El 17 de abril de 1912, un eclipse total de Sol convirtió Cacabelos, en el Bierzo, en uno de los centros de atención de la astronomía europea. Hasta allí se desplazaron investigadores procedentes de diferentes observatorios y centros científicos para observar y registrar el fenómeno. Entre ellos se encontraba Mario Roso de Luna, que había acudido como corresponsal científico del periódico madrileño El Liberal.
Roso de Luna no era un periodista enviado a cubrir el acontecimiento sin más. Tenía una sólida formación científica y un prolongado interés por la astronomía. En Cacabelos se propuso estudiar, entre otros fenómenos, las denominadas «sombras volantes», unas bandas o ondulaciones luminosas que pueden observarse durante determinadas fases de un eclipse y que ya habían llamado su atención durante el eclipse de 1905. Para intentar registrarlas preparó un dispositivo formado por varios lienzos y cámaras fotográficas. El eclipse fue, por tanto, una experiencia científica para Roso de Luna. Pero también fue el punto de partida de una historia completamente diferente.
Algunos años después, en 1916, publicaría El tesoro de los lagos de Somiedo, una obra que él mismo presenta como una «narración ocultista» y que se ha considerado también un peculiar relato de viaje por Asturias. Lo cierto es que la estructura del libro es clara: después de una introducción dedicada a la «Asturias tenebrosa» y a las «tierras de Don Pelayo», la primera parte lleva precisamente por título «Consecuencias de un eclipse». Después vienen «En pleno país de los encantos», «Hacia el borde de la sima» y «El triunfo del ocultismo». No es una casualidad.
El eclipse constituye dentro de la narración el acontecimiento que desencadena el viaje. Roso de Luna llega al Bierzo como observador científico y termina entrando en un mundo de relatos, personajes, tradiciones y misterios que le conducirán hacia la Asturias profunda de hace un siglo. La astronomía y el ocultismo, dos aspectos aparentemente contradictorios de su personalidad, aparecen así unidos desde el principio de la obra.
Roso de Luna recorre una Asturias rural que hoy ha desaparecido en buena medida. Describe caminos, aldeas, montañas, valles y paisajes, pero también formas de vida, conversaciones, costumbres, creencias y relatos transmitidos por sus habitantes. Su viaje no transcurre por una Asturias abstracta o imaginaria: se construye a partir de personas y lugares concretos que el autor conoce, escucha y convierte después en materia literaria.
En las páginas de la obra encontramos castros, cuevas, restos antiguos, tesoros ocultos y tradiciones vinculadas a los lugares arqueológicos. Roso de Luna incorpora así el patrimonio antiguo al relato, aunque lo interpreta desde una perspectiva muy alejada de la arqueología actual. Los restos arqueológicos se convierten en escenarios donde se superponen historia, tradición oral, leyenda y pensamiento ocultista.
Uno de los ejemplos más llamativos es el tratamiento que recibe un castro del territorio del alto Sil, al que Roso de Luna denomina castro de Altamira. Alrededor de él desarrolla una historia de tesoros ocultos, buscadores de riquezas y construcciones antiguas. La importancia de este episodio no reside tanto en la veracidad de la leyenda como en lo que nos permite observar: a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los castros formaban ya parte de un imaginario rural en el que los restos arqueológicos podían convertirse en el escenario de historias sobre tesoros, moros, cuevas y riquezas escondidas.
El autor no construye ese universo únicamente a partir de personajes ficticios. En la narración aparecen figuras reales relacionadas con el conocimiento y la cultura asturiana, entre ellas Roberto Frassinelli, el conocido «alemán de Corao», y Juan Uría. La presencia de estos personajes sitúa el relato dentro de una tradición intelectual que ya se había interesado por el paisaje, la historia y los monumentos de Asturias. Frassinelli, en particular, adquiere una presencia significativa en la narración. Roso de Luna llega a preguntar expresamente por él y convierte su figura en uno de los elementos que conectan el viaje con ese conocimiento oculto del territorio que pretende reconstruir.
Así que, El tesoro de los lagos de Somiedo puede leerse desde varias perspectivas. Es, sin duda, una obra de literatura ocultista, y buena parte de sus interpretaciones responden al pensamiento teosófico de su autor. Pero también es un relato de viajes, una colección de historias y tradiciones y, de manera indirecta, un testimonio sobre la forma en que determinados sectores de la sociedad de comienzos del siglo XX contemplaban Asturias y su pasado.
Su valor no está en aceptar como históricas las explicaciones de Roso de Luna. Está precisamente en poder observar cómo se mezclaban entonces diferentes formas de interpretar el pasado: la investigación científica, la erudición local, la tradición oral, el folklore, las leyendas sobre tesoros y las nuevas corrientes ocultistas.
Y el eclipse constituye el punto de partida perfecto para todo ello.
El mismo hombre que llega a Cacabelos para estudiar científicamente un fenómeno astronómico termina convirtiendo aquella experiencia en el comienzo de un viaje hacia una Asturias poblada de castros, cuevas, montañas, leyendas y personajes reales. Para Roso de Luna aquel eclipse no terminó cuando volvió a aparecer el Sol, de hecho es cuando comienza realmente la historia.


