A finales de marzo de 1979, un hallazgo casual en la villa romana de El Piélago, en Cimanes de la Vega (León), permitió recuperar esta maravilla, un pequeño bronce asociado a los carros romanos y conocido tradicionalmente como pasarriendas. El yacimiento ya había proporcionado abundante material romano, entre ellos terra sigillata, monedas, fíbulas, fragmentos de vidrio y restos de mosaico. El pasarriendas destacó desde el primer momento por la singularidad de su decoración.
La pieza mide 15,5 cm de altura y 19 cm de longitud, pesa aproximadamente 2,95 kg y presenta un excelente estado de conservación pese a haber aparecido en superficie. Su estructura combina una parte funcional —una caja hueca de enmangue y dos elementos laterales relacionados tradicionalmente con las riendas— con un coronamiento escultórico. Entre ambos se dispone una estrecha plancha metálica que sirve de soporte al grupo figurado.
Lo más llamativo es precisamente su decoración. El remate representa a un felino, probablemente un leopardo, atacando a un ternero. Ambos animales aparecen estrechamente entrelazados: el depredador se enrosca alrededor del cuerpo de la víctima y hunde sus fauces en su cuello. El trabajo escultórico es especialmente detallado en comparación con el resto de la pieza, con incisiones realizadas a buril para representar el pelaje, las manchas del felino y diferentes detalles anatómicos.
El motivo del animal depredador atacando a un herbívoro cuenta con una larga tradición en el arte mediterráneo y oriental. Durante la Antigüedad aparece en contextos muy diversos y puede adquirir significados funerarios, cinegéticos, ornamentales o simbólicos. En época romana el tema continuó formando parte del repertorio artístico, especialmente en mosaicos, escultura y pequeños bronces. Por ello, los autores advierten de que no es posible atribuir automáticamente un significado ritual o religioso a la escena del ejemplar de Cimanes.
¿Para qué servía?
El nombre tradicional de pasarriendas hace referencia a la interpretación funcional que se ha dado a este tipo de piezas como elementos relacionados con las riendas y la decoración de carros. Sin embargo, su función exacta sigue siendo objeto de debate. El estudio que os cito1 en la bibliografía señala que estos bronces presentan una problemática funcional y recoge una propuesta según la cual los ejemplares con anillas laterales rígidas y cerradas podrían ser en realidad accesorios de suspensión de los carros. Para el ejemplar de Cimanes se plantea, de forma más prudente, que pudiera tratarse de un aplique de una carruca u otro carro de viaje de cierta calidad, relacionado además con los gustos cinegéticos de las élites propietarias de las villas bajoimperiales.
Una pieza de época tardorromana
La datación tampoco puede establecerse con absoluta precisión, ya que el hallazgo fue superficial. No obstante, el estudio propone situarla provisionalmente entre la segunda mitad del siglo III y las primeras décadas del siglo IV d. C. La propuesta se basa en varios indicios: la cronología de los materiales recuperados en la villa, la especial difusión del motivo iconográfico desde el siglo III, los rasgos estilísticos y, especialmente, el tipo de incisiones realizadas a buril para representar el pelaje, consideradas características del siglo IV.
Os recomiendo verla en vivo en la exposición permanente del Museo de León.
Bibliografía
- Regueras Grande, F. (1984). Un pasarriendas romano en Cimanes de la Vega (León). Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, 50, 162–170. ↩︎


