Hace unos días me llegó este libro que me atrevo a decir que es uno de los análisis de arqueoastronomía que más me han gustado en los últimos tiempos.
La serpiente mítica. Análisis etnoastronómico de una creencia, de Fernando Alonso Romero, constituye una de las aportaciones más originales al estudio de las creencias tradicionales del noroeste de la Península Ibérica. En esta obra, el autor aborda la figura de la serpiente desde una perspectiva interdisciplinar que combina la etnografía, la mitología comparada y la etnoastronomía. Su objetivo principal es demostrar que muchas de las leyendas y tradiciones populares relacionadas con serpientes, culebras y dragones conservan vestigios de antiguas concepciones cosmológicas y religiosas que hunden sus raíces en épocas muy anteriores a la documentación histórica.
La tesis central del libro sostiene que la serpiente fue mucho más que un simple animal dentro del imaginario tradicional. Según Alonso Romero, este ser ocupó una posición simbólica privilegiada al actuar como intermediario entre diferentes niveles del universo. Por una parte, estaba vinculada al mundo subterráneo, a las cuevas, a las profundidades de la tierra y al ámbito de los muertos. Por otra, mantenía una estrecha relación con el agua, las fuentes, los ríos y los espacios asociados a la fertilidad. Finalmente, el autor propone que determinadas representaciones míticas de la serpiente también pueden interpretarse en clave astronómica, relacionándolas con la observación del cielo, las constelaciones y los ciclos celestes.
Esta triple dimensión convierte a la serpiente en un símbolo de enorme complejidad. No se trata únicamente de un ser peligroso o amenazante, sino de una figura que conecta ámbitos fundamentales de la experiencia humana: la vida y la muerte, la fertilidad y la regeneración, el mundo visible y el invisible. De este modo, la serpiente aparece como un elemento capaz de articular una visión completa del cosmos.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es el análisis de las leyendas populares conservadas en Galicia, Asturias y otros territorios del noroeste peninsular. En muchas de ellas aparecen serpientes gigantes, culebras encantadas o dragones que custodian tesoros ocultos, habitan en cuevas o protegen lugares considerados especiales. Alonso Romero interpreta estos relatos no como simples cuentos fantásticos, sino como expresiones tardías de antiguas creencias religiosas transformadas a lo largo de los siglos.
El autor también presta especial atención a los procesos de cambio cultural que afectaron a estas tradiciones. En su interpretación, la cristianización desempeñó un papel decisivo en la transformación del simbolismo de la serpiente. Mientras que en etapas anteriores este animal pudo poseer significados positivos relacionados con la fertilidad, la protección o el orden cósmico, la influencia del cristianismo tendió a asociarlo con el mal, el pecado y las fuerzas demoníacas. Sin embargo, esta reinterpretación nunca fue completa, ya que numerosas leyendas populares conservaron rasgos ambiguos que revelan la persistencia de concepciones anteriores.
La propuesta de Alonso Romero resulta especialmente sugerente porque intenta reconstruir elementos de antiguas cosmovisiones a partir del estudio de tradiciones orales recogidas en épocas relativamente recientes. Esta metodología ha generado debates entre los especialistas, ya que no siempre es posible demostrar una continuidad directa entre las creencias documentadas en el folclore moderno y las religiones de la Protohistoria. No obstante, la obra ofrece un valioso marco interpretativo para comprender la profundidad temporal de ciertos símbolos y para reflexionar sobre la manera en que determinadas ideas pueden sobrevivir, transformadas, durante largos periodos históricos.
Uno de los aspectos más relevantes es la relación entre la serpiente y el mundo subterráneo. En numerosas tradiciones populares del noroeste, estos seres habitan en cuevas, simas o lugares ocultos bajo tierra. La asociación entre serpientes y espacios subterráneos es un fenómeno ampliamente documentado en muchas culturas antiguas y suele relacionarse con los antepasados, los muertos y las fuerzas regeneradoras de la naturaleza.
En el caso de los astures, la importancia simbólica del paisaje parece haber sido considerable. Las montañas, los castros, las cuevas y determinados accidentes geográficos desempeñaron un papel esencial en la organización social y territorial de las comunidades de la Edad del Hierro. Aunque no existen pruebas directas que permitan asociar estos lugares a cultos serpentiformes, la vinculación de la serpiente con espacios considerados especiales podría reflejar una lógica religiosa compatible con la existencia de paisajes sacralizados.
Otro elemento significativo es la relación entre la serpiente y el agua. Alonso Romero muestra cómo numerosas leyendas sitúan a estos seres en fuentes, lagunas o ríos. Esta conexión resulta especialmente interesante en el contexto del noroeste peninsular, donde los cultos a las aguas están ampliamente documentados durante la Antigüedad. La arqueología y la epigrafía han proporcionado abundantes evidencias de prácticas rituales vinculadas a manantiales, fuentes termales y cursos fluviales.
Aunque no puede establecerse una relación directa entre estos cultos y las leyendas serpentiformes posteriores, la coincidencia temática resulta llamativa. La serpiente aparece frecuentemente como guardiana del agua o como habitante de espacios húmedos, reforzando su papel como símbolo de fertilidad y renovación. En una sociedad agropecuaria como la astur prerromana, donde la disponibilidad de agua era fundamental para la supervivencia de las comunidades, este tipo de asociaciones pudieron adquirir una gran importancia simbólica.
La propuesta etnoastronómica de Alonso Romero también ofrece algunas posibilidades de reflexión. El autor sugiere que determinadas representaciones de la serpiente podrían relacionarse con constelaciones o fenómenos celestes observados por las comunidades tradicionales. Para los astures no existe ninguna evidencia directa que permita confirmar esta hipótesis. Sin embargo, resulta razonable pensar que las poblaciones de la Edad del Hierro observaban atentamente el cielo y utilizaban los ciclos astronómicos para regular actividades económicas y rituales.
La observación de los movimientos solares, lunares y estelares debió desempeñar un papel importante en la organización del calendario agrícola y ganadero. En este contexto, no puede descartarse que ciertos símbolos religiosos estuvieran vinculados a la interpretación de fenómenos celestes. Aunque la relación específica entre la serpiente y las constelaciones sigue siendo una hipótesis difícil de demostrar, la perspectiva de Alonso Romero invita a considerar la posibilidad de que algunos elementos de la cosmología indígena estuvieran integrados en una visión más amplia del universo.
La serpiente como símbolo de larga duración en el paisaje cultural
Más allá de la cuestión de la continuidad directa, el principal interés de La serpiente mítica reside en su capacidad para mostrar cómo determinados símbolos pueden mantenerse vivos durante siglos mediante procesos de transformación y reinterpretación cultural.
En Asturias y en el conjunto del noroeste peninsular existen numerosas leyendas sobre serpientes gigantes, culebras encantadas y seres guardianes de tesoros ocultos. Con frecuencia, estos relatos aparecen asociados a castros, cuevas, fuentes, montañas o túmulos prehistóricos. La repetición de estos motivos en distintos lugares sugiere la existencia de una profunda relación entre el imaginario popular y determinados elementos del paisaje.
Desde una perspectiva histórica, estas narraciones pueden interpretarse como mecanismos culturales destinados a explicar lugares cuyo significado original había desaparecido con el paso del tiempo. Cuando las comunidades medievales y modernas contemplaban castros abandonados, monumentos megalíticos o cuevas cargadas de misterio, recurrían a relatos legendarios para dotarlos de sentido. Las serpientes y otros seres sobrenaturales actuaban entonces como guardianes simbólicos de esos espacios.
Este fenómeno resulta especialmente relevante para el estudio de los astures porque permite analizar la forma en que ciertos paisajes mantuvieron su carácter excepcional a lo largo de los siglos. Aunque las creencias originales pudieron desaparecer o transformarse profundamente, algunos lugares continuaron siendo percibidos como espacios especiales, peligrosos o sagrados. En este sentido, las leyendas de serpientes pueden constituir una manifestación de la memoria cultural asociada al territorio.
La comparación con otras tradiciones europeas refuerza esta interpretación. En numerosos contextos indoeuropeos aparecen serpientes o dragones vinculados a tesoros, fuentes, montañas y lugares de poder. También son frecuentes los relatos que enfrentan a una divinidad celeste o heroica con una serpiente asociada a las aguas o al inframundo. Estos paralelos sugieren la existencia de estructuras simbólicas muy antiguas que adoptaron formas diversas según las regiones y los periodos históricos.
Sin embargo, la utilización de estas comparaciones exige una gran cautela. La presencia de motivos similares no implica necesariamente una continuidad histórica ininterrumpida. Los símbolos pueden reaparecer, transformarse o reinterpretarse en contextos completamente distintos. Por ello, las propuestas de Alonso Romero deben entenderse principalmente como herramientas para la reflexión y no como pruebas definitivas sobre la religión de los astures.
Aun así, la obra ofrece una contribución valiosa para quienes estudian las sociedades prerromanas del noroeste. Su principal aportación consiste en recordar que el análisis de la religión antigua no puede limitarse exclusivamente a los hallazgos arqueológicos o a los textos conservados. El estudio del folclore, de las tradiciones orales y de la construcción simbólica del paisaje puede proporcionar perspectivas complementarias que ayuden a comprender mejor la relación entre las comunidades humanas y su entorno.
En consecuencia, la figura de la serpiente puede considerarse un elemento especialmente útil para explorar las conexiones entre naturaleza, territorio y creencias en la Asturias antigua. Aunque no sea posible demostrar que las leyendas actuales procedan directamente de los astures prerromanos, sí resulta plausible que reflejen procesos de larga duración mediante los cuales ciertos lugares conservaron una dimensión simbólica especial. Desde esta perspectiva, La serpiente mítica constituye una obra sugerente que invita a pensar el mundo astur no solo desde la arqueología y la historia, sino también desde la memoria cultural y la persistencia de los imaginarios colectivos.


