Contar el tiempo en la Edad del Hierro #28

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Os dejo vídeo y transcripción del episodio 28 del pódcast de Astures donde os cuento cómo podría ser la forma de contar el tiempo y el calendario agrícola de los astures. Para ello me baso en el testimonio de una de las evidencias arqueológicas más claras que tenemos sobre cómo un pueblo celta de Europa occidental, los galos, contaban los días, meses y años. Se trata del calendario de Coligny, del que ya os hablé aquí hace tiempo.

(Transcripción. Se empleó IA para adaptar el audio a una lectura cómoda en wordpress)

Estamos muy cerca del 1 de mayo, una fecha que todavía hoy conserva una enorme carga simbólica dentro de nuestro calendario. Aunque actualmente lo asociamos sobre todo al Día del Trabajo o a algunas fiestas populares de primavera, lo cierto es que esta jornada fue durante siglos un momento fundamental dentro del calendario agrícola, ganadero y religioso de los pueblos de la Europa antigua. Para sociedades como la astur o las del ámbito cultural celta, no se trataba simplemente de una fecha más, sino de uno de los grandes hitos que marcaban el paso del año.

Hablar del 1 de mayo obliga, en realidad, a hablar de algo mucho más profundo: la forma en la que nuestros antepasados entendían el tiempo. Para nosotros, el tiempo es algo que medimos en segundos, minutos y horas. Vivimos rodeados de relojes, calendarios digitales, alarmas y notificaciones que nos recuerdan constantemente qué toca hacer y cuándo debemos hacerlo. Pero en las sociedades antiguas no existía nada de eso. El tiempo no se observaba igual ni se vivía igual.

En una sociedad arcaica, el tiempo podía medirse de tres maneras principales. La primera era el tiempo biológico, es decir, el transcurso de una vida. El envejecimiento, el paso de la infancia a la madurez, los ritos de iniciación, el matrimonio, el nacimiento de los hijos o la llegada de la vejez eran las verdaderas referencias que marcaban el paso de los años. La segunda forma era el tiempo medioambiental, vinculado directamente a las estaciones, a las cosechas y a los cambios de la naturaleza. Sabían cuándo llegaría el frío, cuándo parían los animales, cuándo determinadas plantas florecían o cuándo era necesario preparar la tierra. La tercera forma, quizá la más sofisticada, era el tiempo astronómico.

Y aquí es donde la cuestión se vuelve especialmente interesante, porque los astures, como otros pueblos de la Edad del Hierro, no solo observaban el cielo: lo estudiaban. Tenían conocimientos astronómicos y matemáticos mucho más complejos de lo que solemos imaginar. Para comprender esto hay que hablar necesariamente del calendario de Coligny, el gran testimonio conservado del cómputo del tiempo en la Europa prerromana.

Este calendario fue hallado en Francia en 1897 y consistía en una gran placa de bronce con inscripciones en latín y en lengua gala. No era un calendario anual como el nuestro, sino un sistema que abarcaba cinco años completos, casi 1.840 días distribuidos en 62 meses. La gran pregunta es evidente: ¿por qué cinco años? La respuesta está en la necesidad de sincronizar dos ciclos distintos, el de la luna y el del sol. Era un calendario lunisolar.

Un año lunar tiene aproximadamente 354 días, mientras que el año solar tiene 365. Si una sociedad se guía únicamente por la luna, con el paso del tiempo las estaciones terminan completamente desajustadas. Los druidas galos, que eran mucho más que sacerdotes, resolvieron este problema añadiendo un mes extra cada dos años y medio. De esta manera conseguían mantener alineados ambos ciclos y garantizar que las labores agrícolas y ganaderas siguieran funcionando correctamente.

Julio César nos dejó además una referencia muy interesante sobre ellos cuando explica que los druidas enseñaban acerca de los astros, de sus movimientos y de la naturaleza del mundo. No eran simples figuras religiosas o místicas, sino auténticos sabios: astrónomos, matemáticos, filósofos y guardianes del conocimiento colectivo de sus comunidades.

Otro detalle fascinante de este sistema es que el día no comenzaba al amanecer, como ocurre en nuestra mentalidad moderna, sino al anochecer. Julio César lo explica claramente cuando dice que estos pueblos “hacen el cómputo de los tiempos no por días, sino por noches”. Esto significa que, para los astures y otros pueblos de la Edad del Hierro, la verdadera unidad temporal comenzaba con la oscuridad.

Este detalle tiene una enorme carga simbólica. La noche precede al día, la oscuridad da paso a la luz, la muerte prepara el renacimiento. No se trata solo de una cuestión práctica, sino de una forma de entender el mundo. Y, curiosamente, todavía conservamos ese eco en muchas de nuestras fiestas tradicionales. Basta pensar en San Juan, en Todos los Santos o incluso en las celebraciones del 1 de mayo: la fiesta comienza realmente la noche anterior.

En Asturias, por ejemplo, la noche del 30 de abril estaba marcada por cantos de cortejo, los llamados mayos, en los que mozos y mozas participaban dentro de un ambiente festivo profundamente ligado a la fertilidad y al cambio de estación. Esa noche era ya el inicio de la celebración, porque la noche era el verdadero principio de la jornada.

El propio calendario de Coligny refleja esta manera de pensar. Cada mes tenía 28 días y se dividía en dos mitades de 14: una quincena oscura y una quincena clara, siguiendo el ritmo lunar. Sabemos además, gracias a autores como Estrabón, que los pueblos del norte peninsular realizaban rituales especiales durante las noches de luna llena. La luna nueva, en cambio, era considerada un momento desfavorable y se evitaba iniciar viajes importantes o tomar grandes decisiones.

El año estaba dividido también en dos grandes semestres. Por un lado estaba el semestre sombrío, desde noviembre hasta abril, asociado al frío, la lluvia, la oscuridad y el recogimiento. Por otro lado aparecía el semestre luminoso, desde mayo hasta octubre, vinculado al calor, la fertilidad, la abundancia y la expansión de la vida. Y precisamente aquí aparece la importancia simbólica del 1 de mayo.

Las festividades de esta fecha marcaban el paso de un mundo al otro, del tiempo oscuro al tiempo luminoso. Era el tránsito hacia la vida y hacia la fertilidad de la tierra. No era solo una fiesta: era un cambio de ciclo.

Dentro de este calendario existían cuatro grandes festividades principales que estructuraban el año. La primera era Samhain, celebrada el 1 de noviembre, considerada tradicionalmente como el verdadero Año Nuevo celta. Era el momento en el que terminaba un ciclo y comenzaba otro, la noche en la que el mundo de los vivos y el de los muertos se tocaban. Se apagaban todos los fuegos domésticos y se encendían de nuevo a partir de un fuego sagrado común, simbolizando la renovación total. Hoy la conocemos más fácilmente bajo otro nombre: Halloween.

La segunda gran festividad era Imbolc, el 1 de febrero, la fiesta de la luz. Coincidía con el momento en el que los días comenzaban a alargarse de forma perceptible y se vinculaba con la fertilidad, el nacimiento de los primeros corderos y el despertar de la tierra tras el invierno. Su eco todavía pervive en celebraciones como la Candelaria.

La tercera era Beltane, el 1 de mayo, la gran fiesta del fuego y de la fertilidad. Marcaba el inicio del semestre luminoso y era el momento de sacar el ganado hacia los pastos de verano. Se encendían grandes hogueras y se hacía pasar a los animales entre ellas para purificarlos y protegerlos. Muchas de estas prácticas recuerdan inmediatamente a San Juan, y no es casualidad: ambas celebraciones pertenecen al mismo universo simbólico y probablemente una fue desplazando a la otra con la cristianización.

La cuarta gran festividad era Lughnasadh, el 1 de agosto, la fiesta de las cosechas. Era el momento de agradecer los frutos de la tierra, celebrar asambleas, mercados y matrimonios, y preparar el cierre del ciclo agrícola. Para una sociedad que dependía completamente de la agricultura para sobrevivir, era una fecha absolutamente crucial.

Lo importante aquí es entender que este calendario no era simplemente religioso. No era una sucesión de fiestas aisladas ni una superstición ritual. Era una auténtica herramienta de supervivencia. Servía para organizar la agricultura, la ganadería, la recolección, la caza y la propia vida social.

Cada mes estaba asociado a determinados árboles y a tareas específicas del campo. Los ciclos reproductivos del ganado seguían ritmos observados durante generaciones. Las fases lunares ayudaban a prever partos, trashumancias y labores agrícolas. La recolección de frutos, la búsqueda de plantas medicinales o incluso la caza estaban integradas dentro de ese mismo sistema.

Era una síntesis perfecta entre astronomía, religión y economía cotidiana. Todo estaba conectado: los dioses, las estrellas, las cosechas, los animales y las fiestas. No existía una separación entre lo sagrado y lo práctico porque ambas cosas formaban parte de una misma cosmovisión.

Hoy vivimos profundamente desconectados de esos ritmos. La mayoría de nosotros no sabríamos decir en qué fase está la luna si no miramos el móvil. No sabemos cuándo llega exactamente un solsticio si no lo consultamos en el calendario. Hemos perdido esa relación directa con el cielo y con la tierra.

Pero nuestros antepasados vivían con una mirada puesta en ambos. No porque fueran supersticiosos, sino porque habían desarrollado un conocimiento práctico y sofisticado que les permitía prosperar en un entorno difícil. Ni siquiera hace falta remontarse tanto: nuestros abuelos todavía sabían perfectamente cuándo sembrar, cuándo cosechar o cuándo iba a parir el ganado.

Ese conocimiento no desapareció del todo. Cuando celebramos Todos los Santos, cuando encendemos las hogueras de San Juan o cuando vivimos el simbolismo del 1 de mayo, seguimos repitiendo —muchas veces sin saberlo— rituales que tienen miles de años de antigüedad.

Son herencias culturales que vienen desde mucho antes de Roma, mucho antes del cristianismo y que probablemente hunden sus raíces hasta el Neolítico. El calendario cambió, fue sustituido por el romano, después por el cristiano y finalmente por nuestras formas modernas de medir el tiempo, pero el fondo sigue ahí.

Seguimos celebrando las mismas transiciones fundamentales: la vida, la muerte, la fertilidad, la cosecha y la renovación. Quizá no estamos tan lejos de aquellos pueblos de la Edad del Hierro como pensamos. Tal vez ese calendario ancestral sigue acompañándonos cada día, integrado en nuestra vida cotidiana, esperando simplemente que volvamos a mirar hacia él y recordemos de dónde vienen muchas de las cosas que todavía celebramos hoy.

Astures
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Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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