¿Dónde están los grandes poblados de la Edad del Bronce?

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Es muy habitual leer en la literatura científica que uno de los grandes problemas para comprender la Edad del Bronce en la fachada atlántica europea no es la ausencia de asentamientos, sino nuestra enorme dificultad para localizarlos. Mientras que la Edad del Hierro ha dejado cientos de castros fácilmente reconocibles sobre el terreno, el poblamiento de los siglos anteriores sigue siendo sorprendentemente esquivo. Sin embargo, poco a poco esta imagen comienza a cambiar gracias a nuevos descubrimientos arqueológicos que están obligando a replantear el modelo tradicional.

El poblamiento de la Edad del Bronce en el occidente europeo

Seguro que habréis leído que conocemos bastante bien los asentamientos fortificados de la Edad del Hierro, donde tradicionalmente se considera que residía buena parte de la población. Sin embargo, apenas quinientos años antes de las primeras fundaciones castreñas seguimos teniendo enormes dificultades para determinar cómo se organizaba realmente el poblamiento del territorio.

Durante décadas se ha pensado que los asentamientos del Bronce eran, por lo general, pequeños, poco monumentales y con sistemas defensivos mucho menos desarrollados que los de épocas posteriores. Esa menor monumentalidad explicaría en parte por qué resultan tan difíciles de identificar en el paisaje actual. Pero quizá el problema no sea únicamente el tamaño de estos asentamientos, sino nuestra forma de buscarlos.

Muchos de los castros más antiguos parecen situarse en corredores naturales de circulación, algunos de ellos relacionados con antiguas vías ganaderas que estructuraban el territorio desde mucho antes de la Edad del Hierro. Esa circunstancia resulta perfectamente compatible con el modelo socioeconómico que tradicionalmente se atribuye al Bronce Final.

Y aquí surge una pregunta que me parece especialmente interesante. Con frecuencia utilizo un ejemplo parecido cuando hablo de la minería romana. La espectacularidad de las explotaciones romanas ha terminado ocultando, en muchos casos, la realidad de las explotaciones indígenas anteriores. ¿Podría estar ocurriendo algo parecido con los castros?

¿Y si los asentamientos fortificados de la Edad del Hierro no hubieran surgido sobre un territorio vacío, sino que monumentalizaran espacios que ya eran estratégicos desde siglos antes? Quizá los castros escondan parte de la realidad previa del poblamiento y del control territorial desarrollado durante la Edad del Bronce.

En distintas regiones próximas a nuestro territorio sabemos que durante el Bronce coexistían asentamientos en zonas bajas con otros emplazados en lugares elevados de fácil defensa. Tal vez el castro no suponga una ruptura completa con ese modelo anterior, sino la evolución de determinados lugares que adquirieron una mayor monumentalidad como consecuencia de cambios sociales, económicos y territoriales. La intensificación de la actividad ganadera, la creciente jerarquización de las comunidades o nuevas formas de controlar los recursos pudieron favorecer esa transformación.

Son cuestiones que todavía están abiertas y que únicamente la arqueología podrá responder. Del mismo modo que hoy sabemos que en la Edad del Hierro el castro en altura no fue la única forma de poblamiento, quizá también estemos perdiendo una parte importante de la realidad del Bronce por seguir buscando únicamente los asentamientos más evidentes.

Un cambio de paradigma

En los últimos años varios descubrimientos parecen apuntar precisamente en esa dirección.

Uno de los ejemplos más llamativos se encuentra en Vilar do Barrio (Ourense), donde las investigaciones documentaron un impresionante recinto delimitado por una muralla de más de dos kilómetros de longitud, datada entre los siglos XIII y XI a. C. Unas dimensiones difíciles de conciliar con la imagen tradicional de pequeñas comunidades dispersas que durante mucho tiempo ha dominado nuestra visión del Bronce Final.

Ahora un nuevo trabajo1 vuelve a plantear la misma cuestión, aunque desde una perspectiva todavía más amplia.

El ejemplo de Haughey’s Fort

Navan Fort es uno de los grandes lugares simbólicos de la protohistoria irlandesa y tradicionalmente se ha interpretado como un importante centro ceremonial de la Edad del Hierro. Sin embargo, las investigaciones desarrolladas mediante prospección geofísica, magnetometría, LiDAR y excavaciones arqueológicas han revelado que este lugar formaba parte de un complejo mucho más extenso cuyo origen se remonta al Bronce Final.

Los trabajos indican que Haughey’s Fort no era un simple recinto fortificado, sino el núcleo principal de un gran complejo donde se concentraban funciones residenciales, productivas, políticas y rituales.

Las prospecciones han permitido identificar más de doscientas posibles estructuras domésticas entre viviendas y edificios auxiliares. La arquitectura, basada en construcciones circulares, incluye además varios edificios de posible carácter comunal que superan los treinta metros de diámetro, unas dimensiones extraordinarias para este periodo.

Junto a ellas se han localizado áreas dedicadas a actividades artesanales y productivas. Entre las evidencias recuperadas destacan moldes para la fabricación de espadas, restos relacionados con la metalurgia del bronce e incluso indicios de trabajos de orfebrería, lo que sugiere la existencia de una producción especializada capaz de abastecer a un territorio mucho más amplio que el propio asentamiento.

Pero quizá el dato más llamativo sea la escala del conjunto. Los investigadores han identificado un inmenso recinto delimitado por fosos que abarca unas 109 hectáreas. No significa que toda esa superficie estuviera ocupada por viviendas, sino que engloba un paisaje organizado donde se integraban las zonas habitadas, los espacios productivos, las áreas ceremoniales y las principales vías de circulación.

Para hacerse una idea de sus dimensiones basta una comparación. Si un castro presenta, por término medio, una superficie cercana a la hectárea y media y una ciudad como Lancia ronda las treinta hectáreas, el recinto de Haughey’s Fort multiplica ampliamente esas cifras.

Pero quizá lo más interesante no sea únicamente su tamaño. El estudio propone abandonar la idea de un único yacimiento para interpretar todo el entorno como un auténtico paisaje del poder. Haughey’s Fort habría concentrado buena parte de la población y de las actividades económicas, mientras que el cercano Navan Fort desempeñaría un papel ceremonial y religioso. A este conjunto se sumarían King’s Stables, una piscina natural utilizada con fines rituales, y Loughnashade, un lago donde se documentaron importantes depósitos votivos. En vez de tratarse de lugares independientes, todos ellos formarían parte de un mismo sistema territorial cuidadosamente organizado.

Un centro regional del Bronce Atlántico

El propio estudio insiste en que Haughey’s Fort no debe entenderse únicamente como un gran poblado. Se trataría de un auténtico centro regional donde coincidían el poder político, la producción artesanal, el almacenamiento de recursos, las ceremonias religiosas y los intercambios a larga distancia. Las evidencias arqueológicas muestran una intensa actividad metalúrgica, pero también importantes cantidades de cereal almacenado y consumido en el asentamiento. Los investigadores plantean incluso que el lugar pudo actuar como centro redistribuidor de alimentos y productos de prestigio para una amplia región.

A ello se suma otro aspecto interesante; los materiales recuperados muestran que Haughey’s Fort mantenía contactos con regiones muy alejadas, participando de las grandes redes de intercambio que durante el Bronce Final conectaban Irlanda con Gran Bretaña, la fachada atlántica europea e incluso la Península Ibérica.

Las evidencias de grandes banquetes colectivos documentadas en el yacimiento refuerzan además la idea de que estos lugares no eran únicamente centros económicos. Eran también espacios donde se construían alianzas, se reforzaba el prestigio de las élites y se cohesionaban comunidades enteras mediante ceremonias públicas. Todo ello ofrece una imagen muy distinta de la que durante décadas se tuvo del Bronce Final.

¿Una excepción irlandesa?

Hasta ahora predominaba la idea de que la Irlanda del Bronce Final estaba formada por pequeñas explotaciones agrícolas dispersas, con escasos núcleos de población permanentes. Este estudio propone un modelo diferente. Los autores sugieren incluso que podría tratarse de uno de los primeros complejos con rasgos proto-urbanos de la Europa atlántica noroccidental. Sin embargo, conviene matizar esta afirmación.

El hallazgo no convierte a Haughey’s Fort en el primer gran asentamiento del Bronce Final europeo. En la Península Ibérica ya conocemos poblados de gran entidad de cronologías similares e incluso anteriores, y ejemplos como Vilar do Barrio parecen responder a un fenómeno comparable de concentración de población y organización territorial.

Lo que realmente cambia este descubrimiento es nuestra visión de las Islas Británicas, donde tradicionalmente se pensaba que no existían concentraciones humanas de esta magnitud durante el Bronce Final.

¿Estamos buscando donde debemos?

Quizá lo importante de este descubrimiento no sea únicamente la existencia de un gran asentamiento irlandés. El estudio demuestra que las nuevas técnicas de investigación —como el LiDAR, la magnetometría o las prospecciones geofísicas de gran extensión— están permitiendo descubrir paisajes arqueológicos completos allí donde hasta hace pocos años sólo veíamos un recinto aislado. Eso debería hacernos mirar hacia nuestro propio territorio.

En la fachada cantábrica seguimos conociendo numerosos depósitos metálicos del Bronce Final, pero todavía somos incapaces de localizar con claridad muchos de los lugares donde vivían las comunidades que fabricaron, utilizaron y ocultaron esos objetos. Tal vez el problema no sea que esos asentamientos no existieran sino que no hemos aprendido a reconocerlos.

Durante décadas hemos buscado el Bronce Final donde resultaba más fácil encontrarlo. Descubrimientos como los de Vilar do Barrio o Haughey’s Fort demuestran que esa imagen empieza a quedarse pequeña. Más que pequeños poblados aislados, quizá estemos ante paisajes complejos donde residencia, poder, producción, intercambio y ritual formaban parte de una misma realidad.

Y si un complejo de semejante magnitud ha permanecido oculto hasta ahora en uno de los lugares más estudiados de Irlanda, cabe preguntarse cuántos grandes asentamientos del Bronce Final seguirán esperando bajo los bosques, las brañas o las tierras de cultivo de la cornisa cantábrica.

Bibliografía

  1. O’Driscoll, J., & Gleeson, P. (2026). Haughey’s Fort: a major complex of power, production and ritual in Late Bronze Age Europe. Antiquity, 1–18. doi:10.15184/aqy.2026.10382 ↩︎

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Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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