Castillo de Peñaferruz, Gijón. Su ascenso es paralelo al ocaso de la Villa de Veranes. Las élites rurales abandonan las villas y reocupan o fundan espacios fortificados ante momentos de inestabilidad social. Google Earth

En este artículo vamos a ver la evolución de los poblados fortificados del noroeste de la península ibérica durante los siglos V al VII d.C. 

Cuando hablamos de castros nos referimos a poblados fortificados por murallas o sistemas defensivos que se encuentran en este periodo en los territorios de la provincia de Gallaecia esencialmente, y que en la actualidad corresponden con los territorios de Galicia, Asturias, Norte de Portugal, León y norte de Zamora.

Una breve introducción historiográfica

El estudio de los castros en el periodo que va del final del imperio romano al comienzo de la época medieval ha estado inscrito en una consideración de procesos de larga duración que en muchas ocasiones no nos deja ver objetivamente las circunstancias en las que se produce la ocupación de los poblados fortificados en este periodo.

Afortunadamente, en la última década se están llevando a cabo trabajos específicos sobre los castros en la antigüedad tardía encaminados sobre todo al esclarecimiento de qué tipo de asentamientos estamos hablando (si pueden ser considerados castros o no), el grado de ocupación que tuvieron (se considera que es necesario dos generaciones o más para considerar un poblamiento habitual o en caso contrario es una ocupación temporal), y las cronologías específicas obtenidas en estos asentamientos.

Este proceso ha llevado a una redefinición de los castros tardoantiguos y de los procesos de ocupación que experimentan en este periodo.

Evolución de los castros en la Tardoantigüedad. Centros administrativos, necrópolis y fortalezas

El punto de partida debemos buscarlo en el Bajo Imperio1, cuando el mundo romano experimenta una serie de transformaciones que han sido definidas como crisis, que afectan tanto a la estructura social como al poblamiento del territorio.

El fin de la minería romana en el noroeste provoca un abandono masivo de asentamientos dedicados a esta actividad que no cumplen una función adicional, por ejemplo administrativa. En ese momento se ha producido una jerarquización de los asentamientos que ya había marcado el declive inicial de los castros del noroeste.

En algunos casos se produce una concentración en poblados de grandes dimensiones2, que adquieren características de oppida, pero de época plenamente romana. En ellos habitan unas élites hispanorromanas que hacen de intermediarios con la administración, obteniendo riquezas sobre todo de la recaudación de impuestos. Estos castros, como el de Sanfins, o Santa Tegra en Galicia, ya no tienen el esquema de poblamiento indígena. Están especializados en barrios con distintas actividades, y su subsistencia depende del comercio más que de la producción agropecuaria directa.

Existe un tercer grupo de asentamientos que van a demostrar una larga perduración3 y son los pequeños castros de montaña, que han resistido a la implantación de las villas rurales en el territorio, en aquellos lugares donde este sistema de explotación no era viable.

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La caída del imperio romano y la posterior presencia germana en el noroeste, primero sueva y luego visigoda, fue interpretada como una ruptura del mundo romano en un principio. Sin embargo el avance de la investigación nos está haciendo ver que el nuevo poder germano necesita de las élites hispanorromanas para mantener tanto las infraestructuras como la red de poblamiento del noroeste. Actualmente se ve más como un proceso de evolución interna en muchos aspectos más que como una “germanización” del territorio y las costumbres.

La realeza germana es esencialmente urbana. No se conocen por el momento asentamientos específicamente germanos en el noroeste, por lo que la hipótesis más generalizada es que se establecen en los núcleos urbanos hispanorromanos, (por ejemplo, Bracara como capital del reino suevo) desde donde ejercen un poder que se articula sobre el viejo esquema de poblamiento romano (civitas, asentamientos secundarios o vicus, castros con función de civitas, villae y pequeños castros de montaña.

Se plantea por tanto la pregunta de si se produce una continuidad en la ocupación de los castros o una reocupación tras una ruptura4. Como veremos en la presentación en realidad se producen las dos cosas dependiendo del tipo de asentamiento.

En la evolución de los castros de este periodo también hay que tener en cuenta la expansión del cristianismo en el territorio. Algunos de estos asentamientos fortificados se convierten en sedes episcopales (por ejemplo Bretoña en Lugo) además de las viejas capitales conventuales que siguen manteniendo su estatus generalmente.

Otros castros, como el de Castro Ventosa, en El Bierzo, viven un esplendor gracias a su posición en las vías de comunicación, con un amurallamiento de época tardía y un auge en su poblamiento en detrimento del núcleo cercano de época romana.

No podemos dejar de mencionar los castillos de primera generación, que son herederos del sistema de fortificaciones romanas destinados a vigilancia de caminos, etc. y que mantienen su función sobre todo en época visigoda como fortalezas.

Los castros astures y galaicos en la Antigüedad Tardía
Vista aérea de Castro Ventosa. Google Earth
Tipos de asentamientos fortificados en la Antigüedad Tardía

Los estudios más recientes sobre los castros tardoantiguos tienden a hacer una división entre dos periodos dependiendo de si los factores que dinamizan su poblamientos son externos o internos 5.

Hasta siglo VII

-Castros en altura como hábitat de continuidad

El pequeño castro de montaña sigue siendo el sistema habitual de poblamiento, porque mantiene su carácter de unidad de explotación agroganadera, sobre todo en aquellos lugares donde el valle sigue siendo la unidad principal de poblamiento. En realidad la presencia de una autoridad u otra no supone una gran diferencia en este sentido ya que la base de la subsistencia es la misma. Este modelo sucumbe sólo ante la expansión por el territorio de las aldeas abiertas, que surgen como modelo de explotación al final del periodo tardoantiguo

-Castella asociados a villas

Son castros que están relacionados con el final del mundo de las villas y con periodos de inseguridad social, en donde se refugian las élites que dominan la explotación del mundo agrario del noroeste, vinculados de forma más directa en jerarquía con los castros y civitates que cumplen una función administrativa.

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-Castella tutiora o reocupación del poblado

Le debemos a Hidacio la definición de estos asentamientos6. Se trata de lugares fortificados que son reocupados por población hispanorromana de bajo estatus, con una finalidad de refugio temporal ante la inestabilidad generada en el territorio por los conflictos sociales y la caída del poder estatal que garantizaba la seguridad con un ejército profesional. Es una medida de protección de las clases menos favorecidas7.

En estos asentamientos vemos una triple funcionalidad, por tanto. Una de explotación del territorio de montaña. Otra administrativa, dependiendo de la jerarquía del asentamiento, en otras simplemente de refugio de la población.

Desde siglo VII

-Expansión de ocupación del paisaje. Esta propuesta parte de la base de que en el momento en el que se expande el sistema de aldeas y alcanza los territorio de montaña, se produce una reocupación de algunos castros, que por otra parte siempre han estado presentes en el paisaje.

En este caso ya no se trataría de una necesidad de protección generada por factores exógenos8 sino de una interna, fruto de la evolución de un sistema de apropiación del paisaje que dará lugar a los nuevos sistemas agrarios de la Edad Media.

Distribución del paisaje rural durante la antigüedad tardía

El fin de las villas es un proceso largo que alcanza en algunos casos los siglos VI y VII y que tiene como consecuencia la ocupación de los castella en la que se refugian las élites rurales que abandonan las explotaciones en lugares abiertos para controlar el territorio con pequeños castillos que suelen edificarse sobre otros asentamientos fortificados.

Al sistema de villas le sustituye gradualmente el de aldeas, en el que la población, a través del colonato, se agrupa en asentamientos abiertos que explotan un territorio. Estos asentamientos irán sustituyendo poco a poco al hábitat de montaña al ofrecer una alternativa más eficiente a este sistema. En algunos casos, produce un asentamiento sobre viejos castros, que no responde a una necesidad de protección sino a la idoneidad para la explotación agraria y ganadera del paisaje.

El castro de montaña9 por tanto en unos casos sucumbe, y en otros se transforma simplemente en los nuevos sistemas de poblamiento, dependientes ya de nuevas estructuras de poder, tanto civiles como eclesiásticas sobre todo que serán los precursores de un nuevo sistema de explotación en época altomedieval.

Conclusión

El paisaje castreño del noroeste de la península ibérica sobrevive durante el bajo imperio cuando se cumplen dos factores: que tenga alguna importancia económica (minería o agricultura) o que haya sido elegido como centro administrativo10. Estos castros de época romana se han transformado ya y más que a una evolución indígena podemos atribuir su evolución a las nuevas necesidades de la administración.

Una vez que cae el poder estatal, los asentamientos corren distinta suerte11. Aquellos que tienen una jerarquía sobre el resto y sirven a los intereses del nuevo poder como centros administrativos o de recaudación de impuestos, sobreviven. No todos, ya que asistimos al final de los grandes poblados castreños en favor de otros tipos de poblamiento protofeudal.

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En algunos casos, la ocupación tardía de los mismos se debe principalmente a que mantienen su funcionalidad como unidades de explotación del territorio, sobre todo en el norte, donde el valle es la unidad de explotación. 

En el sur de la cordillera así como en el sur de Galicia y norte de Portugal, la ocupación de algunos grandes oppida como Lancia, Bergidum Flavium, etc… responden a su funcionalidad civil y administrativa. Aquellos que sobreviven van evolucionando hacia un sistema urbano impulsado por la administración y la iglesia.

Asistimos a una reocupación en momentos de inestabilidad socio-económica por un lado y a una pervivencia en la ocupación de los castros de montaña hasta que el nuevo sistema de aldeas y hábitats abiertos transforman la forma de explotar el territorio.

Notas al pie y bibliografía

  1. Blázquez, J. M. (2004). La romanización de los astures, cántabros y vascones en el Bajo Imperio. Estado de la Cuestión. Gerión, 22(2), 493-504. 
  2. Pastor Muñoz, M. (1975). El urbanismo y los núcleos de población en el Conventus Asturum durante el Imperio Romano.
  3. Cuesta, F., Jordá Pardo, J. F., Maya González, J. L., & Mestres Gabarró, J. (1996). Radiocarbono y cronología de los castros asturianos.
  4. Valdés, Á. V. (2007). Mil años de poblados fortificados en Asturias (siglos IX aC-II dC). In Astures y romanos en el Principado de Asturias: nuevas aportaciones y perspectivas (pp. 27-60).
  5. Resino, Á. R. (2007). Ciudades, vicus, castra y villae en el NW durante la tardoantigüedad: ensayo de un modelo arqueohistórico para el período. Gallaecia: revista de arqueoloxía e antigüidade, (26), 133-161.
  6. Pardo, J. C. S. (2012). Castros, castillos y otras fortificaciones en el paisaje sociopolítico de Galicia (siglos IV-XI). In Los castillos altomedievales en el noroeste de la Península Ibérica (pp. 29-55). Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea.
  7. Tejerizo García, C.; Rodríguez González, C. (2021): Más allá de los castella tutiora: la ocupación de asentamientos fortificados en el noroeste peninsular (siglos IV-VI), en Gerión 39(2), 717-745
  8. Menéndez Blanco, A. (2013). Una revisión de los paisajes fortificados del occidente asturiano: el territorio de Allande como caso de estudio. Actas de las V Jornadas de Jóvenes en Investigación Arqueológica. Arqueología para el siglo XXI.
  9. Mier, M. F. (2006). La articulación del territorio en la montaña Cantábrica en época tardoantigua. In Comunidades locales y dinámicas de poder en el norte de la Península Ibérica durante la Antigüedad Tardía (pp. 265-292). Universidad de La Rioja
  10. Bueyes, L. R. M. (2001). Reflexiones críticas sobre el origen del reino de Asturias (Vol. 114). Universidad de Salamanca.
  11. Valdés, Á. V. (2008). El ocaso del mundo castreño. In La Prehistoria en Asturias: un legado artístico único en el mundo (pp. 817-832). Editorial Prensa Asturiana.
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