Vitrina con hachas del Bronce Final y otros objetos en el Museo Arqueológico de Asturias.
Vitrina con hachas del Bronce Final y otros objetos en el Museo Arqueológico de Asturias.

Uno de los problemas a la hora de estudiar a los Astures es que a poco que profundices en cualquier tema sobre su cultura, se pone de manifiesto que la pretendida unidad entre los astures transmontanos y cismontanos no se sostiene en determinados aspectos de su cultura material. El término adquiere un gran valor a la hora de acotar un espacio de estudio, pero no se corresponde con la realidad cultural del primer milenio a.C.

Uno de los periodos en los que más fácil es de percibir es en la denominada Primera Edad del Hierro, cuyo arco temporal abarcaría desde aproximadamente el siglo IX a.C. hasta el siglo V a.C. Es un momento interesantísimo que nos habla del origen de los pueblos que cristalizan en las realidades «étnicas» que los romanos se encuentran a la llegada a la Península. El problema es que esta denominación no deja de ser un constructo teórico para acotar un periodo de tiempo que, a priori, tiene unas características muy distintas al norte y sur de la cordillera. Vamos a ver de lo que os estoy hablando.

El punto de partida. El Bronce Final

Entre los siglos XII y VIII a.C. el occidente atlántico europeo está inmerso en un momento cultural dinámico en el que podríamos destacar dos factores: El comercio de metales (cobre, estaño, oro, etc…) y productos elaborados de bronce, y por otro unas sociedades que, no llamaría seminómadas, pero que tampoco son sedentarias, presentando un patrón de desplazamiento por el territorio probablemente en base a una ganadería y al aprovechamiento deficitario (y hasta la extenuación) de los territorios cultivables, lo que les hace desplazarse periódicamente. Son las últimas sociedades del Bronce. Aquellas que elaboran las hachas de talón y anillas, hoces tipo Castropol, o las espadas pistiliformes.

Casco de Ribadesella. Museo Arqueológico
Casco de Ribadesella. Museo Arqueológico

Tanto al norte, como al sur de la cordillera vemos centros de producción minera (del cobre) y metalúrgica que no presentan grandes diferencias, en esencia, ni entre ellas ni entre los otros territorios de la fachada atlántica, más allá del dinamismo que se observa en aquellas zonas donde se produce el estaño (atlántico gallego, Bretaña, sur de Inglaterra, etc).

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La Primera Edad del Hierro

Tras este momento, a partir del siglo IX a.C. comienzan a observarse en la cultura material una serie de cambios regionales que podríamos calificar como ruptura de esa relativa unidad del Bronce. El territorio se regionaliza, o se acentúan las diferencias regionales entre determinados espacios. Uno de los factores que presentan en común todas estas zonas es que parece que las producciones de bronce, por ejemplo, adquieren un carácter mucho más local. En nuestro territorio se traduce en una producción masiva de hachas de talón y anillas cuya aleación cada vez presenta más plomo (ternarias) lo que tiene el sorprendente resultado de que son elementos inservibles para un uso práctico.

Pero lo más sorprendente, para mi, no es tanto las producciones de bronce, que al fin y al cabo siguen ciertos patrones que ya son antiguos, sino la distinta percepción del espacio por parte de estas sociedades. Comienzan a sedentarizarse, lo que hasta ahora es una completa novedad en el paisaje. Se ha especulado con que las élites que demandan los productos de lujo procedentes del comercio adquieren un cierto estatus al final de este periodo que hace que centralicen su preeminencia en ciertos espacios protegidos y en altura desde donde pasan a controlar el espacio circundante. Nacen los primeros castros.

Planimetria del castro de La Forca. Grado. J Camino Mayor
Planimetria del castro de La Forca. Grado. J Camino Mayor

No son los castros que vemos a mediados del primer milenio a.C. pero en esencia tienen sus características básicas. Espacios en altura, fortificados (en un primero momento con empalizadas que darán paso a murallas cada vez más desarrolladas), y sobre todo bien situados respecto a dos factores; las vías de comunicación, por las que transitan ganados y mercancías, y por otro recursos necesarios para la ganadería, como son los pastos de montaña, etc. También explotan los terrenos agrícolas circundantes.

En esencia, esto nos dice que el patrón de subsistencia no ha cambiado tanto, pero sí lo ha hecho la relación que estas gentes tienen respecto al paisaje, como dije arriba. En las sociedades ganaderas el paisaje se articula en torno a las vías de comunicación por las que desplazarse con los ganados estacionalmente, sin un sentido cerrado de territorialidad, con pastos comunales en muchas ocasiones, e intercambios entre comunidades. Sin embargo, en este nuevo modelo, el espacio se vuelve restringido y el territorio es todo aquello que comprende el entorno del poblado fortificado, el castro, donde la población obtiene los recursos necesarios para la subsistencia. Evidentemente no es ni un cambio drástico ni total, sino paulatino. Lo vemos en la larga persistencia de patrones socioeconómicos del Bronce durante la Primera Edad del Hierro en territorios como el norte de la Cordillera Cantábrica cuya dinámica es completamente distinta a la del sur, como veremos ahora.

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El hierro, un factor condicionante

El uso de este nuevo metal es uno de los factores que aceleran los cambios. La introducción de la metalurgia del hierro acelera la transición entre un mundo del Bronce al Hierro al sur de la Cordillera. Estos territorios al norte del Duero han recibido nuevas técnicas metalúrgicas procedentes del Mediterráneo a través de distintas vías. Seguramente el Valle del Ebro es una de ellas. En estos territorios, que están más en contacto con ese ámbito oriental que las poblaciones ribereñas del Cantábrico aparecen culturas como la de Cogotas en un momento temprano y posteriormente la del Soto en la primera Edad del Hierro de la Meseta Norte.

El Soto se caracteriza por poblados con casas en adobe o tapial, de planta redonda, con bancos corridos. Una cerámica característica y metalurgia de bronce y de hierro. Todo el paquete ya en torno a los siglos VIII y VII a.C. En los castros astures cismontanos, como el de Sacaojos, por citar uno de los ejemplos más reconocibles, aparece esta fase en su evolución más antigua.

Al norte de la Cordillera no hay nada similar. Bueno, en realidad autores como Jose Luis Maya quisieron ver en la Campa Torres algunas características de la cultura del Soto, pero lo cierto es que esta teoría fue duramente criticada puesto que la presencia de algunas cerámicas de estilo meseteño tampoco servían para adscribir un asentamiento a una cultura, que no aparece en el resto de castros del entorno y que además no presenta el resto del paquete cultural. Por ejemplo el hierro.

Piezas de Picu Castiellu de la Collada, Siero. A la derecha tres pasadores en T. Maya, 1974
Piezas de Picu Castiellu de la Collada, Siero. A la derecha tres pasadores en T. Maya, 1974

En el territorio astur transmontano el hierro se comienza a utilizar en un momento mucho más tardío, básicamente a finales de la primera Edad del Hierro, aunque se han documentado objetos, y partes de objetos de hierro en piezas de bronce (puñales, fíbulas, etc…) pero no hay constancia de su explotación y fundición, forja, etc… hasta mediados del milenio. Se acepta generalmente que entre los siglos V y IV a.C. ya hay una difusión total del hierro por la cultura de los castros astures transmontanos, con aprovechamiento minero incluido. De hecho esta es uno de los factores esenciales a la hora de elegir la ubicación de un castro en este nuevo periodo.

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Por tanto, tenemos una primera Edad del Hierro en el norte del futuro conventus asturum donde prácticamente no hay hierro. En realidad lo que aparece en el registro arqueológico más bien, es un largo epílogo de la Edad del Bronce en el que poco a poco van apareciendo transformaciones paulatinas pero esenciales. Yo hablaría de tres. La primera el cambio en la percepción del espacio como tal, propiciada por el florecimiento de élites que han medrado durante el Bronce Final y que expresan en su dominio del territorio su poder. La segunda, como consecuencia de la primera es el establecimiento de los primeros asentamientos fortificados sedentarios, llamémosles castros. Se ha especulado con que sirvieran como lugar donde proteger la tecnología metalúrgica, acaparada por estas élites. La tercera la progresiva difusión del hierro en este espacio. El colapso de los sistemas comerciales del Bronce Final y la aparición de un nuevo metal, más duro, resistente y para el que no hacen falta aleaciones ni por tanto importar metales como el estaño, de la que Asturias es deficitaria, propiciarían la transición y el nuevo patrón definitivo de poblamiento.

Todos estos cambios en el norte seguro que estuvieron apoyados en las relaciones culturales y comerciales con el sur de la cordillera, donde todos estos cambios que cristalizan entre los siglos VI y V a.C. ya llevaban por lo menos dos siglos de ventaja allí.

Es un esquema muuy simplificado y resumido, pero en esencia creo que queda claro por qué me parece que los astures transmontanos no tuvieron una verdadera primera Edad del Hierro, pero que es un término que nos es útil para definir un espacio temporal y de transformaciones culturales.

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