En este post vamos a abordar un tema que tiene un interés fundamental en la comprensión de los medios de producción al alcance de las sociedades de la Edad del Hierro en el territorio de los astures.
El empleo de animales de tiro en las tareas agrícolas ha sido interpretado tradicionalmente como un exponente de la capacidad de producción de los grupos humanos que las emplean. Más allá de un sistema de producción destinada a la simple subsistencia, el uso de animales en estos trabajos permite una mayor extensión de cultivos con menos esfuerzo y también una profundidad mayor al arar que la que se alcanza con el trabajo manual.
Pero ¿De qué manera se puede determinar si se emplean estos animales o no? La respuesta es más compleja de lo que parece a primera vista. Vamos a ver cómo se obtienen estos datos en otros lugares y cómo se aborda el tema desde la perspectiva de los castros astures.
El problema de la detección de evidencias de tiro en animales
La tarea de identificar animales de tiros en contextos arqueológicos no es sencilla. La tracción animal no deja huellas evidentes en todos los restos óseos y además, cuando lo hace, se pueden confundir con otras patologías propias de la edad, lo que añade una dificultad mayor a la interpretación de estas evidencias.
La metodología empleada está en desarrollo y hay ejemplos recientes, como este artículo1 sobre la detección de huellas de tiro en animales de la Edad del Bronce en Inglaterra, que aportan novedades en cuanto a las pautas empleadas en el proceso. Lo cierto es que es un análisis a través de diferentes perspectivas. Un modelo que combina un análisis paleopatológico, biométrico y de control de variables biológicas propias de estos animales.
Con ellos se enfrentan a retos como el que el tiro no genera necesariamente modificaciones estructurales, o que las huellas pueden ser ambiguas o la propia situación de los restos óseos, que normalmente aparecen demasiado fragmentados o dañados por el tiempo.
Por esta razón, hasta no hace demasiado, el empleo de animales de tiro se infería de datos indirectos, como el desarrollo de agricultura intensiva o la aparición de objetos como rejas de arado, etc…
Sin embargo ahora las posibildades se multiplican.
El problema de los castros astures
Seguro que habéis leído en algún momento que nuestros suelos (los de Asturias) son excesivamente ácidos y los huesos no se conservan. Es una de las razones que dificultan, y mucho, el encontrar evidencias de enterramientos o de contextos funerarios en nuestro territorio.
Lo mismo pasa con los huesos de animales. Además, el enfoque de la investigación se ha dirigido más hacia las huellas antrópicas de estos asentamientos (arquitectura, cultura material, etc…) que a los de fauna. De hecho, cuando se analiza, la mayoría de las ocasiones es para documentar la industria ósea de los yacimientos.
Sin embargo, hay excepciones. En la Campa Torres2 y en Llagú se han hecho análisis de fauna contando con muestras de una amplitud considerable (por ejemplo 15000 fragmentos en Llagú) que han permitido hacer estudios porcentuales de consumo, cría, etc… de animales en estos poblados fortificados.
Probablemente, la mayoría de conclusiones que se han obtenido parten de estos estudios realizados entre otros investigadores por Gemma Adán3.
Por tanto las huellas de tracción animal en los huesos no fueron analizadas siguiendo los criterios que os voy a comentar a continuación y se ha inferido el uso de animales de tiro (hoy en día se acepta generalmente) a través de la cultura material (por ejemplo las rejas de arado, que son un tema de discusión candente) o la necesidad de nuevas herramientas de transformación de materias primas, como por ejemplo molinos rotatorios, etc…
Recientemente se ha publicado un trabajo interesantísimo sobre las evidencias de animales de tiro en contextos arqueológicos británicos que contiene una serie de planteamientos que podrían aplicarse en nuestro territorio si se realizaran investigaciones en este sentido. Os lo cuento.
Una nueva metodología. El estrés biomecánico
Un buen punto de partida de esta búsqueda de pruebas, es tener en cuenta que el uso repetido de un animal para tareas de tiro genera un estrés mecánico continuado en su sistema locomotor. En palabras más sencillas, esto quiere decir que esta tarea tiene consecuencias que se van acumulando en la estructura ósea del animal, que son perceptibles en un análisis en detalle.
Uno de los lugares donde se producen especialmente es en las extremidades. Por ejemplo se puede producir un cambio óseo o deformaciones concretas a consencuencia del esfuerzo. También una degeneración articular o el desarrollo de ciertas patologías específicas.
Concretamente producen huellas visibles en los huesos que soportan la carga del esfuerzo, como los metacarpos y los metatarsos y especialmente las falanges primera y segunda.
Así que si se analizan estos huesos es posible obtener información.
Para llevar a cabo la investigación, por tanto, es necesario contar con una muestra amplia de restos que permitan este tipo de análisis, y en el caso de la Asturia transmontana, apenas se cuenta con dos yacimientos en los que los restos óseos alcancen un volumen significativo; la Campa Torres y Llagú.
Analizando el índice patológico (Pathologial Index, PI)
En 1997, László Bartosiewicz y otros investigadores, desarrollaron una herramienta que permitía cuantificar las patologías óseas específicamente producidas por las tareas de tiro en animales. Este método estaba pensado para esqueletos relativamente completos lo cual se aleja bastante de la realidad de los contextos arqueológicos que tenemos en nuestro país. Sin embargo, sienta una base sobre la que se pueden desarrollar otros métodos adaptados a contextos donde los huesos aparecen más fragmentados.
El proceso, muy resumidamente, consta de tres pasos
-Identificación de lesiones en los huesos
-Puntuación de las lesiones según su gravedad
-Cálculo de un índice global
Las patologías buscadas son muy diversas y comprenden algunas típicas como la exóstosis o crecimiento anómalo del hueso, depresiones o cavidades anómalas, fusiones óseas o signos de pulido de la superficie de la articulación, entre otras.
La metodología empleada más recientemente, modifica el análisis del índice patológico para adaptarlo precisamente a la fragmentación excesiva de los restos óseos que suelen aparecer en contextos arqueológicos. Lo que hacen básicamente es calcular el índice por partes anatómicas en vez de por individuos y promedia los resultados a nivel de conjunto.
Otro de los pilares en los que se sustentan las nuevas técnicas de investigación es en el análisis de las formas de los huesos. Cuando se producen cambios, generalmente obedecen a consecuencias de trabajos repetitivos, que suelen ser adaptaciones estructurales a la carga o el tiro. Este tipo de cambios se someten a comparación con los de otros animales del mismo periodo que no presentan estos cambios o en caso extremo con animales contemporáneos de los que tenemos ejemplos de animales de tiro y otros que no se emplean en esas tareas donde se pueden observar estas patologías.
Por último se tienen en cuenta factores como la edad (a través de la dentición y otras evidencias), el tamaño corporal, los dimorfismos derivados del sexo, etc… lo que permite evitar errores de interpretación.
Un cambio de enfoque en la nueva metodología
Los análisis empleados en trabajos como el que os comentaba, desarrollado en Inglaterra, buscan una nueva perspectiva que pasa del individuo concreto al estudio de poblaciones de animales a través de tendencias generales.
Además suelen ser estudios de larga duración que comparan contextos como el Neolítico, la Edad del Bronce, la del Hierro o época romana. Con eso se detectan patrones de uso ganadero en determinados periodos (este artículo propone la introducción de animales de tiro durante la Edad del Bronce en Inglaterra, algo que se aceptaba en la mayoría del occidente de Europa en este periodo).
Esta perspectiva de larga duración ha dado resultados interesantes. Por ejemplo que desde el Bronce se desarrolla el tiro y que en etapas posteriores ya está consolidado. Sin embargo dentro de ese marco temporal hay una amplia variabilidad regional que responde a diferencias culturales y a la adaptación de contextos específicos. Por ejemplo depende de los tipos de suelo, pendientes, etc…
El sistema puede detectar sistemas agrarios más complejos, intensificación económica o la identificación de cambios tecnológicos que, en conjunto, implican el desarrollo de agricultura extensiva, aumentos de producción agraria y transformación del paisaje.
La ventaja, sin duda, es la detección directa de evidencias de tiro con pruebas cuantificables en vez de los análisis de consumo o las interpretaciones económicas generales derivadas de otras evidencias.
En definitiva. Se puede mejorar.
Suele ocurrir que las muestras óseas se empleen para obtener las necesarias dataciones absolutas a través de radiocarbono o que en otras ocasiones, con la identificación de especies, edades, etc… ya se da por concluido el estudio de estas evidencias óseas, por lo que no se profundiza en las huellas de lesiones o deformidades ocasionadas por el esfuerzo. La excavación en extensión permitiría obtener cantidades reseñables de material que permitieran realizar este tipo de análisis que se exponen. Pero ya hemos comentado en otras ocasiones que la dinámica de la investigación actual se basa en pequeños sondeos, que son realmente adecuados para determinados tipos o fases de la investigación arqueológica de un asentamiento.
No es de extrañar, por tanto, que los lugares donde se han obtenido este tipo de evidencias sean en castros como Llagú (el único excavado al completo) o la Campa Torres (uno de los más excavados y con mayor extensión del territorio transmontano), así que hacia este último dirijo mis esperanzas de ver datos en el futuro 🙂
Otro lugar interesante por el volumen de huesos que se pueden obtener, son contextos como las simas, o cavidades del centro-oriente de Asturias4. La dificultad en estos sitios es determinar un margen temporal de estos restos ya que suelen aparecer revueltos dentro de la estratigrafía del conjunto, y aquí se están haciendo trabajos interesantes actualmente.
Veremos qué nos depara el futuro.
Bibliografía
- Liu, P. y Albarella, U. (2026). «The origins of animal traction in Britain: implications for technological and social developments in the Bronze Age». Archaeological and Anthropological Sciences. DOI: https://doi.org/10.1007/S12520-026-02455-Z ↩︎
- Von Lettow-Vorbeck, C. y García, J. (2005). La fauna de mamíferos del yacimietno de la Campa Torres (Gijón, Asturias, España). Zephyrus. 58 ↩︎
- Adán Álvarez, G. (2003) Las transformaciones del material óseo en el «castiello de Cellagú» (Latores, Oviedo): La arqueofauna y el utillaje óseo desde el siglo V a.C. al II d.C. en Asturias (España). Zephyrvs. 56 ↩︎
- Estaca Gómez, V., de Luis Mariño, Susana y Serna Gancedo, M. L. (2023) Primer estudio zooarqueológico de la cueva de La Cerrosa-Lagaña (Suarías, Peñamellera Baja, Asturias): la fauna como evidencia de prácticas rituales durante la Edad del Hierro. Cuaternario y Geomorfología. doi: 10.17735/cyg.v37i3-4.102941. ↩︎


