Hoy nos paramos en un aspecto de la vida cotidiana de los astures, su modo de vestir. Veremos cómo podemos obtener evidencias de ello sin tener restos arqueológicos de textiles. De cómo las fuentes y la arqueología nos proporcionan algunos indicios sobre sus prendas y su apariencia. Es un tema fascinante que humaniza a los astures como objeto de estudio y nos acerca a su vida diaria.
Aquí os dejo una adaptación de lo dicho:
Vamos a profundizar en un aspecto muy concreto de la cultura material de los astures: la vestimenta. El objetivo es analizar las evidencias sobre la ropa que utilizaban, sus métodos para abrigarse y sus complementos. Especialmente, intentaremos determinar cómo obtener esta información de una sociedad que no ha dejado necrópolis y que habitó una zona geográfica donde el suelo no favorece la conservación de materiales orgánicos, como las fibras vegetales.
A pesar de estas limitaciones, es posible realizar una reconstrucción hipotética de la vestimenta astur. Imaginemos la siguiente escena en la Edad del Hierro, en las cercanías de un castro: al entrar, observamos las viviendas, almacenes, talleres y a los habitantes caminando. Lo primero que llamaría nuestra atención sería su vestimenta.
Cada época histórica posee una manera característica de vestirse; cada momento genera prendas tan distintivas que permiten identificar el periodo al observar una estatua o pintura. La vestimenta no es solo una solución a la necesidad de abrigo; es un símbolo de estatus y un reflejo de modas y factores que permiten adentrarnos en la mentalidad del individuo, su autopercepción y su relación con la comunidad.
La investigación sobre la vestimenta astur plantea grandes dificultades. El suelo de la región no favorece la conservación de madera, cuero o fibras textiles. En las excavaciones de contextos domésticos no es habitual hallar restos de prendas. No obstante, en años recientes se han recuperado fibras en contextos arqueológicos muy específicos, como cuevas, donde la humedad y la falta de oxígeno han permitido su preservación. Otro ejemplo es el pozo de Lucas Asturcón, utilizado entre los siglos I y IV d.C., en cuyo fondo apareció un fragmento de cuero perteneciente a la plantilla del calzado de un habitante de la villa.
Dado que el registro arqueológico es escaso, la información se obtiene a través de diversas vías. Una de ellas son las fuentes clásicas. Aunque las referencias son limitadas, autores como Estrabón mencionan que los pueblos del norte peninsular (astures, cántabros y galaicos) vestían o dormían sobre lechos de paja envueltos en un sagum. El sagum era una capa de abrigo muy extendida en el occidente europeo; existían variantes galas, britanas e hispanas. En la Galia, Polibio distinguía incluso entre versiones de verano e invierno, según su grosor.
Estrabón también describe los vestidos de las mujeres adornados con motivos florales. No se ha determinado si eran estampados, motivos creados en el telar o bordados, aunque todos estos sistemas estaban a disposición de los astures.
Si bien las fuentes ofrecen una primera aproximación, la arqueología aporta datos específicos sobre la naturaleza de las prendas y sus métodos de elaboración. Una vía de estudio son los restos vegetales, como semillas preservadas por haber sido tostadas o quemadas. Estos granos permiten confirmar el cultivo de especies íntimamente relacionadas con el textil, como el lino.
El lino aparece en el registro arqueológico y en las fuentes escritas. Plinio el Viejo menciona el lino de los astures, destacando su fama durante la época altoimperial. Esta evidencia se refuerza con la artesanía tradicional del territorio, donde hasta hace pocas décadas se seguía trabajando el lino, permitiendo conocer la cadena de producción desde la preparación de la fibra hasta el tejido.
Por otro lado, los restos óseos en los castros confirman la cría de ganado vacuno y ovino. Las vacas proporcionaban cuero y las ovejas lana. Las razas de la época pertenecían al tronco céltico europeo, similares a la oveja xalda actual, de lana oscura. Las fuentes confirman el empleo de esta lana, señalando que el sagum hispano era de lana negra u oscura. El cuero se utilizaba para cinturones, calzado y diversos elementos montados en tiras.
El registro arqueológico también documenta la cadena de producción mediante el hallazgo de fusayolas —pequeños discos de cerámica o piedra que sirven de contrapeso en el huso para formar el hilo— y pesas de telar. La presencia de estas pesas indica que los telares eran habituales en las viviendas castreñas, donde se fabricaban lienzos que luego se cosían con agujas de hueso o metal.
Combinando fuentes escritas, registro arqueológico y cultura tradicional, se ha establecido un modelo de vestimenta aceptado por la mayoría de los investigadores. El atuendo de un astur de la Edad del Hierro consistiría en una túnica corta, seguramente de lino, y posiblemente una braca (pantalones similares a los utilizados en la Galia). Esta prenda, que existía desde la Edad del Bronce, resultaba ideal para el clima húmedo y atlántico. Resulta difícil imaginar la supervivencia en el invierno de la meseta sin protección en las piernas, dadas las extremas temperaturas de la zona.
El calzado básico consistía en piezas de cuero que han pervivido en modelos tradicionales como las corices o albarcas, elaboradas a partir de un solo fragmento de cuero entrelazado con tiras. Bajo este calzado, los pies irían cubiertos con escarpines de lana.
A estas prendas se añadían complementos. Los broches astúricos (pequeños ganchos dobles) se interpretan como remates de tiras de cuero que envolvían la parte baja de la pierna para sujetar el calzado, los escarpines y la braca. Asimismo, existían cinturones donde se combinaban metal y cuero. Mención especial merecen las fíbulas, broches metálicos que sustituían a los botones. Además de su función práctica de sujetar la ropa, estas piezas espectaculares funcionaban como indicadores de prestigio y diferenciación social.
Sobre todo este conjunto se colocaba el sagum, una capa larga de lana de forma cuadrada, sujeta al hombro con una fíbula. Esta prenda fue tan valorada que las tropas romanas la adoptaron para combatir en Hispania e incluso se utilizó para el pago de impuestos entre los celtíberos. El sagum evolucionó durante el Imperio Romano hasta la época medieval, dando origen a la palabra «sayo», y pervivió casi hasta el siglo XX en las capas con capucha de los pastores.
El conjunto se completaba con accesorios en materiales duros: recogedores de pelo, colgantes y anillos. La vestimenta posee una dimensión social intrínseca; a lo largo de la historia, ciertas prendas o colores (como la púrpura imperial) han estado reservados a individuos específicos. El registro arqueológico sugiere que los astures cuidaban su apariencia y su imagen dentro de la sociedad.
Aunque la falta de contextos funerarios en territorio astur limita la información, la arqueología comparada con zonas de la meseta donde sí existen necrópolis permite establecer analogías. Al encontrar una fíbula en una vivienda castreña del mismo tipo que las halladas sobre cuerpos en tumbas de la meseta, podemos determinar su posición y función exacta.
En definitiva, podemos reconstruir la imagen de un habitante de un poblado: calzado con corices y escarpines de lana, vistiendo una braca y una túnica corta ceñida por un cinturón, con las piernas ajustadas por tiras de cuero y broches astúricos. En invierno, portaría un sagum de lana oscura sujeto por una fíbula reveladora de su estatus. Las mujeres vestirían túnicas de lino decoradas, posiblemente con los motivos florales que mencionaba Estrabón, y se cubrirían también con el sagum.
Estudiar la vestimenta nos permite humanizar a estas sociedades, alejándonos de una visión puramente académica para verlos como personas con preocupaciones estéticas y sociales. Es probable que fueran presumidos, que intentaran arreglar roturas en sus túnicas y que dieran gran importancia a la imagen que proyectaban. Reconstruir su apariencia es, en última instancia, una forma de acercarnos a nuestros antepasados.



