El sistema viario romano en la cordillera cantábrica ¿Una anomalía? o una muestra de adaptación

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La imagen de las calzadas romanas ha estado asociada tradicionalmente a una idea muy concreta: líneas rectas trazadas sobre el paisaje, aparentemente indiferentes a la topografía y concebidas para comunicar de la manera más directa posible las ciudades y los principales centros del Imperio. Sin embargo, ¿hasta qué punto responde esta imagen a la realidad?

Un nuevo estudio publicado en Nature Communications1 aborda esta cuestión desde una perspectiva diferente. En lugar de analizar determinadas calzadas o regiones concretas, sus autores han construido un modelo digital de la red viaria romana a escala imperial y han aplicado técnicas de análisis espacial y teoría de redes para estudiar cómo se relacionaban las carreteras con el relieve, los asentamientos y las vías de comunicación posteriores. El resultado es uno de los análisis cuantitativos más amplios realizados hasta ahora sobre la estructura de la red viaria romana. El conjunto utilizado alcanza los 299.171 kilómetros de vías, lo que permite estudiar el sistema romano como una verdadera red de comunicaciones y no simplemente como una suma de carreteras individuales.

Una visión global y subjetiva de la red de calzadas romanas

El planteamiento resulta especialmente interesante porque buena parte de lo que sabemos sobre las calzadas romanas procede de estudios locales, itinerarios antiguos, miliarios, restos arqueológicos y análisis de determinadas rutas. Estos trabajos permiten conocer con bastante detalle determinados sectores, pero hacen más difícil saber si algunas de las características que atribuimos a las calzadas romanas son realmente generales o si responden a las particularidades de cada territorio. El nuevo estudio aporta una visión a escala global de este entramado viario.

Una de las cuestiones principales es la supuesta rectitud de las calzadas romanas. El análisis demuestra que, efectivamente, los trazados rectilíneos fueron favorecidos siempre que las condiciones del terreno lo permitían, pero que esto no significa que las calzadas romanas fueran sistemáticamente rectas. La topografía constituye uno de los factores fundamentales para explicar su trazado. Allí donde el terreno era llano o presentaba pocos obstáculos, las vías podían mantener alineamientos muy directos; cuando encontraban montañas, valles, pendientes o accidentes del relieve, el trazado se adaptaba al paisaje.

Para comprobarlo, los investigadores han utilizado, entre otras variables, la sinusidad, es decir, la relación entre la longitud real de un tramo de carretera y la distancia en línea recta entre sus extremos. Los valores obtenidos muestran una sinuosidad generalmente muy baja, con una media de 1,048 y una mediana de 1,0045. Pero detrás de esa cifra global existe una enorme diversidad territorial: las vías de las zonas llanas presentan trazados mucho más directos, mientras que las áreas montañosas obligan a realizar recorridos más sinuosos. La pendiente máxima también mantiene una relación positiva con la sinuosidad: a medida que aumenta la pendiente, aumenta la tendencia de las vías a adaptarse al relieve. Ambos factores se dan en el territorio astur.

Esto permite matizar una imagen muy arraigada de la ingeniería romana. El objetivo no era construir una línea perfectamente recta a cualquier precio, sino conseguir una comunicación lo más directa y eficiente posible dentro de las limitaciones impuestas por el territorio. La ingeniería romana podía modificar considerablemente el paisaje mediante desmontes, terraplenes, estructuras de contención e incluso túneles, pero existía un límite a la capacidad de transformar el terreno. En consecuencia, la geografía acababa formando parte de la propia estructura de la red sin desvirtuar la naturaleza de la vía.

Los datos sobre las pendientes resultan igualmente significativos. El 90,57 % de los kilómetros incluidos en el estudio se encuentra por debajo de una pendiente máxima del 16 %, considerada dentro de los límites posibles para el tráfico rodado. Los autores señalan además que las carreteras se concentran preferentemente en zonas de escasa variabilidad topográfica, valles, áreas llanas y pendientes moderadas. En las regiones montañosas, los valles y los pasos naturales adquieren una importancia fundamental.

¿Qué nos dice este estudio sobre el territorio de los astures?

Es precisamente aquí donde el estudio resulta especialmente sugerente para el noroeste peninsular. Los autores no realizan un análisis específico del territorio de los astures, por lo que sus resultados no pueden trasladarse automáticamente a Asturias, León o las áreas vecinas. Sin embargo, proporcionan una serie de criterios que pueden utilizarse para revisar cómo entendemos las comunicaciones romanas en este espacio.

El primero tiene que ver con la orografía. El territorio relacionado con los astures presenta una enorme diversidad topográfica: litoral cantábrico, valles interiores, sierras y cordales, grandes corredores fluviales y pasos de montaña. Precisamente por eso, el modelo propuesto por el artículo resulta probablemente más útil que una interpretación basada exclusivamente en la búsqueda de trazados rectilíneos.

Los datos generales obtenidos para las zonas montañosas indican que las vías tienden a seguir las condiciones que permiten reducir las pendientes y facilitar el desplazamiento. En el caso concreto de las montañas cantábricas, el estudio proporciona unos valores medios de pendiente de 4,98° para la pendiente media y 11,26° para la pendiente máxima, valores superiores a los registrados en los Alpes, los Pirineos o varias otras grandes áreas montañosas analizadas.

Estos valores no deben interpretarse como si fueran específicamente astures. La cordillera Cantábrica es un espacio mucho más amplio que el territorio de los astures y el estudio trabaja con grandes conjuntos territoriales. Pero sí ofrecen un contexto importante: el relieve cantábrico constituye un condicionante particularmente significativo para la construcción de las vías romanas.

Esto permite plantear una cuestión interesante para el estudio de las comunicaciones romanas en el territorio astur: en lugar de preguntarnos únicamente por qué una determinada calzada no sigue una línea recta, podemos preguntarnos qué obstáculos estaba intentando evitar, qué pendientes pretendía reducir, qué valle estaba utilizando y qué paso estaba buscando.

La propia lógica del estudio invita a cambiar la perspectiva. Un trazado aparentemente irregular no tiene por qué ser el resultado de una planificación deficiente o de la ausencia de una estrategia de construcción. Puede ser precisamente la consecuencia de una estrategia destinada a conseguir una comunicación eficaz dentro de un territorio complejo. En una región montañosa como la cantábrica, la sinuosidad puede ser una característica funcional del trazado.

Esto resulta especialmente relevante para aquellas rutas que atravesaban la cordillera y comunicaban el espacio interior con la costa. El estudio demuestra que, en las zonas montañosas, los valles y los pasos constituyen elementos estructuradores de primer orden y que la orientación de las vías puede quedar determinada por la propia disposición de las cadenas montañosas.

El segundo aspecto que podemos trasladar al territorio astur es la importancia de distinguir entre una vía y su posición dentro de la red. Una ruta puede parecer secundaria desde el punto de vista constructivo y, sin embargo, desempeñar una función esencial si permite conectar dos corredores principales. Del mismo modo, una carretera que atraviesa un territorio aparentemente periférico puede adquirir una importancia considerable si constituye el único enlace eficaz entre dos áreas.

Este planteamiento puede ser particularmente interesante para el noroeste. El análisis de la red imperial identifica el noroeste de Hispania entre las áreas donde determinados corredores presentan una elevada centralidad, y la figura 4 señala expresamente la importancia de las rutas costeras mediterráneas y atlánticas, incluyendo el noroeste peninsular.

En la práctica, esto significa que para analizar las comunicaciones romanas del territorio astur no deberíamos estudiar cada calzada de manera aislada. Sería más útil reconstruir el sistema de comunicaciones completo, incorporando ciudades, asentamientos, campamentos, zonas mineras, puertos, valles, pasos de montaña y vías secundarias.

La minería proporciona, además, un campo especialmente interesante para aplicar esta metodología. Si una determinada zona minera estaba conectada con un centro administrativo o militar, la importancia de una ruta no dependería únicamente de la distancia entre ambos puntos. Sería necesario analizar su posición dentro del conjunto de la red: qué otros asentamientos conectaba, qué alternativas existían y qué pasos o corredores controlaba.

Algo similar puede plantearse para los asentamientos astures. El nuevo estudio demuestra que la densidad de los asentamientos arqueológicos mantiene una correlación positiva con la densidad de las carreteras romanas, aunque esta relación se debilita cuando se utilizan unidades espaciales más grandes. Los propios autores advierten que la intensidad de la investigación arqueológica y la calidad desigual de los datos pueden afectar considerablemente a los resultados.

Esta última advertencia es especialmente importante para el noroeste peninsular. La ausencia de una vía en el registro disponible no equivale necesariamente a la ausencia de comunicación, del mismo modo que una elevada concentración de vías conocidas puede estar parcialmente relacionada con una mayor intensidad de investigación arqueológica. El propio estudio reconoce que la representación de las distintas regiones del Imperio es desigual y que esto puede afectar a las comparaciones.

Finalmente, el trabajo permite formular una hipótesis especialmente interesante sobre la relación entre las calzadas romanas y las comunicaciones posteriores. A escala imperial existe una correlación positiva moderada entre la red romana y las carreteras principales modernas, con un coeficiente de Pearson de 0,46. Sin embargo, los investigadores insisten en que esta continuidad presenta una enorme variabilidad local y que no existe una relación uniforme en todo el Imperio. La persistencia de una carretera romana depende de procesos históricos posteriores, de la evolución de los asentamientos, de los cambios económicos y de la aparición de nuevos centros de población.

Para el territorio de los astures, esto abre otra línea de investigación: comparar las rutas romanas conocidas con las actuales carreteras, caminos y corredores de comunicación. Allí donde coincidan puede existir una continuidad derivada de unas condiciones geográficas especialmente favorables; pero allí donde no coincidan también habrá información histórica que interpretar. Un antiguo corredor puede haber perdido importancia, mientras que otro puede haber quedado incorporado durante siglos a las redes de comunicación posteriores.

En definitiva, la principal aportación de este estudio no consiste únicamente en demostrar que algunas calzadas romanas eran rectas y otras sinuosas. Su interés reside en mostrar que la red viaria romana debe entenderse como una infraestructura profundamente condicionada por el territorio y, al mismo tiempo, capaz de organizarlo. Las montañas, los valles, los ríos, los asentamientos y los grandes corredores de comunicación no eran elementos independientes de la red: formaban parte de la lógica espacial que determinaba por dónde circulaban personas, mercancías e información.

Aplicado al territorio de los astures, este planteamiento invita a mirar las calzadas desde una perspectiva diferente. No se trata solamente de localizar por dónde pasaba una vía, sino de intentar comprender qué territorio estaba articulando, qué obstáculos estaba superando, qué asentamientos conectaba y qué posición ocupaba dentro de una red mucho más amplia. Y para una región tan marcada por la complejidad del relieve como el noroeste peninsular, esa perspectiva puede resultar especialmente productiva.

Bibliografía

  1. Pažout, A., Brughmans, T., de Soto, P., Mazzamurro, M., Coto-Sarmiento, M., Filet, C., Herrera Malatesta, E., Nielsen, M. L., Ølgaard, G. E., & Vahlstrup, P. B. (2026). Network science reveals the structure and lasting impact of the Roman road system. Nature Communications, 17, 9551. ↩︎

Se ha utilizado IA para la redacción de este post.

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Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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