La imagen tradicional que solemos tener de los castros del Noroeste peninsular está profundamente asociada a la piedra. Murallas monumentales, fosos excavados en la roca y viviendas de mampostería forman parte del imaginario colectivo cuando pensamos en los poblados de la Edad del Hierro de Asturias y del resto de la fachada atlántica. Sin embargo, desde hace años la investigación arqueológica viene insistiendo en una idea cada vez más clara: gran parte de las construcciones protohistóricas fueron levantadas con materiales perecederos, especialmente madera, barro y fibras vegetales. La piedra que hoy contemplamos sería, en muchos casos, únicamente la parte más resistente y mejor conservada de arquitecturas mucho más complejas.
Precisamente en esa línea se sitúa el trabajo “Primeras consideraciones y análisis sobre el barro recuperado en las excavaciones de La Campa Torres (Gijón, Asturias): usos constructivos y otros fines”1, firmado por Fernando R. del Cueto, Almudena Orejas Saco del Valle, Rubén Montes López, Paloma García Díaz, Rafael Fort González y Elena Lastra Alonso. El estudio forma parte del volumen colectivo La arquitectura de tierra en el Mediterráneo antiguo: perspectivas, estrategias y metodologías para su estudio arqueológico, publicado en 2025 dentro de la colección MYTRA del Instituto de Arqueología de Mérida (CSIC-Junta de Extremadura).
La obra recoge las actas del I Congreso Internacional de Arqueología y Arquitectura (ARAR), celebrado en Guareña y Zalamea de la Serena en febrero de 2024. El objetivo del encuentro fue reunir investigaciones centradas en el estudio de las arquitecturas de tierra en diferentes contextos históricos y geográficos del Mediterráneo antiguo. En las últimas décadas este campo ha experimentado un importante desarrollo gracias a la incorporación de nuevas metodologías arqueológicas, arqueométricas y geoarqueológicas, así como a un renovado interés por las técnicas constructivas tradicionales y sostenibles.
Dentro de ese amplio panorama, el trabajo dedicado a La Campa Torres posee un interés especial para el ámbito asturiano y cantábrico. El estudio no solo revisa una ingente colección de restos de barro recuperados en las excavaciones realizadas entre 1978 y 2000, sino que además incorpora información procedente de las investigaciones más recientes desarrolladas desde 2021. El resultado es una primera aproximación a un conjunto arqueológico excepcional que permite replantear cómo eran muchas de las construcciones del castro gijonés y, por extensión, cómo pudieron levantarse otros asentamientos de la Edad del Hierro del Cantábrico.

Un castro clave para comprender la Protohistoria cantábrica
El yacimiento de La Campa Torres ocupa una posición privilegiada sobre la costa gijonesa, dominando el extremo occidental de la bahía y controlando tanto las rutas marítimas como el acceso a diferentes recursos litorales. El emplazamiento, situado sobre el cabo Torres, constituye una posición estratégica evidente y explica la larga ocupación del lugar desde la Edad del Hierro.
Aunque el interés por el enclave se remonta al siglo XVIII, las excavaciones arqueológicas sistemáticas comenzaron en 1978 bajo la dirección de José Luis Maya y Francisco Cuesta. Aquellas campañas permitieron identificar importantes estructuras defensivas, zonas de hábitat y abundantes materiales arqueológicos, consolidando la relevancia del yacimiento dentro del estudio de los castros cantábricos.
Las investigaciones recientes, impulsadas desde los Museos Arqueológicos de Gijón en colaboración con el CSIC y la Universidad de Oviedo, han retomado el análisis del asentamiento desde nuevas perspectivas metodológicas. Entre los objetivos actuales destacan tanto la conservación del yacimiento como la revisión integral de los materiales recuperados en las excavaciones antiguas.
Más de 6000 fragmentos de barro
Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es la magnitud del conjunto estudiado. Según indican los autores, la nueva base de datos elaborada a partir de los materiales de las excavaciones históricas incluye ya 493 registros relacionados con restos de barro. Sin embargo, el número real de fragmentos es mucho mayor, pues muchos registros agrupan numerosas piezas y además continúan incorporándose nuevos materiales procedentes tanto de excavaciones antiguas como de intervenciones recientes.
En conjunto, el corpus supera actualmente los 6.000 fragmentos, cifra que previsiblemente seguirá aumentando. Los investigadores señalan además que buena parte de este material había permanecido mezclado con otras categorías arqueológicas, como cerámicas o materiales latericios, lo que dificulta todavía más la valoración global del conjunto.

Tradicionalmente este tipo de restos suele clasificarse bajo la denominación genérica de “manteados”, término utilizado para describir fragmentos de barro endurecido asociados normalmente a construcciones de entramado vegetal y madera. Sin embargo, el estudio plantea una cuestión fundamental: no todos esos restos parecen corresponder exclusivamente a usos arquitectónicos.
Los autores detectan una notable diversidad en formas, composiciones y acabados. Algunos fragmentos muestran características claramente vinculadas a estructuras constructivas, como improntas vegetales o superficies relacionadas con revestimientos murales. Otros, sin embargo, presentan mezclas diferentes y rasgos que podrían indicar funciones distintas.
Esa diversidad resulta especialmente importante porque obliga a abandonar visiones simplificadas sobre el empleo del barro en los castros cantábricos. El barro no habría sido únicamente un revestimiento secundario aplicado sobre paredes vegetales, sino un material utilizado de formas variadas dentro de las actividades cotidianas del poblado.
Además, la enorme cantidad de fragmentos recuperados indica que las arquitecturas perecederas tuvieron un peso mucho mayor del que tradicionalmente se había supuesto para este tipo de asentamientos.
Arquitecturas de madera y barro en el mundo castreño
El estudio dedica una parte importante a contextualizar los restos de barro dentro de las estructuras documentadas en el castro. Esta relación resulta fundamental, ya que permite interpretar muchos de esos fragmentos como evidencias directas de edificaciones construidas con materiales perecederos.
Las excavaciones realizadas en torno a la muralla habían identificado previamente distintas huellas de construcciones circulares asociadas a postes de madera y sistemas de cimentación diversos. Algunas de esas estructuras se documentaban mediante alineaciones de oquedades para postes; otras mediante círculos de piedras que habrían servido como base para alzados vegetales y entramados de madera.
Según los autores, varias de estas construcciones parecen estar vigentes desde al menos el siglo IV a. C., aunque algunas cronologías podrían remontarse incluso a momentos anteriores. Los diámetros oscilan aproximadamente entre los tres y los seis metros y medio, configurando espacios domésticos de planta circular característicos de muchos asentamientos castreños.
La presencia de grandes cantidades de barro endurecido en asociación con estas estructuras refuerza la hipótesis de que muchas viviendas y edificaciones del castro fueron levantadas mediante técnicas mixtas de madera, entramado vegetal y barro. En este tipo de arquitectura, relativamente común en numerosos contextos protohistóricos europeos, el barro se aplicaba sobre un armazón vegetal para crear muros aislantes y resistentes.

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es la identificación de niveles de incendio relacionados con esos restos constructivos. En diferentes sectores de La Llanada aparecieron concentraciones de pequeños fragmentos de barro asociados a capas cenicientas y sedimentos ricos en materia orgánica. Los investigadores plantean que incendios, ya fueran accidentales o intencionados, pudieron provocar la quema de las construcciones y el endurecimiento del barro, favoreciendo así su conservación arqueológica.
La documentación de estas evidencias tiene además una enorme relevancia para el estudio de la arquitectura castreña cantábrica. Durante mucho tiempo la investigación tendió a priorizar los elementos pétreos conservados, relegando a un segundo plano las estructuras perecederas. Sin embargo, trabajos como este demuestran que la madera y el barro desempeñaron un papel esencial en la configuración de muchos poblados de la Edad del Hierro.
El barro como archivo humano: las huellas conservadas durante más de dos mil años
Uno de los apartados más innovadores y sugerentes del estudio es el dedicado al análisis de paleodermatoglifos, es decir, al estudio de huellas dactilares antiguas conservadas sobre los restos de barro. La investigación, desarrollada por Elena Lastra Alonso dentro de su trabajo doctoral en la Universidad de Oviedo, supone la primera aplicación de este tipo de análisis a la Protohistoria asturiana. El objetivo es identificar marcas epidérmicas conservadas tanto en fragmentos de barro constructivo como en cerámicas hechas a mano.
Hasta el momento se han revisado más de 3.200 fragmentos de barro y cerca de un millar de piezas cerámicas. Los primeros resultados son especialmente prometedores, ya que los investigadores han identificado evidencias claras de crestas epidérmicas humanas preservadas en la superficie de algunos fragmentos. Este tipo de análisis permite realizar estudios orientados a estimar posibles edades y sexos de las personas que manipularon el barro en el momento de su fabricación o aplicación. Aunque los resultados todavía tienen un carácter preliminar, los autores señalan que algunas de las huellas identificadas podrían corresponder a mujeres.
La importancia de este tipo de estudios va mucho más allá de la mera curiosidad técnica. La posibilidad de detectar directamente rastros físicos de quienes participaron en las actividades constructivas abre nuevas vías para aproximarse a la organización social y al trabajo cotidiano dentro de las comunidades protohistóricas.
La arqueología tradicional raramente permite identificar individuos concretos dentro de los procesos de construcción. Sin embargo, el barro endurecido puede conservar literalmente el contacto humano producido hace más de dos mil años. Es una perspectiva especialmente interesante porque conecta de forma directa la materialidad arqueológica con las personas que habitaron el castro.

Análisis químicos y restos vegetales: comprender cómo se construía
Otra de las líneas fundamentales del proyecto es el estudio arqueométrico de los materiales constructivos. Los investigadores están desarrollando análisis petrológicos y químicos sobre muestras procedentes de distintos sectores del yacimiento y asociadas a usos diversos: manteados, hogares, suelos o juntas constructivas. Aunque los resultados completos serán objeto de futuras publicaciones específicas, el trabajo adelanta algunas conclusiones importantes.
Uno de los aspectos detectados es la existencia de diferentes mezclas de barro en función de la finalidad constructiva. Esto implica un conocimiento técnico más complejo del que tradicionalmente se atribuía a estas arquitecturas. Las distintas composiciones responderían probablemente a necesidades concretas de resistencia, aislamiento o funcionalidad.
Igualmente relevante es la identificación de restos vegetales incorporados a las mezclas. En algunos fragmentos se documentaron improntas y restos botánicos compatibles con el uso de fibras vegetales y elementos de madera dentro de los sistemas constructivos. Este tipo de inclusiones orgánicas es habitual en arquitecturas de tierra, ya que ayudan a cohesionar el material y mejorar su comportamiento estructural. Los autores señalan además que la combinación de análisis geoarqueológicos, petrográficos y botánicos está permitiendo comprender con mucho mayor detalle el comportamiento del barro y los procesos de construcción empleados en el castro.
Todo ello se integra dentro de una tendencia más amplia de la arqueología actual: el desarrollo de investigaciones multidisciplinares donde historia, química, geología, arqueobotánica y antropología trabajan conjuntamente para interpretar los yacimientos.
Una nueva visión sobre los castros astures
Las conclusiones preliminares del estudio tienen importantes implicaciones para la interpretación del mundo castreño del Cantábrico.
En primer lugar, refuerzan la idea de que las arquitecturas perecederas desempeñaron un papel central en muchos asentamientos de la Edad del Hierro. Las construcciones de madera y barro no constituirían soluciones marginales o excepcionales, sino una parte fundamental del paisaje doméstico y defensivo.
En segundo lugar, el trabajo demuestra la enorme capacidad informativa de materiales que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios dentro de los registros arqueológicos. El barro endurecido conserva huellas constructivas, restos vegetales, evidencias de incendios e incluso marcas humanas directas.
Por último, el estudio evidencia cómo las nuevas metodologías están transformando profundamente la investigación arqueológica. El análisis de paleodermatoglifos, las caracterizaciones petrográficas o los estudios geoarqueológicos permiten reconstruir aspectos de la vida cotidiana y de las técnicas constructivas que hace apenas unas décadas resultaban prácticamente invisibles. La Campa Torres se confirma como un lugar privilegiado para estudiar las arquitecturas perecederas de los castros astures.
Bibliografía
- Rodríguez del Cueto, F., Orejas Saco del Valle, A., Montes López, R., García Díaz, P., Fort González, R., & Lastra Alonso, E. (2025). Primeras consideraciones y análisis sobre el barro recuperado en las excavaciones de La Campa Torres (Gijón, Asturias): usos constructivos y otros fines. ↩︎


