Bienvenidos al episodio 26 del podcast de astures.es. Hoy vamos a realizar un viaje fascinante a un periodo antiguo de nuestra historia, aproximadamente entre los siglos IX y VI a.C., un momento crucial en el que se produce una transición fundamental: el paso de la Edad del Bronce a la Primera Edad del Hierro. Durante este periodo, el occidente de Europa experimenta la fase final de la Edad del Bronce, conocida como Bronce Final o Bronce Atlántico, que da paso a la aparición del hierro en el registro arqueológico, un metal que supone una transformación radical en múltiples aspectos de la vida cotidiana, desde las armas hasta los aperos de labranza, y por supuesto, en las propias sociedades que adoptan esta nueva tecnología. Os dejo el vídeo y más abajo la transcripción del episodio.
Sin embargo, existe un desfase importante entre la parte occidental y la parte oriental del territorio astur que resulta revelador. Aquí surge una pregunta interesante que nos acompañará a lo largo de este artículo: ¿fue este un proceso homogéneo? Cuando hablamos de la Edad del Hierro, ¿realmente hay registro de hierro entre los astures o todavía sigue predominando el bronce? La respuesta a esta cuestión nos dará pautas importantes sobre el carácter de las sociedades que componen ese mosaico que posteriormente los romanos englobarán bajo el nombre de «astures», y veremos que aquí también hay algunas peculiaridades significativas.
El proceso de etnogénesis y la revolución del Bronce Final
Cuando investigamos el origen de cualquier población, debemos entenderlo como un proceso prolongado en el tiempo que culmina cuando se conjugan varios factores de manera simultánea: la cultura material, la lengua y la religión. Tienen que darse todos al mismo tiempo. Estos rasgos culturales nos permiten identificar características propias que diferencian a unas poblaciones de otras y que, en definitiva, configuran su identidad como grupo diferenciado.
Entre los siglos XII y VIII a.C., aproximadamente entre el 1100 y el 700, la costa europea occidental vive un proceso que podemos definir como una auténtica revolución cultural, o si se prefiere, una auténtica revolución comercial, aunque ambos conceptos están estrechamente vinculados. Lo sabemos porque el comercio de metales experimenta un crecimiento exponencial en ese momento, no solo en volumen sino también en la diversidad de objetos que se fabrican e intercambian. Todo ello conforma un momento cultural dentro de la Edad del Bronce, pero ya en un periodo final, un auténtico epílogo a un largo periodo que había durado durante el segundo milenio a.C. aproximadamente y que va a conectar ese mundo antiguo con unas nuevas dinámicas de poblamiento y de asentamiento en esos lugares fortificados que son los castros.
En el territorio asturiano, atendiendo a esta variedad de objetos que han sido documentados, el Bronce Final se divide tradicionalmente en dos fases. Hay una fase temprana entre el 1100 y el 800 a.C., que podemos considerar la fase canónica del Bronce Final, pero luego hay una fase tardía o de transición entre el 800 a.C. aproximadamente y el 500 a.C. Este último arco temporal es precisamente el que está documentado con las mismas fechas en las que se ha encuadrado la Primera Edad del Hierro en el Cantábrico, y por eso insisto en la dificultad del empleo de estas acotaciones de los periodos históricos en determinados territorios. Hay lugares, como por ejemplo el centro-oriente de Asturias, donde realmente da la sensación de que el hierro no aparece, porque no aparece hasta el siglo V o IV a.C., y sin embargo, según la historiografía, ya estaríamos en plena Primera Edad del Hierro. Esta aparente contradicción nos obliga a reflexionar sobre la naturaleza del cambio histórico y su ritmo desigual en diferentes territorios.

Vida cotidiana y modelos de subsistencia
La pieza más abundante en el registro arqueológico de este momento es el hacha de talón y anillas, esas piezas que tienen un carácter marcadamente primitivo, ancestral diría yo, y que no dejan de ser herramientas que servían básicamente para una tarea fundamental: la deforestación del espeso bosque atlántico para abrir pastos y para abrir zonas que se pudieran utilizar como asentamientos. La sociedad de este periodo se caracteriza por tener una amplia movilidad y practicar una ganadería trashumante, una ganadería que estaba desplazándose por el territorio en momentos estacionales, y también una agricultura de quema y roza, es decir, una agricultura que no era muy eficiente y que necesitaba el desplazamiento de la población y de los ganados cada cierto tiempo en busca de nuevos pastos.
Culturalmente, durante esa fase tardía del Bronce Atlántico, no se detectan grandes diferencias culturales entre los diversos paisajes del Cantábrico Occidental. De hecho, estas diferencias no aparecen hasta casi el final de este periodo, donde ya empieza a observarse una fragmentación tanto de la sociedad como de los modelos de población y de asentamiento. En ese primer momento todavía no podemos hablar de las tribus que luego van a aparecer en las fuentes, es decir, todavía no existen pésicos o lugones. Posiblemente todavía están en ese proceso de constitución, en ese proceso de etnogénesis que acabará definiendo el mapa tribal que conocemos por las fuentes clásicas.
La arqueología nos proporciona algunos datos sobre la vida de esta gente que habitó en el territorio al final de este epílogo del Bronce. Como he señalado, se ha defendido tradicionalmente que la subsistencia de estas gentes se pudo haber basado principalmente en la ganadería, así que los lugares de asentamiento debieron ser poblados abiertos o quizá defendidos de una manera no tan monumental como pasa en la fase posterior de la Edad del Hierro. Personalmente opino que en realidad esta es la respuesta más cómoda a la desconcertante escasez de asentamientos de la Edad del Bronce que se han documentado en el noroeste de la península. Tenemos la idea equivocada de que ese desplazamiento estacional con los ganados condicionaría un escaso interés en establecer poblados permanentes o al menos monumentales, pero creo que la realidad es un poco más compleja.
Lo digo porque, al igual que en otras zonas culturales del entorno, por ejemplo en León, en el Bronce Final la movilidad depende tanto de la agricultura como de la ganadería. En la meseta, en el espacio que hay al norte del Duero, entre el Duero y la Cordillera Cantábrica, se ha detectado un patrón de ocupación en las llanuras que es contemporáneo al de los lugares elevados, es decir, había asentamientos en el llano y había asentamientos en la montaña. Los asentamientos a menor altura están muy bien situados cerca de las tierras de cultivo. Los campos se conquistan para la siembra a través de ese sistema de quema y roza para limpiarlo y que quede disponible para el cultivo. Sin embargo, este modelo no es nada eficiente y exige un desplazamiento periódico cuando las tierras se agotan. Pero mientras los campos tienen vigor, el asentamiento está habitado permanentemente y seguramente está fortificado con potentes empalizadas. Los que habitan en ellos se desplazarían durante un tiempo limitado y no todos, sino sólo aquellos individuos que estuvieran en condiciones de seguir al ganado, sobre todo a los pastos a mayor altitud.

Crisis climática y transformaciones sociales
La influencia del clima favoreció este nuevo tipo de asentamientos. Entre los siglos VIII y la segunda mitad del VII se produce una serie de cambios en el paisaje y en la población cuyas razones son diversas. Por ejemplo, tiene lugar un nuevo revés climático que hace descender las temperaturas y aumentar la humedad. En el plano material, se percibe que los objetos de bronce que aparecen en este periodo ya tienen un carácter marcadamente local, no es tan universal dentro de lo que es el ámbito cultural del arco atlántico, tanto en su tipología como en su composición. El metal foráneo parece que escasea, quizá a causa de una ralentización del flujo comercial. Además, en un contexto como este, es inevitable que se produzca una competencia por los recursos disponibles en el entorno.
Atendiendo a esto último, me hago la pregunta: ¿es una sociedad guerrera? Y la respuesta más correcta es decir que es una sociedad que está armada, y si está armada es por algo. En los momentos menos favorables, cuando las temperaturas bajan y las cosechas y el ganado no son suficientes para sostener a una población, lo normal en las sociedades antiguas es que se desate la violencia. Estamos hablando de campesinos y ganaderos armados que defienden sus medios de subsistencia o que necesitan apropiarse de los de los demás. Pasa una cosa muy curiosa en el registro de objetos de la cultura material del Bronce Final en Asturias: lo que predominan son las armas, frente a la variedad de objetos que están presentes en otras partes del Atlántico Europeo, e incluso a la proporción de otros objetos de ámbito regional, como por ejemplo calderos, brazaletes o fíbulas.
Los cascos de Ribadesella, que son de este periodo, o la espada de Sobrefoz, una espada de la Edad del Bronce de estas de lengua de carpa, por citar objetos que son cercanos a nuestro territorio, nos hablan de gentes que están armadas, que portan objetos que por su composición material y del tiempo necesario para su fabricación podemos considerar objetos de prestigio. Nuestro problema es el de siempre: la mayoría han aparecido descontextualizados. Por eso es tan importante que cuando se produce el hallazgo de uno de estos objetos se deje en su sitio para que luego los arqueólogos los puedan estudiar, no solamente el objeto sino también el lugar donde está, el suelo donde está.

El caldero de remaches: símbolo de poder y ritual
Otro de los objetos más característicos de este periodo, seguro que os va a sonar, es el caldero de remaches. Este objeto ha sido interpretado como uno de los que más claramente nos habla de élites en esa transición entre el Bronce y el Hierro. El caldero de remaches tiene un marcado carácter ritual en el mundo atlántico. Son recipientes que están fabricados en chapas de cobre o de bronce y que están unidas por remaches. Aparecen en todo el litoral occidental europeo desde el siglo VII a.C. y son de fabricación normalmente local, aunque curiosamente su tradición constructiva es común a todo el ámbito atlántico. Podéis imaginaros que con la cantidad de material que llevan y el tiempo de fabricación son artículos muy costosos, auténticos bienes de prestigio.
Hay autores, por ejemplo Armada Pita, que relacionan la figura del banquete y de los intercambios entre élites que firman un pacto con este tipo de objetos. Fijaos si tiene importancia el caldero de remaches que tiene una trascendencia que queda reflejada tanto en el ideario mítico y legendario del territorio insular como del continental de toda Europa occidental. Este aspecto, curiosamente, lo encontramos representado en otro de nuestros hitos del arte figurativo, la Diadema de Moñes, donde la procesión de guerreros a caballo está acompañada de figuras que están al lado de calderos, precisamente. El caldero es un recipiente de muerte y de resurrección, según esas leyendas, y nos habla de una creencia que aparece compartida en un amplio territorio que va desde Bohemia a Irlanda o la Península Ibérica.
El uso de estos calderos de bronce alcanza la Edad del Hierro. Siempre aparecen fragmentados en hallazgos que corresponden a momentos tardíos, posiblemente cuando ya este objeto ritual había perdido su función original, y simplemente sirven como material de fundición. En este sentido, creo que al final de la Edad del Hierro y el comienzo de la época romana se debió fundir una cantidad de piezas antiguas inconmensurable. Posiblemente estos hallazgos que tenemos de calderos fragmentados son eso, reservas de metal que están preparadas para ser fundidas y fabricar nuevos objetos. De los ejemplos más destacados por su estado de conservación en nuestro entorno, curiosamente no se encontraron en Asturias, sino fuera: son los calderos de Lois, en León, y Cabárceno, en Cantabria. Por su tipología han sido emparentados estilística y morfológicamente con calderos de bronce irlandeses. Encontraréis a veces que este objeto se le llama caldero irlandés, porque allí es donde parece que se documentaron la primera vez y porque han aparecido un gran número de ellos. Pero lo cierto es que, curiosamente, se han descubierto tantos o más en la Península Ibérica que en Irlanda.

Élites y diferenciación social
Todos estos productos tuvieron que ser demandados por unos individuos que podemos llamar privilegiados. Dentro de esta sociedad se puede inferir una diferenciación social, ya que los objetos que estamos mencionando son bienes que no estarían al alcance de todo el mundo. Estos que podemos llamar potentados demandan objetos procedentes de focos de producción distantes y, a su vez, son los que estimulan las producciones locales. Son los grandes protagonistas de este comercio atlántico. Ellos tienen el poder tanto de controlar los procesos de fabricación como la adquisición de otros productos. Cuanto más nos acercamos al final del Bronce, parece más evidente que emergen unas élites que crecen gracias al ganado y al control de la producción de estas manufacturas metálicas en el territorio de los astures, y por supuesto, también al comercio.
Pasa una cosa muy curiosa. Estos potentados tienen su momento de esplendor en este periodo y los conocemos a través de estos objetos de prestigio. Sin embargo, durante la Segunda Edad del Hierro parece difícil determinar, como ya he comentado muchas veces, esa existencia de privilegiados en esta sociedad y, sorprendentemente, una parte de la investigación ha calificado a las sociedades del Hierro que son herederas de estas élites de la Edad del Bronce como sociedades igualitarias. Es curioso que se haga esto, teniendo estos antecedentes y en un proceso más complejo, en un periodo más complejo y, sobre todo, más violento, que es donde las élites suelen jugar un papel fundamental. Sin embargo, curiosamente, seguimos definiendo a los astures, galaicos, cántabros, etc., como sociedades igualitarias y poco propensas a tener líderes. Esta aparente paradoja merece una reflexión más profunda sobre cómo interpretamos el registro arqueológico y las estructuras sociales del pasado.

La Primera Edad del Hierro: un concepto problemático
Este proceso que acabo de definir es aproximadamente el que tiene lugar, como dije, entre los siglos VIII y V a.C. Pero la historiografía, precisamente a este momento, en el Cantábrico Occidental, lo denomina Primera Edad del Hierro, y es un concepto que creo que es un nombre que lleva a engaño. Durante este tiempo tienen lugar las primeras fundaciones de poblados fortificados, pero aunque ya encontramos algunos de los elementos definitorios de los castros tal y como los conocemos en el momento posterior, en la Segunda Edad del Hierro, es decir, entre los siglos IV y I a.C., todavía, en la primera mitad del milenio, predominan muchas de las características culturales del Bronce Final en estas sociedades. Precisamente, en territorios como el centro-oriente de Asturias, donde luego vamos a encontrar los lugones, un territorio que tengo bastante bien controlado, parece que las costumbres antiguas se perpetúan con insistencia. Y no es un proceso aislado. En otros lugares sucede lo mismo: en partes de los galaicos, en partes del norte de Cantabria, etc.
Cuando analizamos los datos de ubicación de los primeros castros, observamos que están bien situados respecto a las vías ganaderas y comerciales, y que se ubican a media altura respecto a su entorno. Se sitúan en lugares de fácil defensa y están alejados de los húmedos fondos de valle. Tampoco están mal situados para el cultivo de cereales, están cerca siempre de buenas tierras de cultivo. Pero lo cierto es que la posición de estos castros antiguos parece que se enfoca también hacia la ganadería, hacia las rutas ganaderas, y en casos concretos, hacia una evidente posición comercial, como algunos de los castros costeros.

El castro como materialización del poder territorial
En mi opinión, lo verdaderamente significativo de los primeros castros es que responden a una materialización local de los centros de poder. Me explico: es un poder que se ejerce a partir de ese momento sobre un espacio determinado alrededor del asentamiento. Y se hace al contrario que en la dimensión territorial del Bronce, donde la sociedad se articulaba a partir del eje que proporcionan las vías de comunicación. En las vías de comunicación, en los caminos, en las rutas ganaderas, es por donde transitan los ganados y donde se producen los intercambios comerciales. Sin embargo, en este momento de transición, el nuevo modelo invierte la perspectiva anterior y pasa a estar relacionado directamente con la explotación de los recursos agropecuarios y mineros de su entorno. Si tenéis esto en cuenta, entenderéis qué es un castro.
Un castro surge precisamente para controlar ese territorio. Es un castro que además surge para ser visto. Es un castro que en este momento va a ser el equivalente al monumento megalítico, si me apuráis un poco, como referencia visual en el paisaje. Todo el mundo entiende para qué está hecho el castro y cuál es su función y por qué está ahí. Los poblados fortificados son la mejor respuesta, aunque probablemente no la única, a un mundo en competencia por los recursos necesarios para subsistir. El hecho de que la producción metalúrgica mayoritariamente esté enfocada a las armas y que cuenten con defensas más potentes en los asentamientos responde claramente a una necesidad de defensa o expresión de poder.
El castro también es ese lugar donde se va a proteger la tecnología metalúrgica, que es fundamental para este momento histórico, al amparo de unas élites, esas élites que son las que organizan el territorio, que también monopolizan estos procesos de producción. La existencia de individuos que conocen el proceso metalúrgico en estos lugares, que se detectan a través de su trabajo, a través de los restos de fundición, de cubetas, de moldes, etcétera, pone de manifiesto que es un proceso que ya comenzó en el Bronce y que continúa con nueva fuerza durante el Hierro. En la elección de los emplazamientos de los castros suele optarse por lugares elevados que tengan un amplio control visual del entorno desde donde puedan ver qué hay alrededor, pero como ya dije en el episodio anterior, también necesitan ser vistos.
En esta fase antigua de las fundaciones de los castros, la anterior al siglo VI antes de Cristo, el perímetro de los poblados está defendido sin duda con una empalizada o algún tipo de estructura pétrea lineal que luego va a ser arrasada y va a construirse otro tipo de defensas que ya son típicas de la Segunda Edad del Hierro. En el centro de Asturias, por ejemplo, la producción metálica de bronce de este periodo muestra una semejanza bastante notable con la del espacio que está situado al otro lado de la cordillera, en la actual provincia de León. De nuevo, en este momento, como conté respecto a mil años antes, se hace patente que la montaña no es una barrera sino una vía de comunicación entre estos dos espacios, y esto va a ser una constante en los siglos posteriores.
Por otro lado, podemos decir, por ejemplo, que los castros del norte de la cordillera, que son de una fundación tardía, pueden estar inspirados en los modelos de poblamiento que tienen lugar al otro lado de la cordillera, donde varios siglos antes ya se habían desarrollado este mismo sistema de asentamientos fortificados. Realmente, como digo, lo que es diferente respecto al periodo anterior es que el castro, como conjunto, es un producto que suma poder y territorio. Es un poder complejo que reposa también en la comunidad, esa comunidad que está constituida por un grupo social más o menos extenso. Se está fraguando, a partir de este momento, una sociedad que está basada en los lazos familiares que caracterizan a los grupos de la Edad del Hierro. Y estos lazos familiares son, digamos, diferentes a los lazos de reciprocidad externa que caracterizan a las relaciones comunitarias de periodos anteriores.
Como digo, quedaros con la idea de que en torno al castro se encuentran unos recursos que controlar y defender. La agricultura, la ganadería, la metalurgia, las rutas comerciales han configurado un hábitat que va a tomar forma a lo largo del primer milenio antes de Cristo, hasta convertirse en el elemento más significativo del paisaje. Este sí que es un cambio cultural verdaderamente importante. Y en ese momento, en el momento en que se instaura precisamente este modelo, es cuando definitivamente se abandonan los esquemas territoriales y sociales del Bronce y comienza la Edad del Hierro en el territorio de los astures.
Cronología y diferencias regionales
De esta manera es como hemos definido, o como he tratado de retratar, el origen de los castros. Es un proceso que no tiene el mismo ritmo en el occidente que en el oriente. En el territorio de la actual Asturias, el castro más antiguo es el del Chaosa Martín, que tiene unas dataciones establecidas por Ángel Villavaldés en torno al siglo IX antes de Cristo. Los castros más antiguos del centro-oriente de la región han sido datados aproximadamente entre los siglos VII y VI antes de Cristo por autores como José Luis Maya en la Campa Torres o Jorge Camino Mayor en los castros de la ría de Villaviciosa. Precisamente en el entorno de la ría de Villaviciosa está muy bien documentado dos modelos de castro: uno del momento más antiguo, ese del VII-VI antes de Cristo, y luego castros más recientes de la Segunda Edad del Hierro a partir de los siglos IV al I antes de Cristo aproximadamente.
Como colofón final, en ese momento es cuando ya se configura, cuando ya encontramos, como decía al principio de todo este capítulo, esa unión de varias características —cultura material, lengua, religión— que nos permiten definir a estas etnias. Aquí ya podríamos hablar de lugones, de pésicos, de zoelas o de lancienses. También en nuestro territorio asturiano de orgenomescos o de albiones, ya pertenecientes a grupos sociales que están diferenciados entre el Atlántico y la meseta. Este es el momento en que nacen, definitivamente, los pueblos que luego conoceremos como astures, el momento en que se cristaliza ese mosaico de identidades que Roma encontrará siglos después y que, con todas sus peculiaridades locales, compartirán rasgos culturales suficientes como para ser reconocidos como parte de un mismo horizonte cultural.
Uso de IA: este texto está generado a partir del audio original de mi pódcast utilizando una herramienta de IA


