Cuando Roma llegó al norte de la península ibérica en el siglo I a.C., no encontró poblaciones indefensas. Se topó con sociedades que llevaban, al menos, cinco siglos combatiendo entre sí. Eso lo cambia todo. No es posible entender a los astures —su arquitectura, su arte, su organización social, su religión— sin colocar la guerra en el centro del análisis.
¿Por qué se pelea? La guerra como estructura
La respuesta más inmediata es material: la guerra es una lucha por los recursos. La Edad del Hierro supone la sedentarización definitiva de los grupos humanos de la Edad del Bronce, y ese proceso de asentamiento tiene una forma muy concreta en el norte peninsular: el castro. El poblado fortificado en altura se erige como el gran hito del paisaje, no para esconderse, sino exactamente para lo contrario. El castro quiere verse. Es un aviso: este territorio está ocupado y protegido.
Hablar de un paisaje de castros es hablar de un paisaje en guerra permanente, o al menos en tensión permanente. Cada asentamiento defiende los recursos de su entorno inmediato —pastos, campos de cultivo, agua, metal— frente a los grupos vecinos. En este marco, la violencia no es una anomalía ni una excepción: es una institución.
Pero reducirlo todo a la subsistencia material sería simplificar en exceso. Las fuentes clásicas documentan que una de las actividades características de estos pueblos eran las razias de rapiña contra vecinos: incursiones para robar ganado y cereal. El casus belli concreto que las fuentes mencionan contra los astures es el ataque a las poblaciones de los vácceos. Y lo significativo es que estas incursiones parecen tener una dimensión ritual clara: son, entre otras cosas, ritos de paso para los jóvenes guerreros, que deben demostrar su valía combatiendo. Un paralelo que resuena con fuerza en la épica atlántica, especialmente en los relatos mitológicos irlandeses, donde el robo de ganado ocupa un lugar central en la narrativa heroica.
El paisaje como declaración de intenciones
La primera y más monumental manifestación de la cultura guerrera astur es su propia arquitectura. La elección del emplazamiento de los castros no es accidental: buscan posiciones elevadas que permiten el control visual del territorio circundante y dificultan el acceso del enemigo. Pero la posición estratégica es solo el comienzo.
A medida que avanza el primer milenio a.C., los sistemas defensivos se vuelven progresivamente más sofisticados. Uno de los más característicos de los astures transmontanos es la muralla de módulos, documentada con especial claridad en la Campa Torres (Gijón). A diferencia de una muralla convencional —una línea continua de piedra—, la muralla de módulos está compuesta por pequeñas unidades rectangulares de esquinas redondeadas que se disponen en línea dejando entre ellas pequeños huecos. Esos huecos cumplen una función técnica: permiten el drenaje del agua de lluvia acumulada tras la muralla, evitando su deterioro.
Nota arqueológica
La datación más antigua de este sistema defensivo, propuesta por José Luis Maya en la Campa Torres, apunta al siglo VI a.C. Sin embargo, Jorge Camino Mayor, estudiando los castros de la ría de Villaviciosa —como el de Morillón—, no halló fechas anteriores al siglo IV a.C. El debate sigue abierto, pero en cualquier caso, estas murallas se levantaron cuatro siglos antes de la llegada de Roma. No se construyeron para frenar a los legionarios: se construyeron para frenar a otros astures.
Las murallas, además de su función defensiva, tienen una dimensión estructural y urbanística que a menudo se pasa por alto. En castros como el Pico del Castro de Carabia o el Castro de Picuyanza (Oviedo), la muralla actúa como infraestructura de contención y nivelación del terreno, creando superficies habitables en laderas de por sí inclinadas. Hay, en suma, un urbanismo del castro —una preparación deliberada del espacio— que desmiente la imagen de estos asentamientos como meros refugios improvisados.
Junto a las murallas, el foso constituye otro elemento defensivo fundamental. En ocasiones aparecen sistemas múltiples de fosos que delimitan no solo el espacio de habitación principal, sino también los llamados antecastros: recintos exteriores cuya función exacta sigue siendo objeto de debate (encerraderos de ganado, zonas de cultivo, espacios auxiliares de habitación). Lo que sí parece claro es que excavar el foso es, con frecuencia, el primer acto de fundación del asentamiento: proporciona la materia prima —piedra, tierra— para levantar la muralla, y al mismo tiempo perimetra ritualmente el espacio. Perimetrar, en la Edad del Hierro, tiene siempre una carga simbólica que va más allá de lo puramente funcional.
«El castro no se hace para estar escondido. Se hace para estar muy visible. Es un aviso.»
El armamento astur
El registro arqueológico ofrece una imagen bastante nítida del guerrero astur. No se trata de un ejército permanente al estilo romano, sino de una militia de guerreros híbridos: agricultores en tiempos de paz, combatientes cuando la situación lo requería. Pero las fuentes recalcan que el entrenamiento para la guerra era continuo. Estrabón menciona explícitamente que estos pueblos practicaban luchas y competiciones gimnásticas como parte de sus actividades habituales. El guerrero estaba siempre listo.
La lanza
El arma más característica. Ligera y arrojadiza, el guerrero podía llevar dos. Aparece representada en las monedas acuñadas por Publio Carisio durante la conquista.
La caetra
Escudo pequeño y redondo, tan definitorio de estos pueblos que dio nombre a las monedas de la conquista. Característico de toda la mitad norte peninsular.
El puñal de filos curvos
Arma de uso y de prestigio, bien documentada en el ámbito meseteño y cántabro. Tan efectiva que sirvió de inspiración para el pugio romano.
El hacha bipenne
Hacha de doble filo representada en las monedas de caetra. Recientemente documentada en el castro del Chao Samartin, en territorio astur-galaico.
Las monedas acuñadas por Publio Carisio en Emerita Augusta ofrecen una fuente visual de primer orden. Una de ellas, en plata, representa la panoplia completa de un guerrero astur que pudo ser un personaje relevante, quizá un jefe: aparecen la lanza, la caetra y, sorprendentemente, un casco. Los cascos son escasos en el registro arqueológico astur, aunque los hallados en Ribadesella (siglo VII a.C.) muestran reparaciones que indican un uso prolongado, lo que reabre el debate sobre su carácter exclusivamente ritual o también funcional.
Una ausencia notable en el registro material es la falcata, espada de inspiración mediterránea popularizada por los celtíberos y que aparece representada en las monedas de caetra. Que aparezca en la iconografía pero no en las excavaciones puede deberse simplemente a que todavía no se ha encontrado. Como suele repetirse en arqueología: la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
La guerra en el arte: la diadema de Moñes
Las representaciones figurativas son excepcionales en el arte astur, lo que hace aún más valiosa la diadema de Moñes. Descubierta en el concejo de Piloña, esta magnífica pieza de orfebrería es una de las poquísimas ventanas directas al imaginario visual de los astures. Y lo que representa son, precisamente, guerreros.
En su decoración aparecen figuras a pie y a caballo, portando armas, con lo que parecen ser cascos de plumas o cimeras representados de forma esquemática. La presencia de guerreros a caballo no es un detalle menor: confirma la existencia de élites ecuestres entre los astures, algo que también sugieren los arreos de caballo documentados en yacimientos como Yagú. Después de la conquista, estos contingentes de caballería astur fueron incorporados al ejército romano, lo que atestigua su reconocida eficacia.
La guerra como cosmos: ritual y religión
La guerra entre los astures —como entre todos los pueblos de la Edad del Hierro— no es solo estrategia y violencia. Tiene una dimensión cosmológica. Estrabón recoge que los celtíberos y otros pueblos del norte sacrificaban a Ares caballos, machos cabríos y prisioneros de guerra. El guerrero no es simplemente un combatiente: es una figura con aura casi mística, cuya muerte en batalla tiene consecuencias que van más allá de lo humano.
En el ámbito celtíbero está bien documentado el ritual de exponer los cadáveres de los guerreros para que los buitres —aves psicopompas, conductoras de almas— se los comieran, permitiéndoles así acceder al mundo de la divinidad. Es razonable suponer que creencias similares existían entre los astures. Los dioses de la guerra que aparecen en las fuentes del territorio astur incluyen a Marte Tilenus (al sur de la cordillera), Cosus y Lug, este último vinculado a los Lugones y relacionado con la guerra y, de manera significativa, con la lanza.
Para reflexionar
La atomización política de los astures —clanes y tribus sin un estado centralizado— fue simultáneamente su mayor debilidad y su mayor fortaleza frente a Roma. Debilidad porque impedía una respuesta coordinada; fortaleza porque Roma no podía descabezar un poder único. Tuvo que someterse a decenas de poderes locales uno a uno. Eso explica en parte por qué la conquista del noroeste peninsular fue un proceso tan largo y costoso.
Una sociedad que no podía permitirse no estar preparada
El paisaje que describe este episodio es el de una sociedad en tensión permanente, pero no en psicosis permanente. Los astures habían construido instituciones —los castros, los clanes, los rituales, las élites guerreras— que gestionaban esa tensión y proporcionaban cierta estabilidad. La guerra no lo era todo, evidentemente. Había agricultura, artesanía, comercio, vida cotidiana. Pero la guerra lo condicionaba todo.
Negar la centralidad de la guerra en estas sociedades, como se hizo en algunos momentos de la historiografía prerromana, es tan equivocado como reducirlo todo a ella. El hecho de que Roma tardara una década en someter a los astures no es casual: se encontró con pueblos que llevaban siglos perfeccionando sus defensas, sus armas y su organización para exactamente ese tipo de conflicto.
Nota sobre uso de IA. Este texto ha sido generado desde el audio original de mi pódcast.



