Este episodio 5 del podcast va dedicado al paisaje de poblados fortificados de la Asturia transmontana. En ese espacio el castro es el exponente del dominio territorial y su significado va mucho más allá del de una simple aldea fortificada donde protegerse.
Exploramos las diferencias del paisaje entre el Bronce Final y el Hierro en Asturias y cómo se va configurando una fragmentación de ese espacio que tiene mucho que ver con los modelos de sociedad que vimos en episodios anteriores.
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Aquí la transcripción:
Episodio 5
Los castros de los astures transmontanos
Bienvenidos al podcast de Asturias, historias de la Protohistoria. Soy Alfonso Sánchez y hoy vamos con el episodio número 5. Como siempre, antes de nada, quiero dar las gracias a todos y a todas los que me habéis hecho llegar vuestras opiniones e impresiones sobre el podcast. Además, os adelanto que en el futuro habrá colaboraciones con otros programas y también con profesionales de la arqueología y del ámbito de la historia de Asturias. Está bien que se escuche a más gente aparte de mí.
No obstante, como siempre, la idea de todo esto es mantener un canal abierto de difusión sobre lo maravillosa que es la cultura de los astures, de nuestros antepasados, y que entre todos sigamos aprendiendo, porque esto no deja de ser un espacio en el que todos estamos aprendiendo, yo el primero.
Hoy me gustaría abordar el tema del hábitat de los astures y, para ello, es inevitable hablar del castro: esa figura reconocible en el paisaje, esa unidad de hábitat, ese poblado fortificado o aldea fortificada que define en gran medida a las culturas del noroeste peninsular. Vamos a centrarnos en los castros de la Asturia transmontana. Otro día hablaremos de los castros de la llanura fluvial de la Asturia cismontana, al sur de la cordillera Cantábrica, pero hoy nos quedamos en Asturias, al norte de la cordillera. Hablaremos de los poblados fortificados, de la arquitectura pública, de los sistemas defensivos, del tamaño y la envergadura de estos asentamientos y de lo que todo ello significa dentro del paisaje.
Porque todo esto no deja de ser un reflejo de la sociedad: esa sociedad que definimos en el primer episodio del podcast y que se manifiesta en la vida cotidiana, en la arquitectura y también en la forma de explotar el territorio y obtener los medios de subsistencia. Así que, sin más, empezamos.
Las fuentes y la arqueología
Aunque me gusta comenzar por las fuentes clásicas, en esta ocasión la verdad es que nos dicen muy poco sobre la arquitectura y los poblados de los astures. Tenemos apenas algunas referencias durante la guerra de conquista romana a través de autores como Floro y Orosio, pero casi siempre nos hablan de grandes poblados del sur de la cordillera Cantábrica. Por ejemplo, mencionan Lancia y cómo los astures se refugian allí cuando aquellas tres columnas romanas son derrotadas, pero apenas nos proporcionan información sobre cómo estaba constituida la ciudad: qué tipo de murallas tenía, cuál era su extensión o si se trataba de un gran asentamiento o de uno más reducido.
Toda esta información nos ha llegado, sobre todo, a través de la arqueología. Por tanto, este va a ser un episodio bastante arqueológico, como es lógico.
Breve introducción historiográfica
El primer castro que se estudió en Asturias fue el castro de Coaña, y esto es muy significativo. Lo primero que hay que decir es que no es un castro astur, sino un castro galaico perteneciente a la tribu de los albiones. Se trata de un asentamiento que sigue perfectamente los cánones de la cultura castreña del occidente de Asturias: arquitectura realizada casi por completo en pizarra, mampostería muy característica, viviendas de paredes curvas o directamente circulares y cubiertas vegetales. Es el castro icónico, el que ha pasado al imaginario popular.
Sin embargo, la realidad es que los castros cambian muchísimo de oriente a occidente, igual que cambia el paisaje y las materias primas disponibles. El ejemplo más claro lo encontramos casi en la otra punta de Asturias: el Pico del Castro de Caravia, excavado a comienzos del siglo XX por Aurelio de Llano. Allí se documentaron estructuras muy diferentes. Según él, las viviendas eran de planta cuadrangular, alejadas del modelo circular habitual. Esto ya mostraba, a comienzos del siglo XX, que el mundo castreño era mucho más complejo de lo que parecía y que la realidad arqueológica de estos asentamientos era mucho más diversa que la que veíamos en Galicia, donde el panorama resulta más uniforme.
La explicación es sencilla: los astures se encuentran en una posición de frontera entre el mundo atlántico y el mundo meseteño, y su personalidad cultural se forma precisamente a partir de esa doble naturaleza. Vais a encontrar castros que siguen un patrón y otros que responden a uno completamente distinto, como veremos más adelante.
El desarrollo de la investigación
El siglo XX fue, sin duda, el gran despertar de la arqueología castreña. Se realizaron intervenciones en muchos de los castros más conocidos y aquí hay que citar, por ejemplo, a García y Bellido, que estudió profundamente los castros del occidente de Asturias y sentó unas bases fundamentales para la investigación posterior, unas bases que han seguido siendo útiles hasta tiempos muy recientes.
A mediados del siglo XX destaca especialmente José Manuel González, el gran catalogador de castros de Asturias. Su trabajo sigue siendo fundamental hoy en día. Llegó a identificar aproximadamente 250 castros en el territorio asturiano y, hasta tiempos muy recientes, con trabajos como la tesis doctoral de Alfonso Fajul Peraza, nadie pudo igualar esa labor. José Manuel González, que ni siquiera tenía carnet de conducir, recorría Asturias documentando todos aquellos poblados fortificados de los que tenía noticia o que intuía en el paisaje. Gracias a ello se identificó la mayoría de los castros que conocemos hoy.
Nuevas perspectivas arqueológicas
Durante el franquismo hubo un desarrollo del estudio de los castros, aunque muy condicionado por la ideología del régimen. De ahí nacen muchos relatos épicos sobre los astures y los cántabros como pueblos resistentes frente a Roma, relatos utilizados como soporte ideológico de aquella visión de España como pueblo resistente y heroico. No resulta extraño que, tras el franquismo, se introdujeran nuevas teorías y nuevas técnicas arqueológicas que cambiaron profundamente la forma de estudiar estos asentamientos.
Aparecen entonces proyectos fundamentales como los de la Campa Torres, los castros del centro de Asturias y los de la ría de Villaviciosa. La Campa Torres es posiblemente el castro más importante del territorio astur transmontano, y allí se aplicaron ya técnicas modernas de investigación que permitieron construir una base sólida de conocimiento. En la ría de Villaviciosa destaca especialmente el trabajo de Jorge Camino Mayor, uno de los proyectos más interesantes para comprender cómo los clanes se apropiaban del territorio, lo explotaban y generaban esa cultura que identificamos como la cultura astur.
También merece mención el castro de Llagú, excavado de urgencia antes de ser destruido por una cantera. Hasta hoy sigue siendo el único castro excavado al cien por cien, lo que nos ofrece una visión muy completa sobre cómo eran estos asentamientos del centro del territorio astur transmontano.
Actualmente, además, se está desarrollando el llamado Plan de Castros, que ya lleva varios años en marcha y que ha supuesto un verdadero revulsivo para la investigación. Buena parte del presupuesto se ha destinado a consolidar y proteger lo ya excavado, pero también están surgiendo nuevas investigaciones y nuevos hallazgos. Sin duda, es una apuesta acertada que dará frutos no solo ahora, sino también en las generaciones futuras.
¿Para qué sirve un castro?
Esta es una pregunta fundamental. Para responderla hay que mirar hacia atrás, hacia las sociedades de la Edad del Bronce. Durante ese periodo parece existir una mayor movilidad territorial. Eso no significa que vivieran en tiendas de campaña, sino que se desplazaban periódicamente por el territorio. Tenían asentamientos, pero no completamente permanentes. Probablemente se movían porque el terreno se agotaba y la agricultura todavía no permitía mantener los campos productivos durante demasiado tiempo.
Una de las herramientas más características del Bronce Final en el noroeste peninsular es el hacha de talón y anillas, una herramienta pensada para desbrozar y abrir bosque. Esto apunta a una agricultura de roza y quema y a una ganadería más intensa, con desplazamientos estacionales del ganado. La sociedad parece articularse entonces en torno al camino, en torno a las rutas ganaderas y comerciales.
En la Edad del Hierro todo cambia. El castro pasa a ser el centro del paisaje. El castro domina el territorio: los campos de cultivo, los pastos, los bosques y los recursos. Es el lugar desde el que una comunidad controla y explota su entorno. Por eso funciona también como marcador territorial, igual que el dolmen en el Neolítico. Es una forma de decir: “nosotros estamos aquí”, y al mismo tiempo: “no entréis”.
El castro como espacio defensivo
La Edad del Hierro debió de ser un periodo violento. Lo vemos en la arqueología: sociedades armadas, poblados fortificados y una clara necesidad de defensa. Las murallas no están ahí por casualidad. Sirven para proteger, pero también para intimidar. Toda muralla tiene una doble función: una defensiva y otra simbólica. Incluso, en algunos casos, fiscal.
Parece existir consenso en que el origen de los castros está relacionado con la sedentarización de la población y con la importancia creciente de la metalurgia. Quizá las élites del Bronce quisieron proteger los procesos productivos en lugares más estables y, a partir de ahí, se fue desarrollando toda la cultura castreña: poblados cada vez más complejos, mejor defendidos y más estables, capaces de abastecerse de los recursos de su entorno y de consolidar un dominio territorial duradero.


