Hoy os comento un artículo interesantísimo que aborda la toponimia del territorio de los astures desde una perspectiva comprensiva, analizando cómo los nombres del paisaje constituyen algo más que huellas de quienes lo habitaron. Son evidencias de la manera de comprender ese espacio y cómo interactuaron con él esas comunidades.
El artículo “Dende l’Ástura hasta la mar: entrar n’Asturies al traviés de la toponimia”, de Xulio Viejo Fernández1, propone una reinterpretación histórica del territorio astur romano a partir del estudio de la toponimia. El autor viene a decir que podemos entender la manera en la que se lleva a cabo esa romanización del territorio desde la toponimia.
Asturia, un territorio o ¿una solución administrativa romana?
El punto de partida del trabajo es la vieja tradición recogida por Isidoro de Sevilla según la cual los ástures debían su nombre al río Ástura, identificado con el actual Esla. Esta idea ya aparecía en Plinio, Floro y Orosio, y vincula directamente el etnónimo ástures con un hidrónimo. Del mismo modo, el corónimo Asturia designaba el territorio derivado de ese nombre fluvial. Para el autor, esta relación no debe entenderse solo como una etimología erudita, sino como una clave para comprender cómo Roma organizó espacialmente el noroeste peninsular. El río no era únicamente un accidente natural: era el eje sobre el que se construía una identidad territorial .
El plural Asturies no aparece documentado hasta finales del siglo VIII. Hasta entonces, Asturia incluía tanto territorios al norte como al sur de la cordillera cantábrica. Sin embargo, el uso medieval del plural restringe progresivamente el nombre a los espacios transmontanos, es decir, a las tierras al norte del cordal. Este cambio semántico refleja una transformación profunda en la percepción territorial. Ya no se trata del amplio espacio articulado desde el Esla, sino del territorio norteño definido por la barrera montañosa y por la nueva organización política altomedieval .
Uno de los argumentos más importantes del artículo es que Asturia y ástures fueron probablemente denominaciones exónimas, es decir, nombres impuestos desde fuera, especialmente desde la administración romana. No existen pruebas claras de que las poblaciones indígenas se reconocieran a sí mismas como “ástures” antes de la conquista. De hecho, muchas gentilidades locales tomaban su nombre de otros ríos o accidentes concretos. Esto sugiere que Roma construyó una gran unidad administrativa y geográfica a partir de elementos hidrográficos y estratégicos propios. El nombre no reflejaba necesariamente una identidad étnica previa, sino una forma romana de ordenar el territorio conquistado .
El autor sitúa esta construcción dentro del marco general de la cartografía imperial romana. Si las fuentes del Ebro definían el núcleo cántabro y la desembocadura del Duero separaba lusitanos y galaicos, el Ástura —principal afluente del Duero por la derecha— trazaba el vector de expansión hacia el norte. Asturia sería así la región que lleva desde el Ástura hasta el mar septentrional. Roma necesitaba convertir el finis terrae noroccidental en un espacio comprensible y administrable, y lo hizo a través de grandes ejes fluviales. La geografía se convertía así en instrumento político .
La articulación de un territorio disperso donde el valle es el protagonista
A partir de aquí, el artículo desarrolla una idea central: el territorio astur no debe entenderse como una simple superficie delimitada, sino como una red de valles articulados por las nacientes fluviales y los pasos de montaña. Asturia no sería tanto una unidad cerrada como un sistema de comunicación entre cuencas. El autor insiste en que la clave está en el tránsito entre el sur cismontano y el norte transmontano. El verdadero eje no es la montaña como frontera, sino el paso a través de ella.
Ese paso se articula mediante lo que denomina vadum, concepto fundamental en el artículo. El vadum no es solo un vado físico, sino el corredor de tránsito que permite atravesar el sistema montañoso y conectar las cuencas del Esla con los valles que descienden hacia el Cantábrico. Es por esos pasos donde se trazan caminos, se establecen rutas comerciales, se construyen identidades y se fijan nombres. La montaña no separa: organiza el movimiento.
Las nacientes del Ástura, del Sella y del Nalón forman un vértice especialmente importante entre Sayambre y Tarna. Ese espacio inter amnes posee una fuerte personalidad histórica y arqueológica. Allí aparece la concentración epigráfica más notable del continuo ástur-cántabro y allí se sitúan los vadinienses, un pueblo fuertemente romanizado que Ptolomeo clasifica como civitas y adscribe a los cántabros . Para Viejo Fernández, los vadinienses ocupan una posición decisiva en la redefinición territorial entre Asturia y Cantabria.
La cuestión de los vadinienses sirve para mostrar que las fronteras no eran fijas. Antes de Ptolomeo apenas aparecen mencionados, y su irrupción puede deberse a movimientos de población, reorganizaciones administrativas o cambios de denominación. El autor sugiere que desde el siglo II d. C. se estaría produciendo una redefinición profunda de la frontera entre Asturia y Cantabria, donde los vadinienses tendrían un papel central. Esto explicaría desajustes como que Cigia aparezca como ástur mientras otros grupos más occidentales figuran como cántabros .
¿El astura llega al mar?
Otra cuestión esencial es la relación entre el Ástura y el Salia-Sella. García Arias documentó en Santianes del Agua una evolución medieval Ástura > Estola aplicada al bajo Sella. Esto indica que existía una percepción de continuidad entre el eje fluvial Esla-Sella, uniendo las nacientes de ambos ríos en Sayambre. Es decir, el nombre Ástura no designaba únicamente el Esla, sino un sistema territorial más amplio que prolongaba su lógica hacia el norte. Para el autor, esto parece un acto demarcativo verosímilmente romano: trasladar el nombre del río principal a otro tramo permitía reforzar una continuidad política y territorial .
Un fenómeno semejante aparece en los valles del Güeña y del Piloña, donde una base común ONNA explicaría una continuidad fluvial y posiblemente una formación gentilicia relacionada con Onís. Si Onís procede de una forma ONNENSIS, ello indicaría la transformación de un antiguo hidrónimo en marcador identitario. El nombre del río pasa a designar comunidad, territorio y pertenencia. Este mecanismo refuerza la idea central del artículo: los hidrónimos estructuran la geografía social.
Montañeses vs habitantes de las tierras bajas
El autor dedica también atención a la oposición conceptual entre cántabros y ástures. Según su interpretación, cantaber podría haber tenido inicialmente un valor apelativo vinculado a lo montañoso, mientras que ástur se referiría a los pobladores de las tierras bajas y ribereñas, especialmente en el valle medio del Duero. No sería tanto una distinción étnica radical como una diferenciación basada en formas de vida y posición geográfica.
Los romanos percibirían a los habitantes de los cordales como más agrestes, difíciles y “bárbaros”, mientras que las poblaciones de ribera, con vegas fértiles y contactos antiguos con otras regiones, resultarían más integrables. La comparación con los vaqueiros y xaldos de la Asturias moderna ilustra esta lógica de diferenciación social interna. La oposición entre cántabro y ástur sería, por tanto, una categorización antropológica superpuesta a realidades locales más complejas .
Esta dicotomía se relaciona con la distinción entre augustanos y transmontanos y con la política imperial de desplazamiento forzoso de poblaciones. Floro describe cómo Roma obligó a comunidades montañesas a descender al llano, desarticulando así las estructuras gentilicias preexistentes. El objetivo no era solo militar, sino territorial: reorganizar el espacio para hacerlo controlable. La toponimia permite rastrear estas transformaciones.
En este contexto aparece el concepto de iugum, es decir, la cadena montañosa o línea de cumbres que articula el territorio. Los Iuga Asturum serían la gran referencia orográfica que une la Sierra de la Culebra con los Picos de Europa. Frente a una visión de la cordillera como frontera cerrada, el autor insiste en su carácter estructurador. El monte define las rutas y los pasos; no impide el tránsito, sino que lo canaliza.
Relacionada con esto está la noción de Submontia, que designa los espacios de tránsito situados al abrigo de la montaña, entre la llanura leonesa y las tierras ribereñas asturianas. Su huella permanece en topónimos como Somoza, tanto en León como en Asturias. Estas zonas funcionaban como corredores de acceso: desde La Maragatería hasta Teverga, Lena, Aller o Mieres, siguiendo rutas como la Vía Carisa o los pasos de Ventana y La Mesa .
Una vez atravesado ese corredor, quedaba el paso hacia la costa mediante el eje Nalón-Narcea y la franja prelitoral. Es aquí donde el autor introduce uno de los elementos más sugerentes del trabajo: la huella toponímica del verbo latino intrare, “entrar”. Topónimos como Entralgo, L’Entregu, Entrialgo, Entragu, Antráu, Intriagu o Intrialgo reflejarían precisamente esa percepción espacial de acceso al territorio. No son simples coincidencias léxicas, sino marcas de una geografía vivida desde la perspectiva del que penetra en Asturias desde fuera .
Esto refuerza la tesis general: Asturias se define desde la entrada, desde el recorrido. No es solo un espacio delimitado, sino una experiencia de tránsito desde el Ástura hasta el mar. La identidad territorial nace del camino.
El artículo también analiza el papel de Lucus Asturum y del eje Piloña-Nora. La aparición de los luggones en Ptolomeo y la atribución a ellos del continuo entre Paelontium y Lucus Asturum sugieren una reorganización territorial importante. Lucus Asturum emerge como gran cruce de vías y nodo de articulación regional. Su importancia no deriva solo de la administración romana, sino de su posición estratégica dentro de la red hidrográfica y de caminos.
¿Luggones, pésicos y… lancienses?
En el caso del territorio luggón, el autor plantea que desde Tarañes hasta el alto Nalón se integraría en la Asturia lanciense, mientras el eje Piloña-Nora hasta su desembocadura en el Nalón correspondería al espacio luggón, delimitado por el mar hasta probablemente el cabo Peñas. Al oeste quedarían los pésicos. Esta propuesta resulta especialmente relevante porque ofrece una reconstrucción territorial coherente a partir de la toponimia y no únicamente de las fuentes clásicas.
La conclusión del artículo resume toda esta propuesta. La toponimia permite recorrer distintos estratos de la geografía física y mental asociada a la construcción histórica de la Asturia romana. El Ástura abre una vía hacia uno de los extremos de la ecúmene; Asturia se constituye como el conjunto de valles que se abren desde ese eje fluvial hasta enlazar con los ríos que descienden al mar. El paso de los montes, de naciente a naciente, constituye el verdadero vadum que define caminos, formas de vida, identidades y nombres de comunidad.
Conclusión. Un territorio reorganizado a la medida de Roma
En definitiva, Viejo Fernández defiende que la romanización no consistió únicamente en una conquista militar o administrativa, sino en una reorganización profunda del espacio mediante la denominación. Nombrar era ordenar. La construcción de Asturia como entidad territorial fue inseparable de una nueva lectura del paisaje basada en ríos, montañas y corredores de tránsito.
La toponimia actúa así como fósil histórico. Permite reconstruir no solo dónde estaban los pueblos, sino cómo pensaban el territorio y cómo Roma transformó esa percepción. Asturia no sería una identidad originaria cerrada, sino una construcción progresiva articulada desde el Ástura hacia el mar, desde el sur hacia el norte, desde el camino hacia la costa.
La gran aportación del artículo reside precisamente en eso: mostrar que la historia territorial puede leerse en los nombres y que la geografía política de los ástures no se entiende plenamente sin atender a la lógica fluvial y montañosa que la sostiene. No se entra en Asturias por una frontera abstracta, sino siguiendo el curso de los ríos y atravesando los pasos del cordal. Entrar en Asturias, en sentido histórico, significa recorrer esa memoria inscrita en la toponimia.
Bibliografía
- Fernández, X. V. (2026). Dende l’Ástura hasta la mar: entrar n’Asturies al traviés de la toponimia. Lletres Asturianes, (134), 6-31. ↩︎



