Un eclipse de sol y el paisaje celeste de los astures

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Este verano, con motivo del eclipse total de sol del 12 de agosto, he tenido la oportunidad de dar dos charlas (Coaña y Caravia) sobre un tema apasionante, la relación de las comunidades transmontanas de la Edad del Hierro con el paisaje y fenómenos celestes. Eso incluye desde una dimensión práctica con el establecimiento de un calendario hasta la simbólica, con la interpretación de eclipses y los ciclos de nacimiento y muerte de la luna, sólo por poner un ejemplo. En este post os hablo del significado de todos estos aspectos que nos permiten adentrarnos en una faceta intangible de estas culturas.

El estudio de los fenómenos celestes en el pasado. Arqueoastronomía

Lo cierto es que no es un campo de estudio nuevo, pero las técnicas que se emplean actualmente sí lo son. La arqueoastronomía es una disciplina que estudia la relación de pueblos del pasado con su paisaje celeste. Lo hace a través de tres aspectos: alineaciones de edificios y contextos arqueológicos con momentos del calendario (por ejemplo alineaciones de la cámara de dólmenes con solsticios), también estudia el cómputo del tiempo por parte de estas comunidades (el calendario agrícola y ganadero) y por último la dimensión simbólica de todo esto ya que tiene implicaciones rituales y religiosas.

Partiendo de esta premisa hay autores que han hecho estudios extraordinarios sobre estas alineaciones y los castros. Uno de ellos es Fernando Alonso Romero, quien en su libro La serpiente mítica, por ejemplo, aborda la figura de la serpiente desde una perspectiva interdisciplinar que combina la etnografía, la mitología comparada y la etnoastronomía. Os lo cito porque es el autor que me ha ido introduciendo en este fascinante mundo y al que le estoy eternamente agradecido por su paciencia a mis preguntas 🙂

Charlando de estrellas y castros en la plaza del castro de Coaña. Foto Telvi.
Charlando de estrellas y castros en la plaza del castro de Coaña. Foto Telvi.

Otro autor, Marco García Quintela, ha hecho estudios muy concretos sobre un edificio que hay en los castros galaicos que tiene un marcado carácter simbólico, las denominadas saunas castreñas. Este autor ha identificado alineamientos de las saunas del ámbito atlántico con una recurrencia notable. Casi todas están relacionadas con solsticios o lunasticios. También ha analizado las del occidente de Asturias y lo cierto es que se ha encontrado con una sorpresa. De ellas sólo dos parecen tener alineamiento con un solsticio, la de Coaña (donde tuve la suerte de impartir la charla a escasos metros de ella) y la de Os Castros, en Taramundi.

En el otro extremo de Asturias, en el concejo de Caravia, tuve la oportunidad de comprobar cómo la mañana del solsticio de verano el sol sale por la cumbre del cercano Picu la Forquita, un alto que está estrechamente relacionado con el Picu’l Castru de Caravia ya que de él obtenían materias primas y servía como una estupenda atalaya sobre el sector oriental de la costa astur transmontana que, a partir del Sueve, se convertía en territorio cántabro orgenomesco.

Son dos ejemplos diferentes de aspectos que estudia la Arqueoastronomía. El primero nos habla de la intencionalidad de los constructores de las saunas (habrá que estudiar más a fondo por qué el resto de ellas no se alinean con estos fenómenos), el segundo nos revela un hecho que casi con total seguridad tuvo implicaciones en el calendario celeste de los habitantes de Picu’l Castru.

El calendario

Esta observación del cielo permite establecer el control y duración de ciclos a lo largo del año solar, que es aquel que se extiende entre dos solsticios, el de verano y el de invierno. Pero esto implica una dificultad mayor. Las sociedades antiguas utilizan la luna para medir el tiempo. El día es sencillo de determinar con los ciclos de luz y oscuridad entre dos amaneceres o atardeceres, pero cuando es necesario hacer el cómputo de un mes, es necesario contar con las fases de la luna. Los 28 días del ciclo lunar, entre dos lunas nuevas, componen un mes desde los albores de los tiempos. Pero este cómputo tiene un problema. El año lunar de 12 ciclos que caben en un año solar, tiene 354 días que son, evidentemente, menos de los 365 días del año solar. Por tanto tenían que buscar un sistema que lo compensara. Para eso se desarrolla el calendario lunisolar.

Tenemos varios ejemplos de este tipo de calendarios en todo el planeta, pero por proximidad nos fijaremos en el de Coligny. Ya os hablé extensamente de él en este otro post. Básicamente lo que hace es agrupar los años en lustros. Meses de 28 días, algunos con días intercalados, y cada dos años y medio un mes adicional. Además se plantea la posibilidad de que cada 30 años se volviera a comenzar. Todo ello lo que consigue es evitar que al cabo de pocos años los meses se desplacen respecto a las estaciones (imaginaos febrero en verano, por ejemplo).

Esto lo que nos enseña es que tenían un sistema eficiente de control del tiempo a lo largo del año a través de algo más que la observación directa de las posiciones del sol y la luna en el horizonte. Nos habla de una interpretación de esos momentos y además nos confirma que adquiere un carácter sacro o simbólico que merece la pena analizar.

En este episodio del podcast os hablé del cómputo del tiempo en la Edad del Hierro de los astures y otros pueblos.

Iconografía geométrica de lúnula de Chao de Lamas  podría ser una representación del calendario celta
Calendario Coligny reconstruido. Foto CC|Reconstrucción de la estatua de bronce. Museo de Lyon|||Reconstrucción de Seymoyr de Ricci en 1926|Estructura del mes de Samonios entero. http://chrsouchon.free.fr/colignye.htm

Eclipses como mensajes de los dioses y los ciclos de vida y muerte

Como os digo, la interpretación de estos fenómenos celestes acaba siendo parte del calendario religioso de estas tribus de la Edad del Hierro europeas. Por ejemplo, en los solsticios, es decir, el día en el que el sol alcanza su mayor desplazamiento en el horizonte tanto en verano como en invierno, las implicaciones astronómicas son que las horas de luz empiezan a crecer o a decrecer. De alguna manera es un ciclo de renacimiento que observaron diversas culturas. Por ejemplo el 21 de diciembre, solsticio de invierno, el sol languidece en la noche más larga y el día más corto. Pasan unos pocos días hasta que el 25 de diciembre el sol aparentemente tiene ya algo más de fuerza. Si lo relacionamos con el Sol Victrix de época romana o el nacimiento de Cristo en el cristianismo, el carácter simbólico es evidente.

Algo parecido pasa con la luna. Ya os comenté en este post que posiblemente hubo un culto lunar entre los astures. Las implicaciones del ciclo de muerte y renacimiento de la luna (desaparece tres días en la luna nueva y renace) son fácilmente comparables con creencias de ciclos de muerte y renacimiento del individuo.

Las propias fuentes nos hablan de celebraciones de los celtíberos y otros pueblos del norte peninsular en los plenilunios. Es probable que los rituales también tuvieran lugar en esos momentos destacados del calendario agrícola y ganadero, como el encendido de hogueras que, de alguna manera, aún pervive en nuestras festividades como la de san Juan. Por otro lado, la literatura medieval irlandesa, que recoge información de tiempos más antiguos, las fuentes de época romana y las escandinavas, nos acercan a la dimensión simbólica de una Edad del Hierro donde los fenómenos celestes jugaban un papel clave en este ámbito religioso.

Llegamos al final con la interpretación de uno de los fenómenos celestes que pudo ser más dramático para estas sociedades protohistóricas. El eclipse de sol ha quedado reflejado a lo largo de la historia como un evento de carácter funesto que manda un mensaje radical a quienes lo contemplan. El sol, el astro del que dependemos para vivir, para las cosechas, para contar el tiempo, desaparece del cielo por unos momentos devorado por una sombra.

Hoy sabemos que es la de la luna e incluso que son perfectamente predecibles, pero a lo largo de la historia no ha sido así. Heródoto nos cuenta un eclipse total de sol que detuvo una larga guerra en Anatolia en el siglo V a.C. pero es que, mil años después, Hidacio nos cuenta que los eclipses que tuvieron lugar en su siglo fueron mensajes de Dios que castigaba a los hispanorromanos por su impiedad.

En la mitología quedan reflejados como monstruos (dragones, lobos, etc…) que persiguen y devoran al sol, y es necesario ahuyentarlos para que vuelva a reinar el astro rey.

Con la luna pasa algo parecido. Apiano nos cuenta como las legiones romanas atacaban la Palantia y tras ser derrotados y en plena huída, se libraron del exterminio porque los vacceos interpretaron un eclipse lunar como augurio de mala suerte si seguían tras ellos. Un mensaje de los dioses que les decía que se detuvieran.

Los eclipses siempre han generado fascinación y terror a lo largo de la historia y este que vamos a vivir no es menos. Aproximadamente una de cada 9 generaciones puede verlo. Yo no me lo perdería.

Astures
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Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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