Uno de los paisajes más bonitos que tiene la montaña de León, en torno a Puebla de Lillo, es el lago de Isoba. Hace poco tuve la suerte de pasar por allí y me detuve en el mirador que permite contemplarlo. Este lugar es el comienzo de varias rutas senderistas y, además, es el escenario de una de esas leyendas que nos han llegado a través de la tradición oral. En este caso concreto es de una ciudad sumergida, como otras que ya os he contado aquí.
Os cuento la leyenda tal y como yo la conozco. Al parecer, donde ahora está el lago había una ciudad a la que un día llegó un peregrino que iba camino de San Salvador de Oviedo (en otras versiones no era un peregrino sino el mismísimo Jesucristo). Pidió alojamiento en varias casas pero nadie le quiso acoger, a excepción del cura, que se daban las circunstancias de que era el hijo de una pecadora conocida en el lugar, una mujer soltera.
A la mañana siguiente, agradecido a la mujer pero enfadado con los vecinos de la localidad, echó una maldición diciendo: que se hunda Isoba, menos la casa del cura y la pecadora.
Así que las fuentes en torno al lago brotaron con un gran caudal e inundaron el pequeño valle creando el lago.
Isoba es un lago glacial que debió ser una referencia en el paisaje debido a su proximidad a la vía que comunicaba con Asturias. En sus inmediaciones hay una recreación de un corro o chozo de piedra y techumbre vegetal que me pareció que guardaba mucha similitud con los de Extremadura. Probablemente los ganados trashumantes llegaban aquí en busca de los frescos pastos de montaña en el verano.


