, más relevante para el tema de este post.

Mapa de la expansión céltica. Licencia CC

Hay que tener en cuenta que cualquier invasión tiene su límite en el número de individuos que la sociedad que la protagoniza es capaz de aglutinar en varias generaciones. No es posible que los cambios que experimenta la cultura material de ese periodo provenga exclusivamente de la llegada de invasores foráneos al territorio.

En la península ibérica de la segunda Edad del Hierro, al menos en la parte «céltica» no se observa la llegada masiva de gentes del exterior, excepto con las citadas referencias históricas de gentes llegadas de la Galia a territorio celtíbero, siendo básicamente la misma que en la Edad del Bronce, momento en el que, esta vez sí, la genética nos habla de variaciones, sobre todo en la población masculina. Por tanto el desarrollo de la cultura material se produce entre individuos cuyo bagaje genético ya estaba en el territorio en la segunda Edad del Hierro. Por eso oiréis decir a la mayoría de investigadores que estos cambios se deben a «evolución interna» más que a invasiones, término que por otro lado está bastante en desuso en la actualidad.

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Hay lugares a los que verdaderamente llegaron migraciones de pueblos provenientes de centro-europa, que traen su cultura material, y otros a los que llega la influencia de esos pueblos en las etnias vecinas. Creo que es el caso de los astures. Los objetos de tipo La-Tène que se expanden por la mitad oeste de la península tienen un origen mejor o peor documentado en el viejo solar de la celtiberia, y autores en la línea de Almagro-Gorbea2 proponen que ese sea el núcleo desde el cual se produce la celtización de la parte indoeuropea de la península.

Además, al igual que sucede en la Galia, la celtibérica es una cultura en expansión3 que se ve interrumpida con la llegada de los romanos al territorio pero su semilla pervive en los pueblos del norte y noroeste que la incorporan a su propia etnogénesis durante este periodo.

Mapa de la Céltica europea. CC

De todas formas ese sustrato celta se superpone a una población que, como dije más arriba, es la de la Edad del Bronce, y que en el caso astur, tiene una serie de puntos en común con los pueblos de la Europa atlántica4, de la que el periodo conocido como Bronce Final, o Bronce Atlántico es su máximo exponente.

De hecho, en la actualidad se plantea como hipótesis alternativa que el verdadero origen del mundo celta no sea centro Europa, sino la parte occidental de la península ibérica. Sería algo similar a lo que ocurrió con el megalitismo que en un principio se creyó que era una forma cultural derivada del contacto mediterráneo y actualmente se ha comprobado que tiene un origen a orillas del atlántico.

La teoría de Celts from de West de Kotch está siendo duramente atacada por varios frentes, y veremos en qué queda, pero las pruebas que ha presentado sobre este origen occidental han hecho replantearse la teoría centroeuropea desde los cimientos haciendo que se vea como un paradigma fruto de la política y el supremacismo cultural del momento.

La cultura material

En la llamada Europa Céltica se observan una serie de patrones en cuanto a la vida y la cultura material de estos pueblos. El primero es probablemente el de la elección de lugares en altura que son fortificados y en el que se aglutina la población. Tuvo su comienzo ya en la transición del bronce al hierro, es decir, entre los siglos IX al VII a.C. dependiendo de cada zona. Evidentemente tuvieron distinto resultado dependiendo de la propia idiosincrasia de cada pueblo, y sobre todo de los contactos que tuvieran con las civilizaciones mediterráneas que en ese momento están en expansión hacia el occidente, y como digo, de la propia tradición atlántica en el caso de los pueblos ribereños de la costa europea.

Poblados

Al final del periodo aparecen, como decía más arriba los primeros oppida, que son característicos de la Europa templada, es decir, la más próxima al mediterráneo. Actualmente se cree que son fruto de la presión o del contacto de esas civilizaciones mediterráneas con los pueblos celtas. Probablemente como medio de defensa común ante una amenaza, pero también desde un punto de vista comercial con el auge de unas élites que se están enriqueciendo gracias a ese contacto actuando como intermediarios.

Pasó con los principados hallstáticos, cuya fortuna proviene del rico comercio entre el Mediterráneo y el Báltico, entre otros factores. Aquí el resultado es similar. En el caso de la península ibérica se ha explicado como el resultado de eso que llaman romanización temprana, o influencia (negativa) de la presencia romana sobre los pequeños poblados que ven una amenaza ante la cercanía de un conflicto con gentes del Mediterráneo, como cartagineses o romanos. En parte es la consecuencia lógica de una evolución interna del poblamiento, con una jerarquización que lo que pone de manifiesto es que estas culturas indígenas también experimentan su propio desarrollo.

Lancia vista desde la A-6

En el caso astur existen esos oppida, como los de Las Labradas o Lancia, cuyo auge precisamente tiene que ver con la presencia romana en el territorio como amenaza, además de las propias características del terreno.

En los territorios de montaña del norte, este suceso no llega a cristalizarse más que en asentamientos puntuales, como la Campa Torres, siendo el pequeño castro la tónica dominante en el patrón de ocupación, eso si, con su propia jerarquía. Algo que por otra parte sucede en el resto del continente.

No podemos dejar el ámbito de los asentamientos sin hablar de una excepción importante. Ni las murallas ni las edificaciones dentro de ellas en el ámbito astur se corresponden con el modelo de poblamiento de La-Tène. En este sentido los astures continúan una tradición local que tiene a la cabaña circular como lugar de habitación más representativo frente a las cabañas cuadrangulares de centro Europa. El modelo astur responde a un tipo atlántico que encontramos desde la península ibérica a las islas británicas, e incluso más allá tanto en el tiempo como en el espacio.

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Reconstrucción de cabaña indígena de la Campa Torres

Otra gran diferencia es la relativa a las necrópolis, como veremos a continuación.

Metalurgia

En cuanto a los objetos metálicos 5 de esta cultura, evidentemente, hay grandes variaciones entre las distintas áreas geográficas. No obstante, si volvemos al núcleo original lateniense veremos que la producción principal se hace en hierro, y es que La-Tène como digo, es la expansión del hierro desde el norte y en el caso astur desde la Meseta. En ambos casos convive con el bronce, sobre todo en la fabricación de fíbulas. En las armas el hierro es el metal más utilizado.

Armamento

En el caso astur la lanza, el puñal y la caetra son el armamento6 que define a un soldado que vive en zonas montañosas y que practica una guerra de guerrillas. Lo vimos cuando hablamos de las lanzas entre los astures. Las tropas astures peleaban o bien a pie o bien a caballo, como demuestran los distintos arreos encontrados en castros astures tanto trasmontanos como cismontanos y usan la lanza principalmente, una lanza que proviene de una evolución de la Edad del Bronce principalmente pero que incorpora claras influencias meseteñas.

Sin embargo en la celtiberia la espada7 es parte fundamental del armamento. Esta espada que tuvo tanto éxito que fue copiada por Roma como armamento para sus legiones. Sin embargo entre los astures salvo los puñales de antenas, que son de un periodo anterior a la segunda Edad del Hierro pero de raigambre centroeuropea, no tenemos constancia del uso de espadas de este tipo.

Espadas celtibéricas, de un tipo y decoración con paralelismos al otro lado de los pirineos. Foto: Celtiberiahistorica.es

El caballo es un eje central de las élites militares celtas. La presencia de las fíbulas de caballito, y la diadema de Moñes, entre los astures parecen indicarnos la existencia de esta clase social militar, en consonancia con otros pueblos célticos europeos alejándonos de esas sociedades igualitarias o no jerarquizadas entre ellos que constituirían una excepción en toda Europa occidental en ese periodo.

Fíbula de Lancia. MAN. Foto: Gonzalo Cases Ortega

Las armas típicas de La-Tène son las espadas, los cascos, lanzas y escudos. Casi ninguno aparece en el registro arqueológico astur, por el momento. Lo digo porque nos falta el registro funerario de estos pueblos del norte, que es precisamente donde aparecen estos objetos en el ámbito lateniense. La reciente aparición de cascos, como los de Ribadesella, de la transición entre el Bronce y el Hierro en hallazgos en cuevas, abre una esperanza a que en el futuro se enriquezca el registro arqueológico de estos objetos.

Objetos de prestigio

Las fíbulas, puñales, etc. que se suelen encontrar en el norte están en el ámbito doméstico o en los propios talleres de producción. Muchas veces son fruto de hallazgos casuales y descontextualizados. Por eso es tan importante que no se alteren los contextos, porque es casi más importante el lugar donde aparece que el propio objeto en sí, (cuña anti-expoliadores).

En el caso astur lo más significativo del estilo lateniense son las fíbulas. Entre astures transmontanos y cismontanos están representadas la mayoría de tipos de ámbito meseteño y por paralelismo, centro europeos.

Fíbulas de caballito como las de Lancia (arriba) y León o las de Caravia o la Campa Torres. Fíbulas de pie vuelto, las propias de La-Tène que son aquellas en las que el pie vuelto conecta con el arco de la fíbula y se fusiona con él.

Fíbula de torrecilla en el Museo Arqueológico de Asturias. .

Fíbulas de arco, fíbulas de torrecilla, que son una evolución de las de pie vuelto, etc. Todas ellas son de este periodo y tienen paralelismos más allá de los pirineos, en el núcleo de la cultura lateniense aunque experimentan un desarrollo propio en la península ibérica.

Además estas fíbulas, y relacionado con el siguiente apartado, a medida que van evolucionando adoptan formas de animales entre los que el lobo y el jabalí son representativos. Además de las de caballito, con o sin jinete, que se extienden por todo el ámbito céltico meseteño y cantábrico hasta el centro de Asturias. Otras de estilo zoomorfo se esquematizan hasta el extremo como la de Llagú con paralelismos en el mundo cántabro y meseteño.

Fíbula de La-Teène, zoomorfa con una representación de un lobo. Procede de Lancia. MAN. Foto Gonzalo Cases Ortega
Representaciones con estilo figurativo

El arte de La-Tène ha sido considerado como el arte celta por definición. Entre sus características están los diseños curvilíneos y filigrana, y otra muy significativa: la representación figurativa. Quizá el exponente más destacado sea el famoso caldero de Gundestrup, que ha fascinado a generaciones de arqueólogos. Frente a la geometría de Hallstat, vemos que el mundo artístico lateniense se vuelca en la representación de animales y seres humanos y los diseños lineales dan paso a un mundo de motivos intrincados. Posiblemente por influencia mediterránea desde el sur de la Galia en el caso de centro Europa.

Panel de Cernunnos. Caldero de Gundestrup. Museo de Copenhage

Entre los astures tenemos la famosa diadema de Moñes que, fechada entre los siglos III y I a.C. se escapa del ámbito de la decoración geométrica para adentrarse en el mucho más estimulante para el observador, de la representación de escenas. No me voy a extender aquí pero os dejo un enlace al post que publiqué sobre ella. Se la considera una representación de tipo lateniense, en el ámbito de un pueblo céltico como son los Luggones entre los astures.

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Diadema de Moñes. Aparece representado el uso del caldero ritual. Magia y medicina se confunden en la Antigüedad. Fotografía Museo Arqueológico Nacional
El final de La-Tène es el mundo romano

Al igual que en la Galia, donde Roma con César cortó de repente el desarrollo de la cultura La-Tène, o en Britania donde Agrícola hizo lo propio, en Hispania las distintas guerras civiles de Roma, con Sertorio, Pompeyo y el propio César, cercenaron la celtización8 del territorio tras someter a los celtíberos, completándose con Augusto la dominación de astures y cántabros y poniendo fin a la cultura celta en la península ibérica. Un proceso mucho más lento que en las otras dos provincias.

Si bien la romanización impone lengua y probablemente sustituye gran parte de la cultura material en aquellos lugares como la Galia o Hispania, lo cierto es que el mundo celta sobrevive en el ámbito insular, sobre todo en Irlanda, que nunca fue conquistada y hasta donde llega la influencia de La-Tène así como en Caledonia (Escocia) que queda más allá de limes romano en el muro de Adriano.

No obstante en los territorios donde estuvo presente esta cultura sobreviven algunas características que experimentan un proceso de sincretismo con el mundo romano. Incorporaciones al latín vulgar, religiosas, artísticas e incluso armamentísticas, adoptando las legiones algunos elementos bélicos de este mundo celta, en definitiva lateniense.

Casco romano de tipo Montefortino. Las legiones adoptaron enseguida el casco celta de tipo Montefortino. De Hispania copiaron el gladius, que es una espada celtibérica. Museo Británico. Foto Lacasadelrecreador.com

En conclusión

La cultura material de los astures presenta claros exponentes de la cultura La-Tène. Es probable que el origen de estos objetos debamos buscarlo en el ámbito meseteño, dentro de la cultura celtibérica. Los evidentes paralelismos formales entre algunos objetos astures con los celtiberos, nos hablan sobre todo de contactos comerciales, botines de guerra, o simplemente intercambios de objetos de prestigio. Algunos de estos objetos entran a formar parte de la metalurgia astur y experimentan su propio desarrollo.

Todavía nos falta por reunir evidencias arqueológicas para sacar conclusiones. Será determinante la aparición en el futuro de contextos funerarios, donde las panoplias de los guerreros hablen de la cultura material y de los estilos artísticos de los astures. Por el momento, sacar conclusiones con los escasos registros arqueológicos es aventurado, como poco.

El mundo de La-Tène es el mundo celta por definición. Pero es un mundo de evidencias arqueológicas, que es de lo que me ocupo en exclusiva en este post.

Hemos visto en otros artículos sobre la celticidad de los astures que presentan rasgos similares a los de otros pueblos célticos peninsulares y europeos, lengua (onomástica y toponimia), religión, etc… Sin embargo la cultura material astur tiene algunas peculiaridades propias que la emparentan más con el mundo atlántico que con el ámbito centro europeo.

Si lo pensamos es lógico y quizá debamos replantearnos, como están haciendo Kotch y otros autores, que la edad del Hierro es mucho más compleja y dinámica de lo que pensamos. Y que presenta una diversidad material que no deja de ser una característica más de ese concepto genérico que llamamos Celtas.

También debemos pensar en que estos esquemas, de primera y segunda edad del Hierro no se adaptan excesivamente bien a todos los rincones del occidente europeo. Por ejemplo entre los astures, galaicos y cántabros vemos un uso mayoritario del bronce hasta épocas muy recientes, más modernas que las que vemos entre los pueblos de la Meseta, que adoptan el hierro mucho más pronto.

Estoy convencido de que ya ha llegado el momento de superar estos paradigmas donde hay un espacio nuclear de una cultura que se transmite a todo un continente, por cierto muy acorde con la mentalidad colonialista y de la escuela francesa (centralista) del siglo XIX y empezar a ver la protohistoria europea como un mundo en el que lo celta surge de las distintas evoluciones locales y de los intensos contactos humanos y comerciales que empezamos a ver gracias a la arqueología. Un mundo celta con varias raíces más que varias ramas, para entendernos.

Notas al pie y bibliografía

  1. de la Serna, J. R. (1912). La época de la Tene, segunda del hierro, en Transilvania y en la Península Ibérica. Butlletí de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona, 39-48.
  2. Gorbea, M. A. (1992). El origen de los celtas en la Península Ibérica: protoceltas y celtas. Polis: revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad, (4), 5-31.
  3. Almagro-Gorbea, M., & Lorrio, A. (1987). La expansión céltica en la Península Ibérica: una aproximación cartográfica. I Simposium sobre los Celtíberos (Daroca, 1986), 105-122.
  4. Alberro, M. (1999). Los pueblos celtas del Noroeste de la Península Ibérica. Anuario brigantino, (22), 49-70.
  5. de Motes, J. M. (1970). Desarrollo de la orfebrería prerromana en la Península Ibérica. Pyrenae, 79-109+.
  6. Fernández-Götz, M. (2015). Gustavo García Jiménez, El armamento de influencia La Tène en la Península Ibérica (siglos V—I a. C.). Germania: Anzeiger der Römisch-Germanischen Kommission des Deutschen Archäologischen Instituts, 318-320.
  7. Hummler, M. (2007). Entre Iberos y Celtas: Las Espadas de Tipo La Tene del Noreste de la Peninsula Iberica.
  8. Gorbea, M. A. (2019). La celtización de la península ibérica. Desperta Ferro. Arqueología e Historia, (25), 6-11.
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