Bienvenidos al episodio 27 del pódcast de Astures.es. Hoy vamos a hablar de monedas. Pero no de cualquier moneda, ni de cualquier forma. Vamos a hablar de lo que significa que una sociedad empiece a usar moneda cuando antes no lo hacía, de lo que eso revela sobre cómo se transforma una cultura en contacto con otra mucho más poderosa, y de cómo unas pequeñas piezas de bronce y plata que llevan dos mil años bajo tierra nos siguen contando cosas que de otra manera no sabríamos.
Y para eso vamos a centrarnos en los astures. En nuestros astures. Ese pueblo del norte de la península que resistió a Roma durante décadas y que, cuando finalmente fue conquistado, tardó mucho más de lo que podríamos pensar en adoptar las costumbres económicas del nuevo orden. Porque una cosa es ser conquistado y otra muy distinta es cambiar la manera en que organizas tu economía, tus intercambios, tu vida cotidiana.
Voy a estructurar el episodio en tres partes. Primero, una cronología general de cómo llega la moneda al noroeste peninsular y qué nos dice eso sobre el proceso de romanización. Segundo, me voy a detener en un tipo de moneda muy especial, las llamadas monedas de caetra, que son fascinantes tanto por lo que representan como por lo que simbolizan políticamente. Y tercero, vamos a hacer un pequeño catálogo comentado de las monedas romanas que hacen referencia directa a los astures, esas piezas en las que Roma dejó grabado en metal su victoria sobre estos pueblos del norte. Vamos allá.
PARTE 1: LA CRONOLOGÍA DE LA MONEDA EN EL NOROESTE
Una sociedad sin moneda
Lo primero que hay que entender, y esto es fundamental para todo lo que viene después, es que los astures no usaban moneda. No tenían una tradición monetaria propia. Esto no quiere decir que no tuvieran economía, ni que no hicieran intercambios, ni que vivieran de forma completamente aislada. Nada de eso. Pero su sistema económico funcionaba con otras lógicas: el trueque, el intercambio de bienes en especie, las relaciones de reciprocidad dentro de la comunidad, el pago de tributos en productos, en trabajo, en ganado.
Cuando los arqueólogos encuentran en yacimientos astures algunas monedas celtibéricas —es decir, monedas acuñadas por pueblos del interior y el levante peninsular que sí tenían una tradición monetaria más desarrollada— no debemos interpretar eso como que los astures usaban moneda. La explicación más plausible es que esas piezas llegaron a sus manos a través de saqueos o como pago a mercenarios que participaron en las guerras del periodo republicano en la península. Y lo que más nos dice este detalle es revelador: para los astures, esas monedas no valían por lo que representaban como instrumento de intercambio económico. Valían como metal precioso. Como plata. Como acumulación de riqueza en su forma más concentrada, no como herramienta de comercio cotidiano.
Esto es importante tenerlo en la cabeza porque cuando Roma llegue y empiece a inundar el territorio de moneda, los astures no van a comportarse como si de repente hubieran descubierto algo que ya conocían. Van a estar ante algo genuinamente nuevo, y su relación con ese sistema nuevo va a ser mucho más lenta y matizada de lo que a veces suponemos.
La primera oleada: los ejércitos republicanos (50–30 a.C.)
La historia de la moneda en el noroeste peninsular empieza, en realidad, antes de la conquista definitiva del territorio astur. Empieza con los ejércitos. Y eso no es casual, porque durante mucho tiempo la moneda va a ser, casi exclusivamente, una cosa del ejército.
Entre el 50 y el 30 antes de Cristo, en plena época tardo-republicana, los ejércitos romanos que operan en Hispania reciben su paga en monedas de plata. Estamos hablando de un contingente enorme, estimado en torno a los cincuenta mil hombres. Las monedas que circulan en este momento son fundamentalmente denarios republicanos y los llamados denarios legionarios de Marco Antonio —esas piezas tan características acuñadas para pagar a las legiones que participaban en las guerras civiles— y también monedas de Octaviano, el futuro Augusto.
Son piezas de alto valor adquisitivo. Un denario de plata no es el cambio suelto de un soldado; es una cantidad significativa. Y precisamente por eso no se pierden fácilmente. Cuando estas monedas aparecen en el registro arqueológico, no suelen aparecer solas: aparecen en ocultaciones, en tesorillos, en conjuntos enterrados intencionalmente. Alguien las escondió porque valían mucho. O no pudo recuperarlas. O simplemente el tiempo pasó y ya no hubo nadie que supiera dónde estaban.
Lo que nos dicen estas monedas es que en esta primera fase, el numerario llega al noroeste como consecuencia directa de la presencia militar romana, pero no circula entre la población local. Es dinero del ejército, para el ejército. Los astures lo ven de lejos, si es que lo ven.
Augusto y las primeras monedas del territorio (27–13 a.C.)
El gran punto de inflexión llega con Augusto y con las Guerras Cántabras. Entre el 27 y el 13 antes de Cristo se produce algo que no había ocurrido antes: se empiezan a acuñar monedas en el propio territorio, o muy cerca de él, para abastecer a los ejércitos de conquista.
Son las primeras monedas pensadas específicamente para este frente. Y aquí es donde empiezan a aparecer esas piezas tan singulares de las que hablaremos más adelante, las monedas de caetra, acuñadas probablemente en Lucus Augusti —la actual Lugo— que era uno de los campamentos principales desde los que se articuló la conquista del noroeste.
Pero junto a estas, también circulan otras series bien conocidas: las acuñaciones de Publio Carisio desde Emerita Augusta —Mérida—, que es el legado de Augusto encargado de dirigir las operaciones en el frente occidental; y las series de cecas del Valle del Ebro, como Celsa y Calagurris, que abastecen a las unidades militares desplegadas en el interior del territorio.
En campamentos como Petavonium, en la actual Zamora, el registro numismático es especialmente elocuente. Se puede observar literalmente cómo en un momento dado las monedas de Celsa empiezan a ser sustituidas por las de Bilbilis, lo que nos está indicando un cambio en el abastecimiento, probablemente relacionado con los movimientos de tropas y las fases de la conquista. Y en Asturica Augusta —Astorga—, la capital del convento jurídico astur, la cantidad de moneda en circulación se duplica en este periodo. Las ciudades que van emergiendo como centros administrativos empiezan a actuar también como nodos de distribución monetaria.
La desaceleración julio-claudia (2 a.C. – 68 d.C.)
Hacia el final del reinado de Augusto y durante los primeros emperadores de la dinastía Julio-Claudia, el ritmo de llegada de moneda al noroeste cambia. Por un lado, se produce una cierta desaceleración en el abastecimiento, probablemente porque la fase de conquista activa ha terminado y las necesidades de pago de tropas se han estabilizado. Por otro, se produce una reactivación interesante bajo los emperadores Julio-Claudios, con cecas como Lucus, Caesaraugusta, Clunia y Tarraco que producen grandes cantidades de bronce para las tropas desplegadas en el territorio.
Hay un detalle que me parece muy significativo de este periodo, y es lo que los arqueólogos llaman la persistencia residual de la moneda. Las emisiones de Augusto siguen apareciendo en contextos flavios y antoninos, es decir, décadas después de que esas monedas dejaran de acuñarse. ¿Por qué? Porque falta bronce nuevo. Porque el sistema de abastecimiento no cubre la demanda y las monedas viejas siguen circulando porque no hay otras. Esto nos habla de una economía monetaria todavía muy frágil en el noroeste, muy dependiente del ritmo de abastecimiento militar.
Y aquí aparece otro fenómeno curioso: la avidez de las tropas romanas por el bronce indígena. En contextos tardíos aparecen piezas troceadas de bronce de factura indígena que parecen haber sido atesoradas o utilizadas como metal para compensar la escasez de moneda nueva. Es decir, en los momentos de mayor escasez, el metal vuelve a ser metal, con independencia de la forma que tenga.
El oro que no se queda
Antes de seguir con la cronología, quiero hacer un pequeño paréntesis sobre el oro, porque creo que es uno de los datos más reveladores de toda esta historia.
En el territorio astur hay muy poco oro en el registro numismático. Los áureos —las monedas de oro romanas— son extraordinariamente raros en los hallazgos y excavaciones del noroeste. Y esto podría parecer paradójico, porque todo el mundo sabe que el noroeste peninsular era una región de enorme riqueza aurífera. Las Médulas, en el Bierzo, son el ejemplo más espectacular, pero no el único. Roma explotó el oro de esta región de manera intensísima durante siglos.
¿Dónde está ese oro? La respuesta es directa: en las arcas imperiales. El oro de los astures no permanecía en el territorio. Se iba directamente a Roma. No circulaba localmente. No enriquecía a las élites locales ni lubricaba el comercio regional. Era una extracción pura y simple.
Hay un ejemplo que ilustra bien lo excepcional de cualquier hallazgo áureo en esta zona: el conjunto de áureos de Coyanca, en el concejo de Carreño, en Asturias. Se conservan siete piezas que abarcan un periodo que va del año 54 al 138 de nuestra era, es decir, desde Nerón hasta Adriano. Siete monedas de oro en casi un siglo. Eso nos da una idea de lo infrecuente que era que el oro se quedara en el territorio.
El cambio estructural: Flavios y Antoninos (69–192 d.C.)
El verdadero cambio estructural en la circulación monetaria del noroeste llega con los Flavios y se consolida durante los Antoninos. Y la causa principal es militar: al comienzo de este periodo, tres legiones parten hacia el limes germánico. De repente, el noroeste peninsular pierde una cantidad enorme de soldados. Ya no hay que abastecer a un ejército de conquista ni a las numerosas unidades de control del territorio. El ejército se reduce drásticamente.
Esto tiene consecuencias directas en la moneda. Se acuña menos bronce y aumenta la emisión en plata. Con Trajano, que es asturicense de adopción —es decir, el convento astur dependía administrativamente de su época—, el sestercio y el denario se convierten en las monedas de uso corriente, y su presencia se concentra en las dos grandes ciudades del conventus: Asturica Augusta y Lucus Augusti.
Pero lo más importante de este periodo no es tanto qué tipo de moneda circula sino dónde circula y para qué. Los sestercios antoninos empiezan a aparecer no solo en contextos militares sino en las ciudades, en los mercados, en los intercambios civiles. Es la señal de que el sistema monetario está comenzando, muy lentamente, a penetrar en la sociedad civil. Y los campamentos de menor entidad, que antes eran los nodos de distribución, van quedando en un segundo plano.
¿Y los castros? ¿Y el campo?
Todo lo que hemos descrito hasta ahora tiene que ver fundamentalmente con el ejército, con los campamentos, con las ciudades y con los distritos mineros. Pero los astures no vivían mayoritariamente en ciudades ni en campamentos. Vivían en castros, en un territorio eminentemente rural y disperso.
¿Qué pasa con la moneda en los castros? Los datos son elocuentes. En los castros que dependen directamente de la Legio VII, aquellos situados en el entorno del campamento legionario al sur de la cordillera cantábrica, sí hay moneda, y además moneda contramarcada, es decir, piezas que han pasado por el control militar antes de llegar a manos de la población. La contramarca de águila que aparece en muchas de estas piezas nos dice que las recibió y redistribuyó el ejército.
Pero a medida que nos alejamos de los centros militares y civiles, la moneda desaparece del registro. En los castros del interior de Asturias, en los pequeños poblados rurales del norte de la cordillera, la moneda sigue siendo algo ajeno, algo que no forma parte del sistema de intercambio cotidiano. El pago de tributos se sigue haciendo en especie. Los intercambios locales siguen funcionando con las lógicas antiguas.
Esta es quizás la conclusión más importante de toda esta primera parte: la romanización económica, medida a través de la adopción del sistema monetario, fue un proceso muy desigual en el territorio astur. Profunda en las ciudades, presente en los distritos mineros, visible en los castros cercanos a los campamentos militares, y prácticamente inexistente en el mundo rural más alejado. Al norte de la cordillera, las cosas tardaron mucho en cambiar.
PARTE 2: LAS MONEDAS DE CAETRA
El escudo que da nombre a una moneda
Vamos ahora con esas monedas especiales de las que os he hablado al principio. Las monedas de caetra. Y lo primero que hay que explicar es qué es una caetra, porque el nombre lo dice todo.
La caetra era el escudo característico de los guerreros del noroeste peninsular: astures, galaicos y cántabros. Era un escudo pequeño, redondo, de cuero reforzado con metal, mucho más manejable que los grandes escudos rectangulares del ejército romano, el scutum. La caetra era el arma defensiva por excelencia del guerrero indígena del norte de Hispania, y Roma lo sabía. Tanto lo sabía que decidió ponerla en sus monedas.
Las monedas de caetra son, literalmente, monedas que llevan grabado en el reverso el escudo del enemigo. Piénsalo un momento. Roma acuña moneda para pagar a sus soldados, y en esa moneda pone representado el armamento de los pueblos que esos soldados están conquistando. Es un gesto que tiene una carga simbólica muy fuerte, y sobre el que luego volveremos.
Cronología y contexto de producción
La cronología de estas monedas es bastante precisa: se acuñan entre el 27 y el 13 antes de Cristo, en plena época augustea, durante las Guerras Cántabras y el periodo inmediatamente posterior de consolidación de la conquista. Algunos investigadores las relacionan tipológicamente con las acuñaciones que Publio Carisio realiza en Emerita Augusta, lo que llevaría las primeras emisiones a en torno al 23 antes de Cristo. Otros las sitúan algo más tarde, hacia el 17. El debate está abierto y probablemente se resolverá con nuevos hallazgos.
Lo que sí sabemos con bastante seguridad es que se acuñaron en varias cecas, aunque identificar cuáles exactamente es complicado porque estas monedas no llevan marca de ceca. Uno de los avances más interesantes en el estudio de estas piezas ha venido de los análisis metalúrgicos, que han permitido distinguir dos grupos de acuñaciones claramente diferenciados.
El primer grupo presenta una factura más refinada, con los motivos mejor definidos y un metal de mayor calidad. Se atribuye con bastante consenso a Lucus Augusti, la actual Lugo, que fue uno de los principales campamentos desde los que se organizó la conquista del noroeste. De aquí habrían salido los sestercios, los dupondios y los ases de mejor calidad.
El segundo grupo tiene una factura inferior. Los relieves son menos nítidos, el metal es algo peor. Puede tratarse de copias de las acuñaciones luguenses, o incluso de una ceca móvil que acompañara al ejército en campaña y que acuñara principalmente ases, la denominación de menor valor, para cubrir las necesidades cotidianas de pago de las tropas.
Esta distinción entre una ceca fija de mayor calidad y una producción más tosca y probablemente itinerante es muy coherente con lo que sabemos del funcionamiento del abastecimiento monetario de los ejércitos romanos en campaña. Se necesitaba moneda constantemente, y no siempre era posible esperarla de cecas lejanas.
Los tres tipos: ases, dupondios y sestercios
Las monedas de caetra se presentan en tres denominaciones: ases, dupondios y sestercios. Y son exactamente en ese orden de más frecuentes a menos, lo cual tiene bastante lógica: el as era la moneda de uso cotidiano, el cambio del soldado para sus gastos diarios; el sestercio era una pieza de mayor valor, y los ejemplares conocidos son extraordinariamente raros.
Los ases son los más numerosos y los que más contextos arqueológicos han proporcionado. En el anverso presentan la cabeza de Augusto mirando hacia la izquierda, con una palma y un caduceo flanqueándola, y la inscripción IMP·AVG·DIVI·F, es decir, Imperator Augustus, hijo del Divino. En el reverso, la caetra en su forma más simple: el escudo redondo indígena, sin adornos adicionales.
Hay además una variante de as muy interesante que muestra en el anverso la inscripción P·CARISIVS·LEG·AVGVSTI, es decir, Publio Carisio, legado de Augusto. Esta pieza podría ser una precursora de las monedas de caetra propiamente dichas, ya que es una variación de las que Carisio acuñaba en Emerita y que llevaban la cabeza de Augusto en el anverso.
En 2025 se encontró un as de caetra en el castro de Viladonga, en Galicia, que merece mención especial. Las fotografías publicadas por el museo muestran una pieza de trabajo muy fino, con los motivos excepcionalmente bien definidos, lo que apunta a que procede de la ceca de Lucus Augusti. Es un hallazgo reciente que confirma la distribución de estas piezas por todo el territorio del noroeste.
Los dupondios son algo más raros y presentan un reverso más elaborado y más interesante desde el punto de vista iconográfico. La caetra sigue siendo el elemento central, pero ahora no está sola: aparece flanqueada por armamento diverso. A los lados se representan dos lanzas y a la izquierda un puñal; a la derecha, una falcata, la característica espada curva de los guerreros ibéricos y del noroeste peninsular. Este reverso nos ofrece, en miniatura, un pequeño catálogo del armamento indígena que Roma había derrotado.
Hay un dupondio del que tengo que hablar porque tiene una historia curiosa. Hace unos años fue entregado al Museo Arqueológico de Asturias una pieza procedente del occidente asturiano, de una colección particular. En un principio parecía que podría ser un sestercio por su tamaño y peso, pero al consultar a varios expertos sin tener la pieza en mano para un examen directo, la conclusión fue prudente: probablemente un dupondio. La pieza no está expuesta al público, pero está catalogada. Y su historia, la de alguien que la tuvo en sus manos sin saber exactamente lo que era y que finalmente la entregó a un museo, dice mucho sobre la enorme cantidad de patrimonio numismático que todavía está en colecciones particulares, fuera del alcance de los investigadores.
Los sestercios son los grandes raros de esta familia. El sestercio de caetra es una pieza de bronce con un peso de unos 38 gramos —casi el equivalente de una moneda grande y pesada— que presenta en el anverso la cabeza de Augusto y en el reverso la caetra rodeada de modillones, esos elementos decorativos en forma de ménsulas que le dan al conjunto un aspecto más solemne y elaborado.
De este tipo solo se conocen tres ejemplares en todo el mundo. Tres. Es una rareza numismática de primer orden. Uno de ellos, adquirido en una subasta en Nueva York en 1999 y publicado en diversas monografías científicas, fue recientemente declarado Bien de Interés Cultural en Galicia precisamente para evitar que volviera a perderse en el mercado privado. La declaración BIC implica que la pieza no puede salir del territorio sin autorización, que está sometida a un régimen especial de protección y que cualquier transacción con ella está sujeta al derecho de tanteo de la administración. Es la manera que tiene la ley de decir: esta pieza es de todos, aunque esté en manos privadas.
El simbolismo de la caetra en la moneda
Ahora quiero detenerme en algo que creo que merece reflexión, porque va más allá de la numismática estricta y entra en el terreno de la propaganda política y la psicología de la conquista.
¿Por qué pone Roma el escudo del enemigo en sus monedas?
La respuesta más inmediata es práctica: son monedas acuñadas en el frente de guerra, para pagar a los soldados que están combatiendo contra los portadores de ese escudo. La caetra en la moneda es una referencia directa al teatro de operaciones. Es como si dijera: esta moneda es de aquí, de este frente, de esta guerra.
Pero hay más. La moneda romana no era solo un instrumento económico; era también un instrumento de comunicación política. En una época en que no existían los medios de comunicación modernos, la moneda era uno de los pocos objetos que circulaban de mano en mano por todo el Imperio, que cruzaban fronteras y llegaban a rincones remotos. Lo que se grababa en una moneda era un mensaje que se reproducía en miles o cientos de miles de ejemplares y que llegaba literalmente a todas partes.
Poner la caetra en la moneda es, en ese sentido, un acto de apropiación simbólica. Roma toma el símbolo más identificativo del guerrero del noroeste —su escudo, su herramienta de combate y defensa— y lo convierte en decoración de su propia moneda. Es una forma de decir: lo que era vuestro, ahora es nuestro. Lo que os definía como guerreros ha sido derrotado y ahora lo exhibimos nosotros como trofeo.
Y luego veremos cómo esta lógica se desarrolla de manera mucho más explícita en las acuñaciones conmemorativas de Emerita, donde los guerreros astures aparecen directamente como cautivos a los pies de un trofeo romano.
La caetra como fuente histórica
Hay otro aspecto de las monedas de caetra que me parece fundamental mencionar, y es su valor como fuente para conocer el armamento indígena. Esto puede sonar extraño, pero tiene su importancia.
Para algunos tipos de armas que aparecen representadas en las monedas, no tenemos hasta ahora registro arqueológico directo en el territorio astur. Es decir, la moneda nos muestra un arma que los arqueólogos todavía no han encontrado físicamente en ningún yacimiento. Esto genera un debate interesante: ¿son representaciones fieles del armamento real de los astures y sus vecinos? ¿O son representaciones genéricas, alegóricas, de un «bárbaro hispánico» prototípico que no corresponde necesariamente a ninguna cultura concreta?
Algunos investigadores son bastante cautos al respecto y señalan que las representaciones de armas en las monedas romanas tienen mucho de convención iconográfica. No son fotografías; son imágenes construidas con un propósito propagandístico que pueden mezclar elementos reales con elementos tomados de tradiciones iconográficas anteriores. La falcata que aparece en los dupondios, por ejemplo, es un arma bien conocida en el ámbito ibérico pero cuya presencia entre los astures stricto sensu no está arqueológicamente bien documentada.
Dicho esto, tampoco hay que descartar el valor informativo de estas representaciones. Los grabadores de las cecas tenían acceso a información sobre los pueblos conquistados, posiblemente a través de objetos confiscados o de descripciones de los propios soldados. Y en muchos casos, la arqueología ha venido a confirmar posteriormente lo que las monedas sugerían. Es una fuente que hay que usar con cuidado, pero que no hay que ignorar.
PARTE 3: EL CATÁLOGO DE MONEDAS ROMANAS CON REFERENCIA A LOS ASTURES
Roma graba su victoria en metal
Llegamos a la tercera parte. Hemos hablado de cómo llega la moneda al noroeste, hemos hablado de las monedas de caetra. Ahora vamos a centrarnos en un conjunto más amplio: todas las monedas romanas que hacen referencia, de una manera u otra, a los astures. Y aquí el enfoque cambia un poco, porque no estamos hablando solo de monedas funcionales para pagar soldados. Estamos hablando de propaganda.
Roma tenía una tradición muy antigua y muy arraigada de usar la moneda como instrumento de comunicación política. Desde la República, las familias aristocráticas romanas usaban las acuñaciones para publicitar sus victorias, sus ancestros, sus hazañas. Y cuando el Imperio sustituyó a la República, esa función propagandística de la moneda no desapareció: simplemente se centralizó en el emperador.
Una de las formas más habituales de propaganda monetaria era la conmemoración de victorias militares. Cuando Roma derrotaba a un pueblo, lo grababa en sus monedas. Aparecían trofeos, cautivos, representaciones del armamento capturado, alegorías de la Victoria. Era una forma de hacer permanente el recuerdo de la conquista, de inscribirla en el metal que circulaba por todo el Imperio.
Los astures no fueron una excepción. Hay un conjunto de monedas, principalmente acuñadas por Publio Carisio desde Emerita Augusta, que nos habla directamente de la conquista del norte de Hispania. Y estas monedas son una fuente histórica de primer orden, aunque, como ya adelanté, hay que leerlas con las precauciones necesarias.
Publio Carisio: el hombre que ganó el noroeste
Para entender estas monedas hay que conocer a su autor. Publio Carisio fue el legado de Augusto para la Lusitania, el general al que se le encomendó la dirección del frente occidental de las Guerras Cántabras, el que tocaba el territorio de los astures y los galaicos. Su mandato se sitúa entre el 27 y el 22 antes de Cristo, un periodo crítico en la conquista del norte peninsular.
Carisio es una figura interesante porque nos ha dejado un rastro numismático excepcionalmente rico. Las monedas que mandó acuñar durante su mandato son una de las fuentes más importantes que tenemos para conocer tanto el proceso de conquista como la propaganda oficial que lo acompañó. Y se pueden dividir en dos fases bien diferenciadas, que corresponden a dos momentos distintos de su gestión.
La primera fase es la de las monedas de caetra, de las que ya hemos hablado extensamente. Son las acuñaciones del frente de guerra, probablemente producidas en Lucus Augusti y en cecas itinerantes, destinadas al pago de las tropas de conquista.
La segunda fase empieza a partir del 25 antes de Cristo, cuando se funda Emerita Augusta. Mérida no es solo una ciudad fundada para los veteranos de las Guerras Cántabras —aunque también lo es—; es la capital de la nueva Lusitania, la sede del gobierno provincial, el símbolo tangible de que Roma ha ganado y que la nueva realidad administrativa está en marcha. Y desde Mérida, Carisio empieza a acuñar un nuevo tipo de moneda, de plata esta vez, con una carga propagandística mucho más explícita.
Las acuñaciones de Emerita: denarios y quinarios
Las monedas acuñadas en Emerita a partir del 25 antes de Cristo son fundamentalmente denarios y quinarios, es decir, monedas de plata. Y sus reversos son una declaración política en imágenes.
Siguen patrones iconográficos que tienen raíces en la tradición republicana romana: los triunfos militares, los trofeos de guerra, la Victoria personificada. Son imágenes que cualquier romano educado reconocería al instante y entendería en toda su carga simbólica. Pero están aplicadas a la conquista del noroeste, y eso les da una especificidad muy concreta.
El objetivo de estas acuñaciones es claro: realzar la figura de Augusto. No de Carisio, que es el general que ha ganado las guerras, sino de Augusto, el príncipe que las ha ordenado y que recoge toda la gloria. Esta es una diferencia importante con la tradición republicana, donde los generales acuñaban moneda para su propia gloria. En el sistema imperial, la victoria del general es la victoria del emperador. Carisio puede poner su nombre en algunas piezas, pero el protagonista es siempre Augusto.
Los denarios de Emerita son un conjunto fascinante. En los reversos aparecen distintos motivos, todos relacionados con el triunfo militar. Hay piezas que representan el expolio de los vencidos: un montón de armamento capturado, dispuesto de forma ordenada como se hacía en los trofeos reales que se erigían en los campos de batalla. Hay otras que muestran un trofeo más elaborado: casco, coraza, escudo, y a la base del trofeo un cautivo desnudo, con las manos atadas, la cabeza inclinada en el gesto universal de la derrota.
Este cautivo es especialmente significativo. No está representado como un individuo concreto —no tiene nombre, no tiene rostro individualizado—, sino como el representante anónimo de un pueblo vencido. Es el astur, el cántabro, el galaico, reducido a símbolo de la victoria romana. Y esa imagen circula por todo el Imperio en miles de monedas de plata.
Las representaciones de armas en estos denarios son el punto en el que los investigadores más discrepan. En algunos reversos aparecen cascos con formas características, escudos de distintos tipos, armas arrojadizas. La pregunta es siempre la misma: ¿son las armas reales de los astures, o son una composición iconográfica convencional que mezcla elementos reales con tradición artística romana?
La respuesta más honesta es: probablemente las dos cosas a la vez. Los grabadores de Emerita tenían acceso a información real sobre los pueblos conquistados. Los ejércitos capturaban armas, las traían como trofeos, las mostraban en los desfiles triunfales. Pero también trabajaban dentro de una tradición iconográfica establecida que tenía sus propias convenciones sobre cómo representar al bárbaro vencido. El resultado es una mezcla en la que es difícil separar el documento etnográfico de la convención artística.
Los quinarios de Emerita son quizás las piezas más bellas de todo este conjunto. El quinario era la mitad del denario, una moneda de plata de pequeño tamaño pero de gran elegancia. En los reversos de los quinarios de Carisio aparece una imagen que es casi una alegoría clásica en el sentido más literal: la Victoria, personificada como una figura femenina alada, que corona de laurel un trofeo militar.
El trofeo es la culminación de toda la iconografía triunfal. En la práctica militar romana, cuando se ganaba una batalla importante, se erigía un trofeo en el campo de batalla: un poste con las armas de los vencidos colgadas, que marcaba el punto donde el enemigo había dado la vuelta y huido. Era un monumento efímero de madera y metal que desaparecía con el tiempo, pero que en las monedas se hacía permanente. La Victoria coronando ese trofeo es el mensaje más directo posible: hemos ganado, y los dioses lo atestiguan.
La precaución necesaria: ¿iconografía prototípica o retrato fiel?
Antes de cerrar esta parte, quiero volver sobre algo que mencioné de pasada al hablar de los denarios: la necesidad de ser cautos a la hora de interpretar estas representaciones.
Hay investigadores que han señalado, con buen criterio, que las armas que aparecen en las monedas de Carisio pueden ser representaciones de armas «prototípicas» de los hispanos en general, más que retratos fieles de la panoplia de los astures en concreto. Es un aviso importante. Las fuentes romanas tienen una tendencia generalizada a homogeneizar a los bárbaros, a tratarlos como una categoría genérica más que como culturas específicas con sus propias particularidades.
Esto no invalida el valor de estas monedas como fuente, pero sí nos pide humildad interpretativa. Cuando un investigador dice «esta arma de la moneda de Carisio es un arma astur», está haciendo una afirmación que requiere corroboración arqueológica. Y a veces esa corroboración existe, y a veces no existe todavía, y a veces nunca existirá porque el material orgánico se ha perdido para siempre.
Es un límite con el que convive toda la arqueología de las culturas sin escritura propia: cuando quieres saber algo sobre ellas, tienes que recurrir a fuentes producidas por sus conquistadores o vecinos, que las miraban con ojos ajenos y con intereses propios. Las monedas de Carisio son fuentes romanas sobre los astures. Nos dicen mucho. Pero nos dicen lo que Roma quería decir sobre ellos, no lo que ellos decían sobre sí mismos.
RECAPITULACIÓN Y REFLEXIÓN FINAL
Lo que las monedas nos cuentan
Hemos recorrido un camino bastante largo. Empezamos con una sociedad que no usaba moneda, que tenía sus propias formas de organizar el intercambio y la riqueza, y que de repente se encontró inmersa en un proceso de conquista que traía consigo un sistema económico completamente diferente.
Hemos visto cómo ese sistema llegó en oleadas, siempre pegado al ejército, siempre siguiendo las rutas militares. Hemos visto cómo tardó décadas, casi dos siglos, en empezar a penetrar en el mundo civil, en las ciudades, en los mercados. Y hemos visto cómo en el mundo rural más alejado de los centros militares y urbanos, la moneda siguió siendo algo ajeno durante mucho tiempo.
Hemos hablado de las monedas de caetra, esas piezas extraordinarias que llevan grabado el escudo del enemigo como símbolo de conquista y como instrumento de pago de las tropas que realizaron esa conquista. Piezas que son fuente histórica, que son documento etnográfico, que son propaganda política, todo a la vez.
Y hemos visto el catálogo de monedas de Carisio, esa galería de imágenes triunfales acuñadas en Emerita que convirtió la conquista del norte de Hispania en un relato grabado en plata y distribuido por todo el Imperio.
Lo que las monedas no nos cuentan
Pero hay algo que ninguna de estas monedas nos cuenta, y creo que es importante nombrarlo.
No nos cuentan qué pensaban los astures de todo esto. No nos hablan de cómo vivieron la llegada de un sistema económico completamente ajeno, de cómo reaccionaron ante esas pequeñas piezas de metal que los soldados les ofrecían a cambio de alimentos o de trabajo. No nos dicen si hubo resistencia, si hubo adaptación, si hubo indiferencia. La perspectiva astur sobre su propia conquista económica está completamente ausente de las fuentes monetarias.
Y eso es algo que hay que tener siempre en mente cuando estudiamos estas piezas. Las monedas son documentos del conquistador. Nos dicen cómo Roma construyó su narrativa de la victoria, cómo organizó el pago de sus ejércitos, cómo distribuyó la riqueza —o cómo dejó de distribuirla, en el caso del oro. Pero el punto de vista de los astures, su experiencia subjetiva de este proceso, solo podemos inferirlo de manera indirecta, a través de los silencios, de las ausencias, de los contextos arqueológicos que nos muestran hasta dónde llegó realmente el sistema monetario romano y dónde se quedó fuera.
Una historia que todavía se escribe
Lo que me resulta apasionante de toda esta historia es que todavía está incompleta. El hallazgo del as de caetra en Viladonga en 2025 es un buen ejemplo: dos mil años después de que esa moneda se perdiera o se enterrara en aquel castro gallego, sigue aportando información nueva. Sigue confirmando hipótesis, matizando interpretaciones, añadiendo datos al mapa de distribución de estas piezas.
Cada excavación que se realiza en un castro, en un campamento romano, en una ciudad antigua del noroeste, puede aportar nuevas monedas que enriquezcan este relato. Cada análisis metalúrgico puede revelar nuevas cecas, nuevas rutas de distribución, nuevas fases de acuñación. La numismática romana del noroeste peninsular es un campo vivo, en el que todavía quedan muchas cosas por descubrir.
Y eso, para los que nos apasiona la historia de los astures, es una noticia estupenda. Porque significa que la historia que estamos contando hoy no es la historia definitiva. Es la mejor versión que tenemos por ahora. Mañana puede que sea un poco diferente.
Guión transcrito con IA (Claude) basado en los artículos de astures.es: — «La introducción de la moneda entre los astures» — «¿Qué son las monedas de caetra?» — «Catálogo de monedas romanas que hacen referencia a los astures»


