Voy con la segunda reseña de la colección que está publicando La Nueva España cada fin de semana sobre la cultura castreña en Asturias.

Libro 1: Mil años en el castro
Libro 2: Coaña, el castro perfecto
Libro 3: Los castros del mar
Libro 4: La Campa Torres, en el centro del mundo
Libro 5: El Chao Samartín. Capital Castreña
Libro 6: Castros del oriente. Crónica de la romanización

En esta ocasión el hilo principal de este tomo es un asentamiento de especial relevancia en Asturies, el Castro de Coaña, que es el primero del que se tiene información documental ya a comienzos del siglo XIX. Un castro, que como bien dice el libro, no deja de plantear preguntas en vez de dar respuestas. Hombre, yo discrepo en el sentido de que es uno de los yacimientos mejor estudiados y que más información aportó durante el siglo pasado a la cultura castreña, al menos del occidente de Asturies.

El tomo comienza con un mapa, el de las tribus de las que se tiene constancia en territorio asturiano. Os recuerdo que en nuestra tierra tenemos tres tradiciones distintas, la galaica, la astur y la cántabra. También hay que recordar que esos nombres genéricos de «pueblos» fueron dados por los romanos, y que probablemente el complejo mundo castreño sería más correcto denominarlo por los de las tribus principales, Luggones, Pésicos, Albiones o Vadinienses y Egobarros. Eso teniendo en cuenta la falta de información que aún tenemos debido al estado de la investigación de este periodo de nuestra prehistoria.

Aprovechando Coaña, el libro pasa por la definición de «castro», un término que ha escapado hace tiempo al ámbito del noroeste. También, al hablar del castro por antonomasia del occidente astur, es necesario referirse a la estela de Coaña.

Me encanta el análisis del yacimiento, centrándose no sólo en la descripción morfológica del mismo, con sus barrios, calles y murallas, sino por el análisis de algunas de sus piezas clave, como las piedras de cazoletas, o los bancos corridos, esos de los que tenemos referencias en las fuentes escritas o la cultura del agua y la piedra en el asentamiento.

De él, siguiendo el valle del Navia, subimos a Pendia, con su muralla ya datada en el siglo VI a.C. Las Saunas a la puerta, siguiendo la tónica de los castros de occidente, marcan el acceso a este lugar. Apartado, y no tan accesible como se piensa, pero sencillo de visitar para casi todo el mundo.

El tomo sigue con el puñal de antenas de Penácaros, la primera pieza de armamento de la zona. Uno de esos elementos que entroncan al mundo castreño con el mundo céltico continental, y que está expuesto en el Museo Arqueológico de Asturies.

Mohías, siguiendo el valle del Navia, pero hacia la costa, es el siguiente destino. Situado cerca del Hospital de Jarrio en las inmediaciones de Navia, resulta llamativa su ubicación en la Rasa costera occidental de la región, pero lo cierto es que su potente sistema de murallas sirvió para defender y prestigiar este recinto en relación con el territorio circundante.

Mohías, y su marcada presencia romana, son la disculpa para introducirnos en el mundo de la terra sigillata en los castros asturianos. Un elemento que fue utilizado como factor de datación de los mismos, hasta que la intervención del C14 vino a poner patas arriba las fechas romanas que se manejaban hasta el momento.

Termina el recorrido, para mi acertadamente, con una reflexión sobre la importancia del río Navia en todo este mundo de la Edad del Hierro en el Occidente de la región. Ríos que parece quedar claro que más que fronteras eran lugares de encuentro, caminos (Coaña tenía un posible puerto fluvial en su momento), accesos como venas hacia el interior del territorio que permitían llegar a los preciados minerales de la montaña occidental, pero antes también crear zonas de interrelación entre las poblaciones del entorno (en principio dominadas por los Albiones, esos que tienen su paralelismo en la Edad del Hierro en Britania).

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