¿Cuál era la esperanza de vida de los astures en la Edad del Hierro?

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La obtención de informacíón sobre la edad que podían alcanzar los individuos de sociedades pasadas nos permite saber cosas sobre su organización social y grupal, las redes de soporte de individuos que por sí solos no serían capaces de subsistir, o la consideración social que podrían tener ciertos individuos de mayor edad.

Lo cierto es que los términos de anciano, mayor, etc… tienen una consideración relativa. Os pongo un ejemplo sencillo. En una sociedad donde la mayoría son adolescentes y jóvenes, un anciano puede ser una persona de 50 años, mientras que hoy en día el límite se situaría entre los individuos que superan los 60, según lo estipulado por la ONU, mientras que la percepción social de vejez lleva esta edad hasta los 66 a 70 años como fecha inicial de la tercera etapa de la vida. Entonces ¿cómo podemos responder a la pregunta que plantea este post?

El problema de la ausencia de necrópolis

Una de las características del estudio de los astures prerromanos es la falta de necrópolis o de evidencias funerarias, en general, más allá de los contextos rituales descubiertos en cuevas recientemente. Por tanto, el estudio de la esperanza de vida de los astures debe pasar, por fuerza, por el trabajo con hipótesis comparativas y también preveer una ausencia de certezas absolutas. Precisamente la comparativa con otras regiones del centro y norte peninsular, es decir, celtíberos, vacceos o vettones en la segunda Edad del Hierro, permite hacer una aproximación razonable.

La ausencia de necrópolis condiciona drásticamente una aproximación demográfica ya que la paleodemografía antigua se basa esencialmente en el estudio de cementerios y de restos humanos. Pero esta falta de información no significa que los astures no desarrollaran rituales funerarios complejos sino que estos dejan escasas huellas arqueológicas o símplemente esas evidencias se ven afectadas por las condiciones de conservación del medio ambiente del nororeste peninsular.

Así que, aun teniendo en cuenta que no se pueden extrapolar automáticamente todos los datos procedentes de necrópolis meseteñas, sí que podemos extraer datos sobre cuestiones relativas a la mortalidad, estructura de edad, papel social de los individuos o dinámicas demográficas de las comunidades de estas tribus.

¿Qué significa «esperanza de vida»?

Quizá lo primero que deberíamos hacer es definir qué es «esperanza de vida» y qué signficado tiene en la Prehistoria. Un dato relevante es que cuando se afirma que una población antigua tenía una esperanza de vida de entre 25 y 35 años, no significa que la mayoría de las personas muriesen a esa edad. Es un valor estadísitco. En un sentido práctico, esta cifra está condicionada por la mortalidad infantil. En sociedades preindustriales, una gran parte de los niños moría durante los primeros años de vida, lo que reduce drásticamente la media de edad. Sin embargo, quienes lograban superar la infancia y alcanzar la adolescencia tenían posibilidades razonables de vivir hasta edades maduras e incluso ancianas.

Esta cuestión aparece reflejada en diversos estudios sobre necrópolis de la Meseta. El trabajo de Raquel Liceras Garrido1 sobre género y edad en las necrópolis de la Meseta norte constituye una de las aproximaciones más recientes sobre el tema. La autora analiza diversos cementerios de la Edad del Hierro, entre ellos Carratiermes, La Yunta, Herrería III, Las Ruedas y El Pradillo, con el objetivo de estudiar las relaciones entre ajuar funerario, edad y sexo de los individuos enterrados.

Liceras Garrido subraya que las necrópolis meseteñas constituyen una fuente esencial para comprender la organización social de las comunidades del I milenio a. n. e., aunque también advierte sobre los problemas derivados de la conservación y documentación de los restos. La autora trabaja con una muestra de aproximadamente 490 individuos repartidos entre Primera y Segunda Edad del Hierro.

Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la constatación de que los individuos infantiles aparecen escasamente representados en muchas necrópolis. Este dato podría interpretarse erróneamente como un signo de baja mortalidad infantil, pero la propia autora insiste en que probablemente responde a sesgos arqueológicos y rituales. En contextos de cremación, los restos óseos infantiles son mucho más difíciles de conservar e identificar. Además, algunos grupos pudieron aplicar rituales funerarios diferentes a los niños, lo que explicaría parcialmente su invisibilidad arqueológica. Esta cuestión es especialmente importante porque afecta directamente a cualquier cálculo sobre esperanza de vida. Si los niños muertos no aparecen representados en el registro funerario, la población parece artificialmente más longeva de lo que realmente fue. Por ello, los especialistas insisten en que las cifras paleodemográficas deben interpretarse siempre con cautela.

El estudio de Liceras también muestra una presencia significativa de individuos adultos y maduros, lo que contradice la imagen popular de sociedades donde apenas existían ancianos. Los registros funerarios documentan adultos jóvenes, individuos maduros y algunos casos de edades avanzadas. Aunque la esperanza de vida media fuese baja, la existencia de personas de cincuenta o sesenta años no debió de ser excepcional dentro de quienes superaban las fases más peligrosas de la vida.

La importancia de la mortalidad infantil en las sociedades antiguas ha sido ampliamente reconocida por la demografía histórica. En comunidades agrícolas y ganaderas como las de la Edad del Hierro peninsular, las enfermedades infecciosas, la desnutrición periódica y las dificultades del parto elevaban enormemente la mortalidad durante los primeros años de vida. A ello se sumaban problemas de higiene, limitaciones médicas y crisis alimentarias derivadas de malas cosechas o fenómenos climáticos adversos.

En este sentido, el ámbito castreño del noroeste probablemente compartía muchas de estas características. La economía de los astures dependía de un equilibrio relativamente frágil entre agricultura, ganadería y aprovechamiento del entorno. Aunque las comunidades castreñas supieron adaptarse eficazmente al medio atlántico, ello no eliminaba los riesgos asociados a enfermedades, accidentes o carencias alimentarias.

Poblaciones predominantemente jóvenes

Otro trabajo fundamental para abordar estas cuestiones es el de Jesús R. Álvarez-Sanchís2 sobre la demografía de los vettones. Este estudio analiza las necrópolis de la Meseta occidental. El autor insiste desde el comienzo en que los restos funerarios constituyen una de las principales fuentes para estudiar las sociedades protohistóricas, aunque también advierte de sus limitaciones metodológicas. Destaca que las poblaciones de la Edad del Hierro debieron de presentar estructuras demográficas muy jóvenes, caracterizadas por altas tasas de natalidad y mortalidad. Las pirámides de población serían completamente distintas de las actuales, con una proporción muy elevada de niños y jóvenes y un número relativamente reducido de ancianos.

El autor también señala que las estimaciones de esperanza de vida para estas sociedades suelen situarse aproximadamente entre los 25 y 35 años al nacimiento, aunque insiste en que esta media está profundamente condicionada por la mortalidad infantil. Una vez superada la infancia, las probabilidades de alcanzar edades maduras aumentaban considerablemente.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo de Álvarez-Sanchís es su reflexión metodológica sobre las limitaciones de la paleodemografía protohistórica. Muchas de las necrópolis vettonas practicaban la cremación, lo que dificulta enormemente la identificación biológica de los individuos. Los huesos aparecen fragmentados y alterados térmicamente, dificultando la estimación de edad y sexo. Además, los restos infantiles son especialmente frágiles y pueden desaparecer casi por completo durante el proceso funerario.

Factores que afectan a la esperanza de vida

Las comparaciones con vettones, vacceos y celtíberos permiten, al menos, establecer ciertos marcos generales plausibles. Las comunidades de la Edad del Hierro compartían economías agropecuarias, estructuras tribales y condiciones sanitarias relativamente similares. Aunque existiesen diferencias regionales importantes, parece razonable pensar que los parámetros demográficos básicos no debieron de ser radicalmente distintos.

Las necrópolis celtibéricas ofrecen además información interesante sobre la composición social de las comunidades. En algunos cementerios se observa una diferenciación clara en los ajuares funerarios, con presencia de armas, adornos metálicos y objetos de prestigio asociados a determinados individuos. Esto refleja la existencia de desigualdades sociales que probablemente también influían en la supervivencia y la calidad de vida. Las diferencias sociales debieron de afectar a la alimentación, la exposición a la violencia y el acceso a recursos. Los individuos de mayor rango quizá disfrutaron de mejores condiciones materiales, aunque también pudieron participar más activamente en conflictos armados. Por el contrario, los sectores más humildes probablemente estuvieron más expuestos a la malnutrición y a trabajos físicos intensos.

La violencia constituye otro factor importante para comprender la esperanza de vida en la Edad del Hierro. Las fuentes clásicas describen con frecuencia a los pueblos del norte y del interior peninsular como sociedades guerreras. Aunque estas descripciones deben interpretarse críticamente, la arqueología confirma la existencia de conflictos frecuentes, fortificaciones y armamento abundante.Sin embargo, resulta difícil determinar hasta qué punto la guerra afectaba realmente a la mortalidad global. Incluso en sociedades con fuerte presencia militar, las enfermedades infecciosas y las complicaciones derivadas del parto probablemente causaban muchas más muertes que el combate directo. Las epidemias gastrointestinales, respiratorias o parasitarias debieron de constituir una amenaza constante.

La mortalidad femenina relacionada con el embarazo y el parto debió de ser especialmente elevada. Aunque la evidencia osteológica es limitada, numerosos estudios demográficos sobre sociedades preindustriales muestran que las mujeres enfrentaban riesgos constantes asociados a la maternidad. En comunidades con altas tasas de fecundidad y escasos recursos médicos, el parto constituía una de las principales causas de muerte femenina en edad adulta.

La dieta también desempeñaba un papel fundamental en la salud y la supervivencia. Las comunidades castreñas del noroeste desarrollaron una economía basada en cereales, ganadería y aprovechamiento de recursos silvestres. Diversos estudios arqueobotánicos y zooarqueológicos indican el consumo de trigo, cebada y mijo, junto con carne de bovinos, ovicaprinos y porcinos.

Aunque esta dieta podía ser relativamente equilibrada en períodos normales, las malas cosechas o crisis climáticas podían generar episodios de escasez. Además, la dependencia de trabajos agrícolas y ganaderos implicaba un elevado desgaste físico. Las patologías degenerativas observadas en algunos restos óseos protohistóricos indican esfuerzos continuados y actividades físicamente exigentes.

El trabajo de Álvarez-Sanchís también relaciona las dinámicas demográficas con el poblamiento. El autor sugiere que muchas comunidades vettonas debieron de ser relativamente pequeñas y dispersas, organizadas en castros y oppida conectados territorialmente.

Este modelo puede resultar útil para comprender el caso astur. El poblamiento castreño del noroeste se caracteriza por una gran dispersión y por la existencia de numerosos asentamientos de pequeño y mediano tamaño. Aunque algunos castros alcanzaron dimensiones considerables, la mayoría de las comunidades probablemente no concentraba poblaciones muy elevadas.

Una densidad demográfica relativamente baja pudo tener consecuencias ambiguas. Por un lado, la dispersión poblacional quizá reducía parcialmente la propagación rápida de ciertas epidemias. Por otro, el aislamiento y las limitaciones económicas podían dificultar el acceso a recursos durante períodos de crisis.

Otro elemento importante es el impacto del clima. Algunos estudios sobre la Edad del Hierro europea señalan la existencia de fases climáticas más frías y húmedas durante determinados períodos del I milenio a. n. e. Estas oscilaciones climáticas pudieron afectar a la productividad agrícola y, en consecuencia, a la nutrición y la mortalidad.

En el caso del noroeste peninsular, las condiciones atlánticas implicaban altos niveles de humedad y precipitaciones. Aunque las comunidades castreñas supieron adaptarse eficazmente al medio, ello no eliminaba los riesgos de enfermedades respiratorias, infecciones y deterioro de las cosechas.

Conclusiones

La ausencia de datos directos sobre los astures obliga, en cualquier caso, a mantener una gran prudencia interpretativa. No puede afirmarse con exactitud cuál era la esperanza de vida real en las comunidades astures de la Edad del Hierro. Sin embargo, las comparaciones con pueblos próximos sugieren un escenario compatible con otras sociedades protohistóricas europeas: alta mortalidad infantil, baja esperanza de vida media al nacimiento y presencia significativa de adultos maduros y ancianos entre quienes superaban la infancia.

Este tipo de conclusiones resulta especialmente útil para desmontar ciertos tópicos populares sobre las sociedades antiguas. A menudo se imagina a los pueblos prerromanos como comunidades donde casi nadie superaba los treinta años. En realidad, las sociedades de la Edad del Hierro incluían individuos ancianos, figuras de autoridad y personas con larga experiencia vital. La diferencia fundamental respecto al mundo moderno no era tanto la imposibilidad de alcanzar edades avanzadas como la enorme fragilidad de los primeros años de vida.

La arqueología funeraria también permite reflexionar sobre la dimensión social de la muerte. Las necrópolis no reflejan simplemente datos biológicos, sino también decisiones culturales. Determinados individuos podían recibir tratamientos funerarios especiales, mientras que otros quizá quedaban excluidos de ciertos espacios rituales. Esto significa que el registro arqueológico nunca representa automáticamente a toda la población.

Liceras Garrido insiste precisamente en la necesidad de combinar análisis antropológicos y arqueológicos para evitar interpretaciones simplistas. Durante mucho tiempo, algunos ajuares funerarios fueron atribuidos automáticamente a hombres o mujeres según criterios tradicionales, sin respaldo osteológico suficiente. Este problema muestra hasta qué punto la investigación sobre las sociedades protohistóricas continúa evolucionando metodológicamente. La combinación entre arqueología, antropología física y demografía histórica permite hoy aproximaciones mucho más complejas que las disponibles hace algunas décadas. Aun así, los límites siguen siendo enormes, especialmente en regiones como el noroeste peninsular, donde el registro funerario es extremadamente escaso.

Para el caso concreto de los astures, probablemente lo más prudente sea hablar de “parámetros demográficos plausibles” más que de cifras exactas. Todo indica que compartieron muchos rasgos con otras sociedades célticas y protocélticas del interior peninsular: elevada mortalidad infantil, fuerte dependencia agropecuaria, poblaciones relativamente jóvenes y supervivencia prolongada de quienes alcanzaban la edad adulta.

Las investigaciones futuras quizá modifiquen parte de estas interpretaciones. Nuevos hallazgos funerarios o avances en técnicas bioarqueológicas podrían ofrecer información más precisa sobre salud, dieta y mortalidad en el ámbito castreño. La aplicación de análisis isotópicos, ADN antiguo y estudios microscópicos abre perspectivas prometedoras para comprender mejor las poblaciones del noroeste prerromano. Mientras tanto, la comparación con vettones, vacceos y celtíberos sigue siendo una herramienta válida y necesaria. No permite conocer exactamente cuánto vivía un astur de la Edad del Hierro, pero sí aproximarse al contexto biológico y social en el que desarrollaban su existencia las comunidades castreñas.

En definitiva, la esperanza de vida de los astures debió de estar marcada por una paradoja característica de las sociedades antiguas: una media estadística baja debido a la enorme mortalidad infantil, combinada con la existencia real de adultos maduros y ancianos. La vida era más incierta y vulnerable que en la actualidad, pero no necesariamente breve para todos. Quienes conseguían superar la infancia podían vivir durante décadas, alcanzando los 50 o 60 años de edad. Podían participar activamente en la vida comunitaria y alcanzar posiciones de prestigio, como nos indica Estrabón cuando dice que se sientan por orden anteponiendo la edad y la preemiencia social a otros factores, dentro de las estructuras tribales del mundo castreño.

Bibliografía

  1. Liceras Garrido, R. 2021: “Género y edad en las necrópolis de la meseta norte durante la Edad del Hierro (siglos VI-II a. n. e.)”, Trabajos de Prehistoria, 78(1), pp. 121-139. ↩︎
  2. Álvarez-Sanchís, J. R. 2010: “La paleodemografía de los vettones”, Revista de Demografía Histórica, 28(1), pp. 71-90. ↩︎

Astures
Astureshttps://astures.es/proyecto/
Me apasiona la historia de Asturias y los astures en todas sus facetas. Pateando museos y yacimientos. Excavando cuando puedo y divulgando como mejor sé.

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