Un estudio publicado recientemente en Journal of Archaeological Science: Reports1 propone que el yacimiento de Castillo Reyes (Pinto, Madrid) ha proporcionado la evidencia osteológica radiodatada más antigua de la Península Ibérica compatible con el uso de caballos para la monta y/o el transporte durante el Bronce Final (ca. 1440–1285 a. C.).
La investigación, dirigida por José Antonio Riquelme-Cantal y colaboradores, combina análisis zooarqueológicos, tomografía computarizada, reconstrucción tridimensional e isótopos estables para defender una hipótesis que, de confirmarse, supondría un importante avance en el conocimiento del papel del caballo en las sociedades de Cogotas I.
Sin embargo, como veremos, las propias conclusiones del trabajo están formuladas con una notable prudencia, algo que conviene mantener también al valorar su alcance.
Un caballo con una posible huella de la monta
La pieza clave del estudio es un fragmento del cráneo de un caballo adulto, datado directamente mediante radiocarbono entre 1442 y 1285 a. C. Los investigadores identifican un pronunciado surco óseo en el maxilar que interpretan como el resultado de una presión continuada de una cabezada o muserola. Este tipo de modificación ha sido descrita anteriormente en caballos modernos utilizados para la monta y el trabajo, especialmente en estudios veterinarios y arqueozoológicos desarrollados durante la última década.
Para reforzar esta interpretación, el ejemplar fue estudiado mediante radiografías, tomografía computerizada y modelos tridimensionales que permitieron medir con precisión la posición y profundidad del surco.A esta evidencia se suma un amplio conjunto faunístico compuesto por 26 caballos, varios de los cuales alcanzaron edades comprendidas entre 17 y 20 años, una longevidad poco habitual si los animales hubieran sido criados únicamente para el consumo.
Además, el análisis de isótopos de carbono y oxígeno en el esmalte dental revela que algunos individuos procedían de regiones distintas, lo que sugiere desplazamientos de larga distancia y una gestión compleja de la cabaña equina.¡
El principal argumento descansa sobre un único marcador osteológico, un surco nasal cuya relación con el uso de cabezadas ha sido propuesta en investigaciones recientes, pero que todavía no posee el mismo grado de consenso que otros indicadores clásicos, como determinados desgastes dentales producidos por el uso del bocado.
Precisamente por ello, los propios autores presentan su propuesta como una interpretación respaldada por varias líneas de evidencia, no como una prueba concluyente.
Cogotas I. ¿La evidencia más antigua de monta de caballos en la Península?
Aunque la evidencia concreta siga siendo objeto de debate, la hipótesis encaja razonablemente bien con lo que conocemos de las comunidades de Cogotas I. Tradicionalmente se ha considerado que estas poblaciones desarrollaban una economía con un fuerte componente ganadero y mantenían una elevada movilidad por amplios territorios de la Meseta.
En ese contexto, el caballo habría constituido una herramienta extraordinariamente útil para controlar grandes rebaños, desplazarse entre asentamientos, recorrer largas distancias o facilitar las redes de intercambio.
No sería necesaria la existencia de una sociedad de guerreros a caballo. Bastaría con que algunos individuos empleasen determinados animales para tareas de movilidad y gestión del territorio. Además, los caballos identificados en Castillo Reyes, con una altura estimada de entre 130 y 140 centímetros a la cruz, eran perfectamente aptos para ser montados, del mismo modo que hoy lo son numerosos ponis de tamaño similar.

Los indicios anteriores
Aunque Castillo Reyes constituye probablemente la evidencia osteológica más sólida conocida hasta ahora para la Península Ibérica, la posibilidad de que algunos caballos fueran utilizados para la monta ya había sido planteada anteriormente a partir de otros yacimientos.
Entre ellos destacan varios enclaves del Bronce del sureste peninsular, como: Cerro de la Encina (Monachil, Granada); Peñalosa (Jaén) o
Cuesta del Negro (Purullena, Granada).
En estos yacimientos aparecieron restos de caballos domésticos, algunos individuos alcanzaron edades relativamente avanzadas y, en determinados casos, la abundancia de restos sugería que los équidos desempeñaban un papel económico relevante. Sin embargo, ninguno de estos conjuntos aportaba evidencias directas de control mediante cabezada ni otros marcadores osteológicos comparables a los descritos ahora en Castillo Reyes. La hipótesis de la monta era, por tanto, plausible, pero difícil de demostrar.
Más atrás en el tiempo encontramos yacimientos como Valencina de la Concepción (Sevilla), Zambujal (Portugal) o Cerro de la Horca (Burgos), donde se documenta la presencia de caballos desde el III milenio a. C. No obstante, estos hallazgos informan sobre la presencia —y en algunos casos la domesticación— de los équidos, pero no constituyen evidencias del uso para la monta.
La importancia de la datación
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que el cráneo analizado ha sido datado situándolo entre mediados del siglo XV y finales del XIII a. C. Esta datación evita muchos de los problemas habituales derivados de atribuir cronologías únicamente por asociación estratigráfica y convierte al ejemplar de Castillo Reyes en una referencia especialmente sólida desde el punto de vista cronológico.
Más allá de aceptar o no la interpretación propuesta por los autores, el trabajo abre una línea de investigación muy prometedora. La combinación de análisis osteológicos, tomografía computarizada, reconstrucciones tridimensionales e isótopos estables ofrece una metodología que podrá aplicarse en otros yacimientos peninsulares. Si en el futuro aparecen nuevos ejemplares con remodelaciones similares en contextos bien datados, la hipótesis ganará consistencia y permitirá reconstruir con mayor precisión cuándo y cómo comenzó la utilización del caballo para la monta en la Península Ibérica.
Castillo Reyes constituye, probablemente, el indicio más sólido conocido hasta ahora para Iberia, pero serán nuevos hallazgos los que permitan confirmar si, efectivamente, las comunidades de Cogotas I fueron las primeras de la Península en incorporar el caballo como medio habitual de transporte y movilidad.
Bibliografía
- Riquelme-Cantal, J. A., Garrido-Anguita, J. M., Miró-Rodríguez, F., Vega y Miguel, J., Delgado-Huertas, A., Novales-Durán, M. y Martín de la Cruz, J. C. (2026). Evidence of horse riding in domestic horses during the Bronze Age in Iberia. Journal of Archaeological Science: Reports, 74, 105913. ↩︎


