En la Asturia transmontana, los castros controlaban esencialmente los valles. Desde ellos se organizaba el territorio y se garantizaba el acceso a los recursos necesarios para la subsistencia. La mayoría eran pequeños asentamientos, de alrededor de una hectárea y media, aunque existían algunas excepciones de mayor tamaño y relevancia.
Además, el paisaje estaba jerarquizado. Algunos castros ejercían una cierta “capitalidad” sobre otros, normalmente gracias a su posición estratégica o a la riqueza de los recursos de su entorno.
Dentro de estos castros vivían clanes. Varios clanes formaban una tribu, como sucedía en el caso de los Luggones. Era una organización profundamente ligada al territorio, tanto desde el punto de vista económico como simbólico y religioso.
La llegada de Roma
Todo cambia con la conquista romana. Roma no era simplemente otro pueblo enfrentándose a los astures: era un Estado militarizado, con un ejército profesional, recursos prácticamente inagotables y una estructura política enormemente compleja. Frente a ello, las tribus astures eran comunidades organizadas de manera tribal y no estatal.
La diferencia era abismal. Mientras que Roma podía reemplazar continuamente las bajas de sus legiones, las tribus indígenas no podían recuperarse fácilmente de la pérdida de sus guerreros. Cada derrota debilitaba de forma permanente a esas comunidades.
Tras la conquista, Roma impone un nuevo modelo territorial. El territorio deja de pertenecer a las comunidades indígenas y pasa a ser propiedad del Estado romano. Este es uno de los cambios más profundos de todo el proceso.
Hasta entonces, el castro había sido el garante del territorio y de los recursos. Con Roma, esa función desaparece.
Del territorio tribal a las civitates
Roma reorganiza el territorio mediante las llamadas civitates, divisiones administrativas creadas principalmente con fines fiscales. En algunos casos, estas civitates respetaban parcialmente antiguos territorios tribales. El caso de los Luggones podría ser uno de ellos.
Pero había una diferencia fundamental: la tierra ya no pertenecía a la comunidad.
El Estado romano cedía el uso del territorio a la población para que pudiera trabajarlo y pagar impuestos. La sociedad indígena ya no producía únicamente para subsistir, sino también para sostener la maquinaria imperial.
Esto supuso una transformación enorme. El territorio tenía probablemente un carácter sagrado para muchas de estas comunidades, y de repente pasaba a convertirse en una propiedad estatal administrada desde Roma.
También cambió el papel de las élites guerreras. Los antiguos guerreros de los castros dejaron de defender su territorio y, si querían seguir combatiendo, debían hacerlo integrados en el ejército romano como tropas auxiliares.
Lo que sobrevivió del mundo indígena
A pesar de todos estos cambios, algunas estructuras indígenas sobrevivieron durante un tiempo.
Los clanes, por ejemplo, continúan existiendo porque Roma los utiliza como intermediarios para controlar el territorio y recaudar impuestos. Algunas inscripciones del siglo II d.C. todavía mencionan grupos gentilicios indígenas, como los Lugoni Arganticaeni.
Roma no destruye completamente las sociedades indígenas. Lo que hace es integrarlas dentro de una nueva estructura política y económica.
Las élites locales que aceptan colaborar con el poder romano se convierten en piezas fundamentales del nuevo sistema.
El auge de las villas romanas
Mientras los castros entran en declive, aparecen las villas romanas.
Estas villas acabarán convirtiéndose en los nuevos centros de poder del territorio. En ellas viven los nuevos potentados, grandes propietarios favorecidos por el Estado romano y vinculados directamente a su administración.
Muchos de ellos se enriquecen gracias a la producción agrícola y al suministro de materias primas para el ejército romano.
Además, estas élites impulsan la romanización cultural del territorio. Hablan latín, practican la religión romana y adoptan completamente las costumbres del Imperio. La romanización, en gran medida, se produce “de arriba abajo”: desde las clases privilegiadas hacia las comunidades campesinas.
Un nuevo paisaje
El paisaje también cambia profundamente.
Después de la conquista, muchas comunidades son obligadas a abandonar los asentamientos fortificados y trasladarse a zonas más abiertas y fáciles de controlar. Surgen aldeas, vici, pequeños asentamientos rurales y nuevas formas de ocupación del territorio.
Sin embargo, algunos castros continúan ocupados durante los siglos I y II d.C., especialmente aquellos que siguen siendo útiles para Roma desde el punto de vista administrativo o estratégico.
En algunos casos funcionan como centros de recaudación de impuestos o lugares de control territorial dentro de las civitates.
Los nuevos centros de poder
Durante el Alto Imperio comienzan a destacar otros núcleos importantes en la Asturia transmontana.
Entre ellos aparecen lugares como Lucus Asturum, Flavionavia o Gijón, vinculados a las vías de comunicación, al comercio y a la administración romana.
El territorio empieza a articularse mediante carreteras, destacamentos militares y asentamientos conectados con las necesidades del Imperio.
El antiguo paisaje de castros fortificados deja paso a una organización completamente distinta.
¿Roma mejoró realmente el territorio astur?
Existe una idea muy extendida según la cual Roma “mejoró” las sociedades indígenas. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja.
Los castros de la Segunda Edad del Hierro estaban perfectamente adaptados a su entorno. Habían desarrollado sistemas económicos capaces de sostener el crecimiento demográfico y la expansión del poblamiento por todo el territorio astur.
Roma no llega para solucionar problemas económicos inexistentes. Lo que hace es transformar completamente el sistema productivo, introduciendo una economía orientada al mercado y a la extracción de recursos.
Antes de Roma, la producción indígena estaba enfocada principalmente en la subsistencia. Tras la conquista, el territorio pasa a integrarse dentro de una economía imperial mucho más amplia.
Eso no significa necesariamente una mejora para la mayoría de la población.
La desaparición del mundo castreño
El final de los castros no fue inmediato.
Se trata de un proceso lento, lleno de matices, que se desarrolla durante aproximadamente dos o tres siglos. Muchos castros permanecieron visibles y algunos incluso fueron reutilizados posteriormente por razones estratégicas.
Pero habían perdido su función original.
Ya no eran el centro político, económico y simbólico de las comunidades indígenas. Ese papel había sido sustituido por villas, aldeas y nuevos asentamientos vinculados al Estado romano.
Más que una desaparición absoluta, lo que se produce es una transformación profunda.
Lo astur como mezcla cultural
Uno de los aspectos más interesantes de este proceso es entender que lo “astur” no desaparece por completo con Roma.
La romanización no fue una sustitución total de una cultura por otra. Fue, sobre todo, un proceso de mestizaje cultural.
El mundo romano en Asturias se construyó mezclando elementos indígenas y romanos, igual que ocurrió en otros territorios recientemente conquistados como la Galia o Britania.
Por eso, cuando hablamos de identidad astur durante la Antigüedad tardía o incluso durante los primeros siglos medievales, seguimos viendo una herencia que procede tanto del mundo prerromano como de la romanidad.
Lo astur no desaparece: se transforma.
Fin de temporada
Y con esta reflexión sobre la transformación del mundo castreño termina también la primera temporada del podcast de Astures.
Gracias a todos los que habéis acompañado este proyecto durante estos 30 episodios, tanto desde la web como desde redes sociales. La segunda temporada llegará después de un pequeño descanso, con nuevos formatos y nuevos temas para seguir profundizando en la historia y la cultura de los astures.



