El yacimiento de Lucus Asturum, situado en el concejo de Llanera, a pocos kilómetros del centro de la capital del Principado, constituye hoy uno de los espacios arqueológicos más interesantes y prometedores para el estudio de la romanización en el territorio astur. Las investigaciones recientes han demostrado que se trata de un asentamiento complejo, dinámico y con una prolongada continuidad histórica, cuya relevancia trasciende ampliamente el ámbito local.
En el último Excavaciones Arqueológicas en Asturias aparece un artículo dedicado a hacer un repaso exhaustivo de la investigación arqueológica llevada a cabo en este asentamiento.
Un lugar conocido en las fuentes
El conocimiento de Lucus Asturum proviene ya de las fuentes clásicas, lo que constituye un punto de partida fundamental para su interpretación histórica. La primera mención conocida procede de Claudio Ptolomeo (siglo II d.C.), quien lo incluye en su Geographia como una de las civitates del territorio de los astures. Esta referencia no es trivial: en un contexto de consolidación del dominio romano en Hispania, la inclusión de un asentamiento en una obra de carácter geográfico indica una cierta relevancia administrativa, estratégica o económica.
Siglos más tarde, el llamado Anónimo de Rávena (siglo VII) vuelve a mencionar el enclave bajo la forma Luco Astorum, vinculándolo a la red viaria romana dependiente de Bracara Augusta. En este caso, su identificación como mansio —una estación de paso en las rutas imperiales— refuerza la idea de que Lucus desempeñaba un papel clave en la articulación del territorio.
Estas referencias permiten establecer que Lucus Asturum fue un lugar relevante por su carácter de nodo de comunicación integrado en las estructuras administrativas imperiales.

Pero su historia no termina ahí. Uno de los aspectos más interesantes de este lugar es la persistencia de su memoria a lo largo del tiempo. Durante la Edad Media, el topónimo “Lucus” o “Luco” continúa apareciendo en documentación escrita, lo que sugiere una continuidad en su función como referente geográfico.
A partir del siglo XVII, los primeros eruditos comienzan a interesarse por los restos visibles en la zona. Autores como Luis Alfonso de Carvallo identifican el lugar con una antigua ciudad de cierta entidad, llegando incluso a atribuirle un carácter episcopal. Durante los siglos XIX y XX, estas ideas serán retomadas y reformuladas, consolidando la percepción de Lucus Asturum como un enclave de interés histórico, aunque todavía sin una base arqueológica sistemática.
De la tradición a la investigación arqueológica
Este proceso de transición en la interpretación de este asentamient se produce de manera progresiva a lo largo del siglo XX. Las primeras excavaciones documentadas, en la década de 1920, sacaron a la luz estructuras y materiales romanos en las inmediaciones de la iglesia de Santa María de Lugo. Sin embargo, la falta de publicaciones detalladas limitó el impacto académico de estos trabajos.
Un avance significativo se produce con la labor de José Manuel González en la década de 1970. Su enfoque, basado en la combinación de fuentes orales, toponimia y observación directa, permitió formular una hipótesis fundamental: el origen de Lucus podría estar vinculado al traslado de poblaciones castreñas desde los asentamientos en altura hacia la llanura, en el contexto de la romanización. Esta idea encaja con modelos ampliamente aceptados para el noroeste peninsular, donde la reorganización del poblamiento constituye uno de los elementos clave del proceso de integración en el sistema romano.

Entre las décadas de 1980 y 1990 se desarrollaron intervenciones arqueológicas más sistemáticas, dirigidas principalmente por Carmen Fernández Ochoa y su equipo. Estos trabajos supusieron un salto cualitativo en el conocimiento del yacimiento.
Entre los hallazgos más relevantes se encuentran los de restos de ocupación romana altoimperial (siglos I–II d.C.). Además se estudia una necrópolis medieval (siglos X–XII), que evidencia la reutilización del espacio. A ellos hay que añadir elementos epigráficos, como un ara dedicada a los Lares Viales.
Sin embargo, a pesar de estos avances, las excavaciones fueron interrumpidas en 1995, en parte debido a una valoración institucional que consideraba los restos de escasa entidad. Esta decisión marcaría un paréntesis en la investigación que se prolongaría durante dos décadas.
De 2015 en adelante. Nuevo impulso y metodología en las excavaciones
El año 2015 marca un punto de inflexión decisivo. El Ayuntamiento de Llanera impulsa un nuevo proyecto de investigación liderado por Esperanza Martín que incorpora metodologías avanzadas (georradar, LiDAR, etc…) y una perspectiva interdisciplinar.
Estas herramientas han permitido detectar anomalías en el subsuelo que revelan la existencia de un urbanismo romano complejo, hasta entonces invisible. El resultado con cada campaña es más claro: Lucus Asturum es un asentamiento de una extensión considerable.
Uno de los hallazgos más significativos en este sentido es el complejo termal. Se trata de una estructura de grandes dimensiones (aproximadamente 800 m²), organizada según un esquema típico de las termas romanas: Estancias alineadas, hipocausto, piscinas revestidas con opus, signinum, canalizaciones complejas, etc…
La calidad constructiva y la decoración (incluyendo restos de pintura mural) indican un alto nivel técnico y estético. Este tipo de infraestructura no es compatible con un asentamiento menor, sino que sugiere la existencia de una comunidad con recursos y organización suficientes para sostener este tipo de equipamientos. Además, la cronología de uso, desde el siglo I hasta al menos el IV d.C., apunta a una ocupación prolongada y estable.

Las excavaciones en La Ería de la Castañera, en las que he tenido la suerte de participar, han permitido documentar un conjunto residencial que ofrece una visión directa de la vida cotidiana en el asentamiento. Las viviendas presentan características propias del ámbito rural romano:
una orrganización en torno a patios, espacios funcionales diferenciados en los que aparece un registro material típico compuesto por cerámicas de mesa y cocina (locales e importadas), herramientas metálicas de ese periodo y un interesante conjunto de restos óseos y evidencias carpológicas que permiten reconstruir la dieta de ese periodo.
Especialmente relevante es la presencia de depósitos rituales bajo los suelos, que reflejan prácticas simbólicas asociadas a la fundación y protección del espacio doméstico. Estos elementos, al menos dos, evidencian la coexistencia de tradiciones indígenas y romanas, un rasgo característico de los procesos de romanización.
Sin duda, uno de los hitos de estas campañas fue la documentación de un pozo asociado a la vivienda que estaba repleto de materiales. Su excavación ha proporcionado uno de los contextos más ricos del yacimiento, gracias a la conservación de materiales orgánicos en condiciones anaeróbicas. Entre los restos recuperados se encuentran: Madera trabajada, semillas y restos vegetales, Fauna diversa, objetos de uso cotidiano como cerámica, latericio, etc… correspondiente a distintas épocas.

Este tipo de contexto es excepcional en arqueología, ya que permite reconstruir aspectos difíciles de documentar en otros entornos, como: Dieta alimentaria, explotación del medio natural, tecnología y utensilios perecederos
Las dataciones sitúan su uso principal entre los siglos II y III d.C., lo que encaja con la fase de mayor desarrollo del asentamiento.
Una cronología dilatada en el tiempo
Uno de los aspectos más relevantes de Lucus Asturum es su larga secuencia de ocupación, que permite rastrear la presencia humana en este enclave a lo largo de un amplio arco cronológico. Las evidencias arqueológicas documentan una ocupación ya desde la Prehistoria, con la presencia de industrias líticas paleolíticas y algunos materiales adscritos a la Edad del Bronce. Esta fase temprana pone de manifiesto que el territorio ya reunía condiciones favorables para el asentamiento humano mucho antes de la llegada de Roma. Posteriormente, durante la época romana, se constata una ocupación intensa y continuada entre los siglos I y IV d.C., momento en el que el enclave alcanza su máximo desarrollo. Finalmente, en la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media se observa una reutilización del espacio, con la aparición de nuevas estructuras que indican la persistencia del poblamiento, aunque bajo formas distintas. En conjunto, esta continuidad sugiere que Lucus Asturum responde a factores estructurales del territorio —como su posición estratégica, la accesibilidad o la disponibilidad de recursos— que lo convierten en un lugar especialmente atractivo a lo largo del tiempo.
A partir de estos datos, los resultados arqueológicos permiten reinterpretar Lucus Asturum como un asentamiento de carácter claramente estratégico dentro del sistema romano. Su ubicación, estrechamente vinculada a la vía de La Carisa, lo sitúa en una posición privilegiada para el control del territorio, el tránsito de tropas y la articulación de las comunicaciones. Esta función como nodo de conexión se ve reforzada por la diversidad de materiales recuperados, que evidencian la existencia de redes comerciales amplias y bien integradas. Entre los productos documentados se identifican conexiones con áreas tan diversas como la Galia, el valle del Ebro, la Bética o la costa cantábrica, lo que indica que el enclave no funcionaba de manera aislada, sino que participaba activamente en circuitos económicos de alcance regional y suprarregional. En consecuencia, la imagen que se desprende es la de una comunidad dinámica, inserta en las estructuras económicas del Imperio y capaz de sostener intercambios a larga distancia.
En este contexto, uno de los resultados más sugerentes de las investigaciones recientes es la hipótesis de que Lucus Asturum no responde al modelo clásico de ciudad compacta característico del mundo mediterráneo. Por el contrario, todo parece indicar que nos encontramos ante un hábitat disperso, en el que diferentes áreas funcionales —residenciales, termales y probablemente también productivas— se distribuyen de manera amplia en el territorio. Este patrón de ocupación encaja mejor con las dinámicas propias del noroeste peninsular, donde la romanización no implica necesariamente la implantación de modelos urbanos estandarizados, sino procesos de adaptación a las realidades locales. De este modo, Lucus Asturum se configura como un ejemplo particularmente significativo de cómo las estructuras romanas pudieron integrarse en paisajes y tradiciones previas, dando lugar a formas de poblamiento híbridas y complejas.
Os dejo link al artículo.
Hernández, E. M. (2025). Lucus Asturum: un legado histórico que trasciende el tiempo. Nuevas investigaciones y declaración BIC. En Excavaciones arqueológicas en Asturias: 2021-2024 (pp. 349-364). Consejería de Cultura, Política Linguística y Turismo de Asturias.



