Quizá sea este uno de los lugares que más ganas tenía de visitar de la península ibérica. El cabo de San Vicente, uno de los tres grandes cabos del territorio, el punto más occidental de la misma y quizá uno de los paisajes con mayor carga simbólica de todo el occidente de Europa. Si realmente un lugar tiene la fama de haber sido el fin del mundo antiguo, es este.
Estrabón escribió sobre este lugar citando a autores más antiguos y se refería a él como el fin de toda la oikoumene, es decir, la tierra habitada o el mundo conocido. También se refieren a él como Cuneus, por la forma de cuña que proyectaba la costa hacia el Atlántico.

Ya era un lugar sacro antes de la llegada de los romanos como atestigua el enorme conjunto megalítico del territorio y en la Edad del Hierro esa tradición sagrada ya gozaba de una antigüedadd considerable.
Un santuario sin templo
La mayor parte de lo que se conoce sobre este lugar procede de Artemidoro de Éfeso, cuyo viaje nos llega a través de Estrabón. Artemidoro afirmaba que habñia visitado el lugar en el siglo I a.C. y cuenta que aunque era un lugar sagrado no había templos ni altares dedicados a Hércules ni a ninguna otra divinidad, siendo el cabo el santuario en sí mismo.
Dispersos por él había grupos de tres o cuatro piedras de un tamaño considerable, que los peregrinos debían voltear siguiendo una costumbre antigua. Hacían libaciones de agua sobre la piedra vuelta y volvían a dejarla en su posición original al terminar. Nos cuenta que no se podían realizar sacrificios de sangre allí y que al anochecer, los peregrinos debían abandonar el cabo porque los dioses ocupaban el promontorio. Sólo se podía acceder, por tanto, de día y había que llevar el agua hasta allí ya que no hay fuentes ni ríos en la zona.

Es interesantísimo porque es una sacralización del paisaje durante milenios en donde la posición, colgado sobre el Océano exterior, debió impresionar a todas las culturas que pasaron por allí. Artemidoro desmintió algunos relatos, como el de Éforo, que decía que el sol al hundirse en el océano chisporroteaba en contacto con el agua.
No conocemos la finalidad del ritual, pero nos situa en un paisaje sagrado sin templos, imágenes ni altares. Las piedras, que constituyen el objeto principal del ritual podrían estar relacionadas con ritos propiciatorios de los navegantes que frecuentaban la zona. Por ejemplo, autores como Fernando Alonso Romero ha estudiado este ritual y ha comparado el comportamiento de estas piedras con tradiciones posteriores del ámbito atlántico relacionadas con piedras sagradas y con la obtención de protección o buenos augurios.
El papel del Sol en el extremo del mundo
Como os decía más arriba, la posición del cabo, orientado al oeste, y su posición en el extremo del contienente jugaron un papel clave en su sacralidad. Podríamos hablar de un culto donde el Sol tiene una importancia principal. Aunque Estrabón encuentra una explicación racional al efecto del sol hundiéndose en el mar (sin chisporroteos ni nada por el estilo) lo cierto es que este fenómeno celeste tuvo que ser visto como la representación de que se hundía en un lugar vacío donde ya no hay nada habitable más allá de los límites del mundo.

El promontorio sacro era un lugar intermedio entre la tierra y el océano lo que viene a significar entre el mundo de los vivos y el mása llá, el día y la oscuridad, etc… Otro autor que ha estudiado detenidamente este lugar el Marco V. García Quintela quien ha resaltado la importancia del sol poniente dentro del conjunto de simbolismo religioso del Promontorio Sacro. Pero ¿A quién estaba dedicado ese culto?
Éforo, en el siglo IV a.C. dice, erróneamente, que en el Promontorio hay un santuario dedicado a Hércules, pero Artemidoro y Estrabón lo desmienten. Avieno, siglos después, describe el promontorio como consagrado a Saturno, aunque su Ora Maritima utiliza materiales de tradición mucho más antigua, de aproximadamente el siglo VI a.C. Quizá estos autores grecolatinos están haciendo una interpretación de la o las divinidades a las que se rendía culto aquí y que podrían haber sido dioses indígenas. No existe, sin embargo, evidencia arqueológica que permita identificar con seguridad una divinidad concreta del Promontorium Sacrum.
San Vicente y los cuervos
La cristianización del lugar no hizo más que profundizar en el carácter sacro del mismo. La tradición dice que en época medieval llegaron a este cabo las reliquias de San Vicente, martir del siglo IV d.C. Allí se habría situado una Iglesia del Cuervo, vinculada a un monasterio y a un culto que atrajo peregrinos cristianos, mozárabes e incluso musulmanes. Las reliquias fueron trasladadas posteriormente a Lisboa, tras la conquista cristiana de la ciudad en 1147.

El geógrafo musulmán al-Idrisi, en el siglo XII, describe una iglesia situada sobre un promontorio marítimo cuyo tejado estaba ocupado por numerosos cuervos. Según su relato, se contaban diez aves que nadie había visto comer ni abandonar el lugar, y los sacerdotes narraban historias maravillosas sobre ellas. Cuando las reliquias fueron trasladadas a Lisboa, la leyenda cuenta que dos cuervos acompañaron la embarcación, uno en la proa y otro en la popa, convirtiéndose posteriormente en uno de los símbolos asociados al santo y a la ciudad de Lisboa.
¿San Vicente heredero de Lug?
Marco V. García Quintela ha estudiado la posible relación entre el conjunto formado por San Vicente, los cuervos y el Sol poniente y determinados aspectos del dios céltico Lug. Se trata de una propuesta comparativa basada en varios elementos que aparecen asociados en diferentes tradiciones.
Uno de ellos es especialmente llamativo: en galo, lugos significa «cuervo», y el cuervo mantiene una relación estrecha con Lug en diversas tradiciones célticas. Al mismo tiempo, las tradiciones relacionadas con Lug presentan importantes conexiones con el Sol, la luz y el Occidente, mientras que en el Promontorium Sacrum encontramos precisamente una tradición sobre un Sol extraordinariamente grande en el momento de su puesta y, posteriormente, una tradición medieval protagonizada por cuervos. García Quintela plantea que la combinación de ambos elementos podría conservar, transformada y cristianizada, parte de una antigua concepción religiosa del lugar.
Una curiosidad, la estela de los luggoni arganticaeni dedicada a Lugovio Tabaliaeno, una advocación tardía a Lug, está en la iglesia de San Vicente de Grases.
La hipótesis resulta sugerente, pero debe tomarse con cautela. No hayde una inscripción dedicada a Lug en el cabo, ni de un santuario arqueológicamente identificado como suyo. Lo que tenemos es un conjunto de coincidencias como el extremo occidental, el Sol poniente, los cuervos, la posterior advocación de San Vicente y determinados paralelos de la mitología céltica que permiten plantear una posible continuidad o transformación de antiguas concepciones religiosas, pero no demostrarla. En mi opinión el interés del Promontorium Sacrum reside precisamente en esa acumulación de tradiciones.
El Cabo de San Vicente hoy en día
Es uno de los destinos turísticos más visitados del Algarve y es parada obligatoria. Es un territorio articulado en torno a Sagres y su impresionante fortaleza, el paisaje megalítico, que es digno de visitar y del que os cuento más en otro post, así como restos romanos en forma de asentamientos comerciales costeros.

Cuando fuimos, un día de julio, estaba abarrotado de turistas, muchos de ellos españoles, pero también de otras nacionalidades. La gente se agolpa buscando el mejor sitio para ver cómo se hunde el sol en el Atlántico, supongo que igual que hace dos mil años, con la diferencia de que tras ese grandioso espectáculo el atasco de tráfico es monumental.
Uno destino que ya he podido quitar de la lista. Os recomiendo que si tenéis oportunidad os sentéis a ver el sol desapareciendo en el final del mundo… antiguo.


