La Pizarra de Carrio. Entre la magia y el cristianismo. Protección contra las tormentas en la Asturias altomedieval

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Entre las piezas más enigmáticas de la Asturias altomedieval destaca la Pizarra de Carrio, hallada en 1926 en el concejo de Villayón. En realidad se trata de uno de los testimonios más extraordinarios de la religiosidad popular de la Alta Edad Media en el noroeste peninsular.

Lo que se sabe de su hallazgo es que unos vecinos la encontraron de forma casual la pieza mientras realizaban labores agrícolas. El descubrimiento se produjo en las proximidades de un antiguo asentamiento castreño, circunstancia que contribuyó a despertar el interés de los estudiosos de la época.

Tras su aparición, la pizarra llamó la atención del erudito asturiano Benjamín Fernández Mediero, quien promovió las primeras investigaciones sobre la pieza y dio a conocer su importancia. Sin embargo, durante varios años el hallazgo permaneció relativamente desconocido fuera de los círculos especializados, hasta que fue estudiado por el historiador y arqueólogo Manuel Gómez-Moreno, responsable de su primera difusión científica y de la publicación de los trabajos que permitieron valorar adecuadamente su relevancia histórica.

La pieza pertenece al conjunto de las denominadas pizarras visigodas, documentos escritos sobre láminas de pizarra que fueron relativamente comunes en la Península Ibérica durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. No obstante, la Pizarra de Carrio destaca por la naturaleza excepcional de su contenido. A diferencia de otros ejemplares que contienen registros administrativos, cuentas o documentos jurídicos, esta inscripción recoge un texto de carácter protector destinado a salvaguardar las cosechas frente a fenómenos meteorológicos adversos. Un conjuro contra las tormentas.

Datada aproximadamente hacia el año 750 aunque probablemente heredera de una tradición germana anterior, la pizarra conserva un texto escrito en letra visigótica que combina elementos cristianos con antiguas fórmulas mágicas de protección. Lejos de ser un documento administrativo o jurídico, nos encontramos ante un auténtico conjuro destinado a defender una propiedad rural frente a las tormentas y, especialmente, contra el granizo que podía arruinar las cosechas. Es una pizarra de maldición de las que hay varios ejemplos en nuestro país.

El texto invoca a varios arcángeles y seres celestiales para que alejen las nubes de una villa llamada Ciuscau, donde habitaba un hombre llamado Auriolo. Una traducción aproximada de uno de sus pasajes principales dice:

«Conjuro a vosotros, todos los patriarcas: Miguel, Gabriel, Oriel, Rafael, Ananiel y Marmoniel, que tenéis sujetas las nubes en vuestras manos. Dejad libre la villa llamada Ciuscau, donde habita vuestro siervo Auriolo con sus hermanos y vecinos. Que las nubes se alejen de la villa y de todas sus posesiones; que vayan por los montes, donde ni canta el gallo ni cacarea la gallina, donde ni el arador ni el sembrador trabajan y donde nada tiene nombre».

Más allá de su contenido religioso, la inscripción resulta fascinante porque refleja una mentalidad heredera tanto del cristianismo como de antiguas tradiciones mágicas. Los nombres de los arcángeles aparecen como guardianes capaces de controlar las nubes y las tormentas, una creencia que tiene paralelos en otros conjuros de la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media.

La Pizarra de Carrio constituye así una ventana excepcional a la vida cotidiana de las comunidades rurales asturianas hace casi trece siglos. En ella podemos observar cómo la protección de las cosechas, la preocupación por los fenómenos atmosféricos y la fe convivían en una misma expresión cultural, en un momento en el que las fronteras entre religión oficial y creencias populares eran mucho más difusas que en la actualidad.

Su importancia es enorme: no solo es uno de los textos más antiguos conservados en Asturias, sino también una prueba excepcional de cómo las comunidades rurales del Reino de Asturias interpretaban y trataban de controlar un mundo en el que las tormentas podían significar la pérdida de la cosecha y, con ella, la supervivencia de toda una familia.

Se puede ver una copia en el Museo Arqueológico de Asturias ya que la original está en la Real Academia de la Historia en Madrid. En este otro post os hablé de la introducción del cristianismo en la Asturia transmontana, y cómo estos objetos tenían sentido en un territorio con una religiosidad que aún no había abandonado viejas costumbres en el siglo VIII de nuestra era.

Una curiosidad. Este conjuro sigue en la memoria hoy en día y ha sido recogido por varios etnógrafos y folkloristas en la región.

Os dejo la transcripción completa según Francisco Diego Santos1

“En la piedra desde la que un día decidí comprar los derechos necesarios sobre la casa y terrenos del siervo difunto, os ordeno y conjuro a vosotros todos los patriarcas, Miguel, Gabriel, Oriel, Rafael, Ananiel, Marmoniel, que tenéis sujetas en vuestras manos las nubes, deteneos, dejad libre la villa de nombre Ciuscau, donde habita su siervo Auriolo, cerca de mi posesión, con sus hermanos y vecinos. Que se alejen de todas sus posesiones, de la villa y de aquellos edificios suyos, que vayan y vuelvan por los montes, donde ni el gallo canta ni la gallina cacarea, donde ni el arador ni el sembrador siembran, donde no hay nada para darle nombre. Te conjuro a ti, Palorao, por el mismo señor de nuestros hermanos, que te recluyó en la ciudad de Cirbes, donde no dañes ni árbol, ni a los segadores, ni a los huertos, ni los frutales, ni otros árboles, ni cualquier oveja, ahí tienes a mi gran señor con firme cetro. Que con arte furtiva consigas que Rufilirio, en nombre del Señor, acepte traer consigo a la niña Aviene, desde su retiro.

Atribuirás su apartamento, santo Cristóbal, a su dejadez, y sin temor ni a granizo ni a perro, en Puvigina, oré por intercesión de Cristóbal ante el Señor diciendo: señor Dios mío, dame confianza para hablar, que el Señor os conceda volver al único puerto astur, y, señor, no te entristezca el estar sediento, estar verdaderamente sediento de los bienes que poseyeras suyos, por dejarlos; tendrán que comprar rápidamente tus terrenos, Señor, junto a los míos. Que habites en Regiela, vuelve más allá hacia levante, ven a dar a mi residencia, utilizarás la casa de Brosigena, de mañana se cambió a Glatio. Que conceda terminar el martirio en domingo, a la hora séptima, y que trueques el granizo en lluvia hacia otra parte que mi residencia, que llegues en el día de hoy. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu (Santo), en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu (Santo), amén. Dirás amén, siempre amén, aleluya (Siguen tres pentalfas y, en el borde inferior, se repiten otros amén hasta siete veces).”

Imagen del catálogo: Viejo Fernández, X. (coord.) (2018). Voces. La llingua n´Asturies a traviés de los sieglos. Uviéu : Gobiernu del Principáu d'Asturies, Conseyería d'Educación y Cultura
Imagen (colores invertidos) del catálogo: Viejo Fernández, X. (coord.) (2018). Voces. La llingua n´Asturies a traviés de los sieglos. Uviéu : Gobiernu del Principáu d’Asturies, Conseyería d’Educación y Cultura

  1. Santos, F. D. (1979). De la Asturias sueva y visigoda. Asturiensia medievalia, (3), 17-60. ↩︎

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Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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