Castro de San Chuis. Google Earth

Terminado el curso estoy haciendo recopilación de los distintos trabajos que presenté este año en el Grado de Historia. Uno de los que más me gustó hacer fue este trabajo sobre arquitectura castreña para Arqueología Clásica. Está en PDF en mi perfil de Academia.

INTRODUCCIÓN

El estudio del hábitat castreño, en el territorio astur transmontano, define el paso de una sociedad protohistórica a una sociedad plenamente histórica con la llegada de Roma. El castro en sí mismo, es el espacio que define la Edad del Hierro en estas comunidades, y del análisis de su morfología, de la distribución interna de su espacio, así como de los elementos arquitectónicos que lo conforman, podemos extraer una serie de indicios de cómo era la sociedad que los habitaba. De una implantación en el territorio astur que se retrotrae hasta el siglo VII a.C. hasta una pervivencia de algunos recintos en plena Tardoantigüedad, es evidente que debemos atender a los cambios que han experimentado durante ese periodo. Uno de ellos, ha sido interpretado como el más relevante, y es la presencia en el territorio de una potencia extranjera como es Roma, sin embargo vemos que la incorporación del territorio al ámbito romano no es inmediato a la conclusión de las Guerras astur-cántabras a finales del siglo I a.C. sino que es un proceso largo que tiene lugar entre los siglos I y II d.C y es precisamente a finales de este periodo cuando observamos el fin de la cultura castreña como tal.

REVISIÓN HISTORIOGRÁFICA DEL ESTUDIO DE LA CULTURA CASTREÑA EN ASTURIAS

El estudio del hábitat castreño del noroeste de la Península Ibérica comienza a finales del siglo XIX en tres ámbitos geográficos distintos. Por un lado las citanias del norte de Portugal, comenzando por Briteiros, que fue excavada por Martíns Sarmento (Romero, 1976:XI) que inicia un estudio sistemático del yacimiento. Por otro lado los castros gallegos de la mano de Cuevillas, Bouza Brei, etc. que estudian los asentamientos galaicos desde la óptica de un nacionalismo gallego que condiciona tanto el análisis como las conclusiones de su trabajo. Por último un primer acercamiento al análisis de los poblados del occidente asturiano lo constituyen los trabajos en Coaña por José María Flórez en 1878 una excepción en la época dentro del contexto asturiano de estos asentamiento.

Para los castros de pleno territorio astur el comienzo de los estudios llega con las referencias del Picu’l Castru de Caravia por parte de Aurelio de Llano Roza de Ampudia incluídas en “El Libro de Caravia” publicado en 1919.

García y Bellido reexcava el Castro de Coaña en los años 40 abordando el estudio de la arquitectura castreña y planteando una serie de cuestiones de funcionalidad y estructura que sentarán las bases del análisis del hábitat en este tipo de poblados. (García y Bellido, 1940:110) Apenas una década después los estudios esporádicos de castros del occidente de Asturias como los de La Escrita o la Corona de Arancedo en torno a los años 50 del siglo pasado, realizados por J. Fernández Buelta, el castro del Esteiro en Tapia de Casariego por Labandera Campoamor a finales de los años sesenta, o Mohías por Jesús Martínez y Juan Manuel Junceda, son las únicas referencias en un panorama en el que predomina la escasez de investigaciones en los recintos castreños de Asturias.

En el centro de la región no obstante destaca el trabajo investigador de Jose Manuel González quien desde los años cincuenta mantuvo un continuo flujo de publicaciones que tenían como ámbito de estudio de objetos arqueológicos recuperados en recintos castreños de la región, y que desembocará en el catálogo más completo de asentamientos de este tipo en el Principado, con su “Catalogación de los castros asturianos” que luego se iría completando en las décadas siguientes.

En los años setenta ven la luz publicaciones como la de “Antiguos pobladores de Asturias” de Jose Manuel González en 1976 que aborda el estudio sistemático de los poblados dentro de un análisis de la protohistoria asturiana, en el que incluye un mapa actualizado del catálogo de castros publicado en 1966. También asistimos al nacimiento de la Enciclopedia temática de Asturias, donde el mundo castreño ocupa un lugar destacado, o la Historia de Asturias, coordinada por  D. Eloy Benito Ruano que, a mi modo de ver, son los primeros hitos en la divulgación a gran escala, entre el público no especializado, de la protohistoria asturiana y del mundo castreño en particular, y que al mismo tiempo son responsables de la concepción que este público tiene de este momento de nuestro pasado.

En las últimas décadas del siglo XX se produce un aumento considerable de las publicaciones arqueológicas referidas al ámbito de la arquitectura castreña, sobre todo con los estudios de Jorge Camino en Villaviciosa, Berrocal y otros en Llagú, J. L. Maya y Cuesta en la Campa Torres, o Elías Carrocera en el Castillo de San Martín, sin olvidarnos de la intensa labor en los castros del Navia-Eo por A. Villa y otros en el ámbito de la creación del Parque Arqueológico del Navia (Villa, 2008:723). Castros como San Chuis, Pendia, Pelou o Taramundi se estudian en ese momento con un criterio distinto al de décadas anteriores, propiciado por los nuevos avances en la disciplina y los diferentes planteamientos teóricos utilizados. Coincide con un periodo en el que la opinión pública se interesa por el pasado protohistórico de Asturias promovidos además por algunos lamentables hechos históricos como la destrucción del castro de Llagú que ocupó muchas páginas de la prensa regional en su momento.

Un poco antes, en 1980 comienza además la elaboración sistemática de un inventario arqueológico regional que como consecuencia  impulsa las investigaciones e intervenciones en el mundo castreño asturiano (González Álvarez, 2014:16).

En ese momento se pone de manifiesto la división entre una corriente indigenista y una corriente romanista centrada en el occidente de Asturias que va a tener consecuencias interpretativas y de datación en el estudio de la arquitectura castreña. Las opiniones enfrentadas se refieren principalmente a la datación de los castros, con defensores de cronologías antiguas como el Bronce final que apuntaba J.L. Maya en base a objetos recuperados en intervenciones anteriores y su paralelismo con otras áreas de influencia de la cultura castreña como Portugal o Galicia, a pesar de la ausencia de un corpus importante de objetos que hubieran sido recuperados en excavaciones sistemáticas de los yacimientos (Marín Suarez, 2004:29), y los defensores de cronologías romanas para la fundación de los castros, centradas en los asentamientos de la cuenca del Navia basada en los conocimientos arqueológicos del momento.

La publicación en 1996 del artículo de varios estudios que recogen cronologías antiguas para los castros, no solamente de la Asturias central y oriental, sino de la occidental, ofreciendo como fecha contrastada para los asentamientos antiguos en torno a mediados del siglo VII a.C. marca el final de la discusión, sobre todo en el occidente de Asturias

El cambio de siglo se caracteriza por una investigación en este sentido, centrada en la cronología de los asentamientos castreños y su primera fundación, pero también en factores y planteamientos de nuevo cuño como la arqueología del paisaje, estudios de urbanismo y arquitectura como los llevados por Rodríguez del Cueto en Pendia (Rodríguez, 2016:249) y Villa Valdés en el Chao Samartin, los estudios de actividades concretas como la minería prerromana y romana, que también son objeto de revisión cronológica y que están en estudio en este momento a través de proyectos como el que estudia asentamientos del valle del Narcea con el proyecto Beriso, y también la relación de los asentamientos con el proceso de ocupación militar romana del territorio a través de campamentos militares, que es uno de los objetos de estudio más trabajados en el momento.

QUÉ ENTENDEMOS POR CULTURA CASTREÑA. ÁMBITO GEOGRÁFICO Y TEMPORAL

Vamos a establecer cuál va a ser nuestro contexto de estudio en su marco geográfico y temporal. Tradicionalmente se ha venido identificando la cultura castreña con una serie de rasgos culturales que se observan en los contextos arqueológicos de la Edad del Hierro, en un territorio que podríamos definir de forma general como el noroeste de la Península Ibérica. Este territorio, poblado por etnias cuyos nombres nos han llegado a través de las fuentes clásicas y la epigrafía, ya que los pueblos que las componen carecían de escritura propia, estaría compuesto básicamente por los pueblos galaicos y astures.

De cualquier manera los límites de la cultura castreña en la historiografía contemporánea han sido objeto de redefinición en cuanto a que inicialmente se ha considerado, por parte de un grupo de investigadores gallegos principalmente, que esta cultura sólo puede ser llamada así en el territorio estrictamente galaico, que incluiría por el oeste hasta el río Navia en Asturias, el oeste de León y bajaría hasta el norte de Portugal con el Duero como límite inferior (Romero, 1976:2), y que considera los territorios astures como una zona de influencia de la cultura castreña, que también recibe influencias de las culturas celtibéricas de la meseta.

Este planteamiento simplista ha quedado obsoleto a medida que se han realizado excavaciones, tanto en territorio astur augustano (al sur de la Cordillera Cantábrica) como en el territorio transmontano (en la Asturias actual, entre los ríos Navia y Sella). Fruto de estas investigaciones se ha documentado una cultura de la Edad del Hierro entre los astures transmontanos con una gran similitud a los castros del conventus lucense, no sólo en los castros del occidente de Asturias, de ámbito galaico sino en los del centro de la región como el de Llagú e incluso en los orientales como Moriyón. (Camino Mayor, 2003:160)

Actualmente se considera que no existe una sola cultura castreña, sino que deberíamos hablar de culturas castreñas (Álvarez et ali.,2011:221) que se definen en el territorio en base al estudio de ciertos elementos arqueológicos que las definen. Por otro lado, la pretendida independencia de la cultura castreña concebida como algo exclusivamente galaico, separado del resto de la Península, carece de sentido cuanto más avanza la investigación y se constata la influencia de la Meseta, e incluso del Mediterráneo, así como del Atlántico en su territorio.

En cuanto al marco temporal veremos que los límites temporales han sido objeto de debate, sobre todo los relacionados a los momentos de fundación de los castros, teniendo en cuenta como media que los más antiguos son del siglo VII .C. el momento final de los mismos podríamos establecerlo entre los siglos II y III d.C. cuando el modo de poblamiento sufre transformaciones de calado en el territorio astur transmontano.(Villa, 2007:51)

EL CASTRO COMO ASENTAMIENTO CARACTERÍSTICO DEL PERIODO.

La definición más sencilla de castro podría ser un conjunto de cabañas situadas en un lugar de fácil defensa y perimetradas por una muralla. Desde este concepto podemos agregar el resto de características que completan esta definición. Se acepta que son asentamientos de la Edad del Hierro, y que las cabañas que se ubican en su interior pueden estar construidas de distintos materiales pero siempre tienen techumbre vegetal. (Villa, 2008:730). El sistema defensivo puede ser una muralla o un conjunto de varias murallas y fosos además de otros elementos. Por último su ubicación en un lugar de fácil defensa puede ser un lugar elevado, pero también en la costa en un promontorio marino.

Es fácil ver que no es ni un concepto único ni que permanezca inalterado a lo largo del tiempo, como vamos a ver a lo largo de este trabajo. El conocimiento, cada vez más completo, de los asentamientos a través de la investigación arqueológica, contribuye como es lógico, a la redefinición del concepto.

Otro factor a tener en cuenta es el tamaño variable de los castros. Hablamos de asentamientos que van desde pequeños lugares de defensa asociados a complejos mineros, hasta las denominadas citanias del norte de Portugal, que no son otra cosa que auténticas capitales con poblados satélites a su alrededor.

Por último es conveniente hacer mención a su funcionalidad más allá de ser un recinto defensivo. En una primera fase los poblados castreños se construyen en zonas elevadas, y son auténticos bastiones con un carácter eminentemente defensivo (Villa, 2007:30) . Sin embargo en una segunda fase, los poblados se construyen en cotas más bajas situadas en lugares más próximos a los campos de cultivo circundantes, así como a explotaciones mineras de las proximidades. Es en este momento cuando vemos un aumento de las fortificaciones debido probablemente a su ubicación en lugares más inseguros. En realidad lo que percibimos es una adaptación del poblado a las necesidades crecientes de explotación del entorno de los habitantes del castro. Una adaptación funcional de los mismos, manteniendo su carácter defensivo y que sin embargo en el interior no parece tener apenas reflejo en las construcciones hasta una tercera fase, ya con la presencia romana en el territorio donde las élites locales comienzan a demandar un, digamos, estilo de vida romano, que tiene su reflejo en la arquitectura.

De la suma de elementos que constatamos en los asentamientos castreños del noroeste podemos crear un castro ideal con los siguientes elementos de fuera a adentro.

– Un sistema defensivo

Compuesto de taludes, murallas, fosos y contrafosos. Es una constante habitual en los castros y la primera huella arqueológica que percibimos en el paisaje. Lo que llamamos contrafosos suelen ser los restos de una muralla derrumbada o de un parapeto de tierra y piedra donde incluso se podría ubicar una empalizada. (Romero, 1976:29)

Poblados astures de la Edad del Hierro. Análisis formal y funcional
Fig. 1. Planta del castro de Llagú con los restos arquitectónicos documentados.(Berrocal-Rangel, 2002: 136)

Las defensas del castro son más potentes en el lugar donde más vulnerable es el asentamiento. Por ejemplo en los castros costeros se ubican en el istmo o franja de tierra que une al promontorio con la costa, sin embargo suele perimetrar todo el recinto habitable excepto en aquellos lugares donde las defensas naturales sean inexpugnables, como por ejemplo el perímetro de los castros costeros, donde el propio acantilado ejerce la función defensiva, y donde es posible que se cerrara con una empalizada.

El número de murallas y fosos varía considerablemente, así como su forma. En los castros costeros parece que las murallas se restringen solamente al lugar donde el poblado se une a tierra, y se establecen en número y extensión variable. En los castros ubicados en la cima de pequeñas colinas, con forma más o menos circular se constituyen defensas perimetrales que rodean todo el recinto castreño y que pueden ser concéntricas como vemos en asentamientos de difícil defensa.(Romero, 1976:38)

Entre las líneas de murallas se definen unos espacios, generalmente uno aunque pueden ser varios, que reciben el nombre de antecastro. Se ha estudiado su morfología con el objeto de determinar su funcionalidad, y se creía que tenían una utilidad accesoria, bien para la estabulación de ganado, o agrícola, cuando no se aprecian construcciones, o bien como ampliación del espacio urbano, en los casos en que se aprecian edificaciones destinadas a las viviendas. De hecho, a medida que avanzan las investigaciones en los castros del noroeste se aprecian más construcciones en estos recintos, por lo que actualmente se cree que son ampliaciones del recinto habitacional que en ocasiones superan en espacio al propio recinto interno del mismo. En otros casos se constata su uso eminentemente funcional.

En el sistema defensivo se ubica el acceso principal (y en ocasiones secundarios) al recinto interior del asentamiento. Estas puertas, que no siempre lo son a la manera en la que los entendemos actualmente, son simplemente accesos en los muros que se refuerzan con bastiones (torres, o ampliación del grosor de la muralla), que adoptan diversas formas, la mayor parte destinadas a controlar el acceso al castro haciendo transitar al visitante por un circuito de fácil defensa.

– Recinto castreño

Es el lugar donde se construyen las edificaciones, tanto de tipo habitacional, como de tipo auxiliar, talleres, almacenes, etc. Este espacio, que es donde se desarrolla la vida en el asentamiento, es el lugar que mejor caracteriza la imagen que tenemos del poblado castreño, con sus edificaciones y su distribución urbana, que analizaremos.

En el recinto castreño, de forma generalmente circular o elíptica (Romero, 1976:34) cuando se ubican en la cima de un alto (corona), o de formas variadas cuandos se adaptan a las circunstancias del terreno, se encuentran todas las edificaciones que asociamos al mundo castreño, desde las cabañas de distintas formas (básicamente con una solución donde prima la curva frente a la esquina en todas ellas), hasta edificios comunales, que sobrepasan el tamaño medio de todas las viviendas y construcciones auxiliares, pasando por edificios de características propias como las denominadas saunas castreñas, o saunas rituales, así como otros elementos accesorios como pozos o aljibes. Veremos las características morfológicas y constructivas de cada uno de ellos.

El tamaño del recinto castreño ha sido objeto de estudio y es esencial para caracterizar a la sociedad que lo habita ya que dependiendo del número medio de habitantes se pretende establecer si por ejemplo se trata de una sociedad fuertemente jerarquizada o es más igualitaria. Sirva la referencia de que, el tamaño medio de los castros del territorio astur transmontano da un tamaño no superior a 1 ha.

– Espacio destacado o “acrópolis”

Este término, define un espacio interno del castro, que responde a unas características especiales dentro del área habitacional. Se trata de un espacio amurallado, y en el que no apreciamos edificaciones de tipo vivienda en su interior (Villa, 2007:29), sino edificios de unas características que han sido definidas como público o comunal, que evidencian un espacio reservado a una finalidad distinta que el resto del perímetro amurallado.

Este espacio no siempre aparece representado en todos los recintos castreños, lo que puede ser interpretado como un lugar especial no sólo para el castro donde se ubica sino quizá para los otros poblados que se sitúan en las cercanías. Se ha considerado que la acrópolis es el lugar fundacional del asentamiento, el primer recinto amurallado del mismo, y que a medida que van incorporándose más habitantes se va ampliando el perímetro del mismo extramuros de ese espacio configurando un nuevo espacio para el asentamiento y creando una nueva línea de murallas. Lo que sí parece es que una vez que pierde ese carácter habitacional se transforma su interior a medida que cambia su función.

Este hecho se acentúa cuando tenemos en cuenta que en bastantes ocasiones las calles que discurren por dentro del castro (Pendia, Coaña, etc) discurren directamente desde la puerta de entrada al recinto castreño hasta la puerta de acceso a la acrópolis, (Villa, 2007:46) lo que parece hacer referencia a un recorrido destinado tanto a visitantes como a habitantes del poblado.

ELEMENTOS DE LA ARQUITECTURA CASTREÑA

Pasamos a analizar en profundidad los distintos elementos mencionados antes y revisando sus características.

– Murallas y defensas

Una de las características que mejor define al castro del noroeste es la muralla. No sólo por su morfología, que como veremos en el caso asturiano tiene una serie de peculiaridades constructivas que la definen, sino por su carácter simbólico.

El aspecto monumental de las murallas castreñas tiene una especial relevancia que muchas veces va más allá de su carácter defensivo, constituyéndose como un símbolo de poder de la comunidad que lo habita. Es un factor que concuerda con el carácter dominante del castro sobre el aprovechamiento del entorno, generalmente con la presencia de campos de cultivo o espacios para el ganado.(González-Álvarez, 2011:221)

La construcción de estas murallas se realiza, como toda la arquitectura castreña, con materiales locales, así por ejemplo en los castros asturianos y lucenses, el material más abundante es la pizarra por lo que la manera de construirlos es un aparejo de hiladas horizontales, como podemos ver en Mohías, Coaña, Pendia o la Escrita (Romero, 1976:37)

En los castros asturianos destaca la que se denomina muralla de módulos. Este tipo de defensas recibe su nombre al estar el trazado de las defensas compuesta de módulos independientes que tiene dos ventajas principales: una constructiva, que permite levantar cada módulo con los sistemas constructivos presentes en el castro y con la altura deseada sin que afecte a la infraestructura de toda la defensa. La segunda sería la construcción de una muralla más fuerte y menos expuesta a derrumbes, donde cada módulo se sostiene de forma independiente al resto.

En general, salvo las excepciones que presenta la existencia de murallas de módulos, que han sido interpretadas por un lado como una evolución indígena, y por otro como una influencia de las murallas de cajones del mediterráneo, lo cierto es que conviven los sistemas de amurallamiento con mampostería presentes en todos los poblados del cantábrico y en los castros de Galicia y Portugal. Su cronología ha sido objeto de debate atribuyéndole una creación en torno al siglo VI a.C. en algunos autores y no más allá del siglo III a.C. en otros. Parece claro que es un sistema de poliorcética que se implanta después de la aparición de los poblados fortificados, es decir, una innovación que se superpone a las murallas de mampostería lineal iniciales en el territorio.

En general son murallas con pocos elementos auxiliares como bastiones, que a su vez suelen ubicarse flanqueando las puertas. Son elementos defensivos no demasiado complejos, que se construyen gracias a la abundancia de materiales disponibles. Entre estos materiales es evidente que el uso de la madera, abundante en el entorno castreño, tuvo que jugar un papel importante que hoy apenas conocemos, bien en forma de empalizadas, o estructuras en las puertas de acceso o en otros lugares de las defensas.

Resulta sorprendente que muchos de ellos experimentaran una monumentalización a partir de la plena presencia romana en el territorio. (Villa, 2007:38) A mediados del siglo I d.C. las murallas y fosos de los castros experimentan un desarrollo notable, propiciados seguramente por la mejora técnica de la minería y los sistemas constructivos. La explicación la podemos adscribir al carácter de dominio del castro sobre el paisaje del entorno, en base a un prestigio social, es decir, que responda a la función monumental y de ostentación de poder del poblado.

Lo mismo sucede con los bastiones defensivos, donde los ejemplos que nos han llegado proceden de época romana, como en Llagú o Coaña. Lo cierto es que a pesar de todo la técnica constructiva estaba presente en el territorio desde el siglo IV a.C. como vimos para las murallas de módulos, o en la segunda Edad del Hierro para los sistemas de piedras hincadas en poblados fortificados al norte del Duero.

– Puertas y accesos

Los accesos del poblado fortificado son objeto de especial atención en la construcción del mismo. Uno de los elementos descritos antes, el bastión, torre defensiva etc, suele estar ubicado en las inmediaciones de la entrada. Al igual que el resto de elementos defensivos podemos pensar que tienen un carácter monumental que pondría de manifiesto el poder de la comunidad que puebla el castro frente al visitante que atraviesa los muros.

No obstante su trazado responde a las características de un sistema defensivo, con un abanico de trazados diferentes orientados siempre al control del acceso y a la defensa de lo que es un punto débil por definición de las murallas. Debemos pensar que la madera constituiría un material importante en este tipo de estructuras, que no han llegado hasta nosotros, pero que contribuiría a reforzar ese carácter monumental.

En algunos castros galaicos, como el de Viladonga, vemos restos de acanaladuras en los muros que podrían tener la funcionalidad de encajar una puerta de madera, pero en otros no tenemos ningún rastro de estructura de cierre, por lo que se ha supuesto que no todos los castros cuentan con una puerta de entrada, de hecho en la mayoría de castros astures no se detecta, de lo que se deduce que podría ser innecesaria si el sistema de murallas y baluartes es lo suficientemente efectivo para su defensa.(Romero, 1976:42)

La vivienda castreña

Uno de los elementos que más caracteriza el hábitat del mundo castreño es la cabaña, y especialmente la cabaña de tipo circular. Podemos definirlas como construcciones en las que predomina la planta circular y oval frente cuadrangular con esquinas redondeadas que se ubican en los espacios intramuros de los castros. Las edificaciones de planta rectangular o cuadrada en esquina son mucho menos frecuentes y se empiezan a hacer habituales durante época romana. 

Su tamaño medio se sitúa entre los 4 y 5 metros de diámetro, haciéndose más escasas las que superan los seis metros. (Romero, 1976:58) No se consideran viviendas aquellas que son inferiores a un diámetro de 2 metros a las que se atribuye un uso funcional más que habitacional. En cuanto a las viviendas mayores de seis metros generalmente se considera que tienen un uso comunitario bien sea como lugar de reunión o bien como lugar de encierro de ganado, o depósito de bienes. En este caso su funcionalidad parece depender del lugar donde se ubican apareciendo en muchas ocasiones en las acrópolis de los poblados.

Como indiqué más arriba la planta predominante de la vivienda de los castros asturianos es la circular, aunque hay ejemplos de casas cuadrangulares atribuibles tanto a la fase romana de ocupación del territorio. La única excepción reseñable es la presencia de cabañas cuadrangulares en el castro de Caravia, cuya fecha se ha atribuído sin duda al siglo VI a.C. tanto desde su investigación inicial en 1918 como en la reexcavación realizada a principios de los años 90 del siglo XX.

Poblados astures de la Edad del Hierro. Análisis formal y funcional
Fig.2 Vivienda 2 del castro de Moriyón. Dibujo de Yolanda Viniegra. (Villa, 2008: 730)

Se ha explicado esta especial forma de construir como de influencia de la Meseta Norte en el territorio oriental de Asturias sobre todo asociados a contextos arqueológicos de los mundos cántabro y celtíbero.

A esa planta con preeminencia de lo curvo se añaden en ocasiones muros colindantes que forman espacios adicionales que se denominan vestíbulos, si bien su función no puede ser determinada directamente por evidencias arqueológicas (Romero, 1976: 61). Pueden ser interpretados como espacios auxiliares de trabajo o de depósitos de objetos a cubierto de las inclemencias del tiempo, dándose por hecho que estaban cubiertos al igual que el resto de la vivienda. Han sido muy bien estudiados en el ámbito galaico donde aparecen concentrados sobre todo en territorio del sur de Galicia y el Norte de Portugal, sin embargo se produce un salto entre este territorio y el occidente de Asturias, donde aparecen de nuevo muy bien representado en Coaña por ejemplo. En territorio astur, es decir, entre las cuencas del Navia y el Sella no se documentan aunque puede tener mucho que ver la ausencia de excavaciones en extensión en los asentamientos.

– Materiales y técnicas de construcción

La técnica constructiva de los castros asturianos puede ser definida en su totalidad sólo si hacemos un recorrido diacrónico desde los restos de edificaciones más antiguos a los más recientes.

Tenemos una primera época constructiva que se considera heredera de la Edad del Bronce, con cabañas circulares asentadas en postes entre los que se realiza un entramado vegetal que luego es lucido con barro. (Villa, 2007:) En varios poblados, como el de Llagú por ejemplo, se documentan los restos de este enlucido, donde se aprecian aún las huellas de la materia vegetal que les hace de armazón. Detectamos este tipo de cabañas por las huellas de los hoyos de poste en el suelo y por la presencia de los suelos de tierra o arcilla pisada que sirven de piso.

En una segunda época, en la Edad del Hierro reciente, perdura este tipo de construcción, al menos combinado con el uso de la piedra, asentando las paredes de materia vegetal sobre zócalos que crean la estructura básica de soporte de la cabaña castreña (Romero, 1976:38). De todas formas la piedra aparece mucho mejor documentada en el occidente de Asturias, en el territorio Eo-Navia y va desapareciendo a medida que nos desplazamos al este.

La técnica constructiva de estas edificaciones en piedra es la misma que la de las murallas y a lo largo del periodo castreño observamos varias modificaciones, no generalizadas, pero sí presentes en varios asentamientos que nos dan idea de una evolución. Aparecen además nuevas técnicas constructivas como la falsa cúpula usada en edificios significativos como las saunas castreñas, que la emplean como solución arquitectónica para sus especiales requerimientos de temperatura y humedad.

En una fase final, cuando ya está implantada la presencia romana, se continúa edificando en piedra, pero se pone de manifiesto el uso de nuevos materiales, sobre todo para la techumbre, con el uso de tégula, que a pesar de todo sigue siendo minoritaria en el registro arqueológico.

– Cubierta de la vivienda castreña

Por las evidencias arqueológicas sabemos que la cubierta vegetal es la predominante en el mundo castreño. Como el resto de materiales empleados en la construcción de las viviendas tienen una procedencia local.

El empleo de paja de cereal cultivado en el entorno es la solución más sencilla, detectandose en el registro arqueológico a través de la palinología. (Romero, 1976:84) Este tipo de techumbre es una solución que economiza esfuerzo y recursos para mantener la vivienda seca y caliente, como demuestra la pervivencia notable de este tipo de techumbre durante toda la Edad del Hierro en el noroeste de la Península, y su continuidad durante la presencia romana en el territorio trasmontano y la Tardoantigüedad. Están en los orígenes de las viviendas circulares de cubierta vegetal que encontramos aún en la actualidad en algunas zonas de Asturias, Galicia y León. Este hecho viene a demostrar sobre todo que se trata de construcciones muy bien adaptadas al medio en el que se desarrollan. Cumplen su función de abrigo y lugar de habitación y su construcción y mantenimiento son sostenibles para el grupo humano y el sistema económico y social en el que se desarrollan.

Edificios y espacios de uso comunal

Ya hablamos de espacios rituales asociados a la parte alta del castro, conocida comúnmente como acrópolis y que ha sido muy bien documentada en el ámbito fronterizo galaico y astur en el castro del Chao Samartín.(Villa, 2007:728) Es precisamente en estos espacios donde se constata el lugar de reunión, pero no es exclusivo.

En otros castros como por ejemplo en Coaña además del Chao, se documentan espacios en el espacio habitacional que se desmarcan del perímetro de la acrópolis y aparecen entre las casas. Son plazas y espacios que tuvieron un lugar destacado en la vida diaria del poblado. En los dos casos se sitúan en las inmediaciones de la entrada de los castros, y en otros, como en el de Pendia, Llagú o San Chuis aparecen en la acrópolis.

-Cabañas comunales

Las cabañas comunales son de grandes dimensiones. La de Coaña tiene 12 metros en su parte más larga, y la que se documenta en el Chao Samartin, detectada por los hoyos de postes es considerablemente mayor (Villa, 2007: 736). En estos entornos no se documenta habitación y sin embargo sí que se obtienen objetos arqueológicos considerados de lujo, lo que pone de manifiesto su carácter diferenciado respecto a otros espacios.

Algo similar ocurre en el castro de Llagú en el centro de Asturias, donde a pesar de los escasos restos que quedaban en el momento en el que se excavó en extensión el asentamiento se documentan hoyos de poste (Berrocal-Rangel, 2002:138) con una distribución regular que podrían indicar la presencia de una cabaña comunal similar a la del Chao Samartín, pero que hay que tomar con todas las reservas del mundo debido  a la parquedad de restos observados. Es llamativa la presencia detectada a pocos metros de trabajos sobre el suelo de piedra donde se observa con dificultad la planta de un edificio rectangular pero terminado en un espacio absidiado, que ha sido interpretado como la planta de una sauna castreña, la más oriental de todo el territorio castreño.

-Saunas rituales

Asturias cuenta con un número importante de las denominadas saunas castreñas, que podemos definir como construcciones especiales en el recinto fortificado. Las saunas castreñas son edificios de planta rectangular y rematados en una cabecera absidiada. Están construidas en falsa cúpula que sustenta una cubierta a dos aguas. Asociadas a ellas se documentan estructuras de canalización de agua y de combustión.

Poblados astures de la Edad del Hierro. Análisis formal y funcional
Fig.3. Sauna 2 de Coaña. A la izquierda plano de Francisco Jordá, a la derecha plano de Antonio García y Bellido. (Villa, 2008: 736).

Se pueden dividir en dos grupos dependiendo de su posición respecto al castro, aunque de la pertenencia a uno u otro grupo parecen constatarse más diferencias funcionales. En el área del norte de Portugal se sitúan las que fueron estudiadas por primera vez, y que destacan por la presencia de una gran losa trabajada que recibió el nombre de pedra formosa, con el que se conocen también este tipo de construcciones en territorio gallego. En Asturias se documentan casi exclusivamente en la cuenca del Navia, y a diferencia de las grandes citanias de Portugal, aparecen dentro del recinto castreño. La mejor conservada es Coaña 2 (Villa, 2008:736)

DISTRIBUCIÓN INTERNA DE LOS CASTROS, ¿UNA ARQUITECTURA NO PLANIFICADA?


Hasta hace unas décadas se consideraba que no existía un patrón urbanístico en la distribución interna de los castros, más allá de la adecuación de las construcciones al desnivel del terreno. Esta afirmación era fruto del escaso alcance de las excavaciones en extensión en los castros asturianos. A medida que se ha ido investigando en este sentido es evidente que el panorama es distinto al supuesto anteriormente y que existe una planificación a la hora de crear y ampliar el asentamiento.

Preparación del terreno

Es evidente que si entendemos una organización espacial rectilínea y de distribución regular de las viviendas en el espacio intramuros de los castros, tal y como encontramos por ejemplo en la ciudad romana, no podemos hablar de urbanismo, pero quizá lo que es erróneo es considerar que sólo esa distribución corresponde a una planificación del terreno. La casa castreña como vimos requiere de un espacio en derredor para levantar y mantener su techumbre, lo que favorece su establecimiento independiente a otras construcciones, lo que significa la inexistencia de paredes medianeras entre las viviendas.

Sin embargo es evidente una planificación, tanto a la hora de preparar el suelo para levantar la vivienda, como para la ubicación de la casa principal y de las edificaciones auxiliares. La distribución de las viviendas está adaptada al terreno, pero ese terreno se trabaja para ser aterrazado y allanado (Villa, 2008:727). Además se percibe como las puertas de las viviendas y casas auxiliares se concentran en espacios a modo de patios, de los que podemos inferir la pertenencia de las edificaciones a la misma familia o propietarios. Esto requiere una planificación.

La unidad familiar

Del análisis de la vivienda castreña se ha podido determinar que no todas las construcciones estaban destinadas al alojamiento de sus habitantes. Por ejemplo se constatan edificaciones que tienen unas dimensiones demasiado reducidas para ser habitadas con comodidad, así como otras que incluso carecen de puertas lo que puede ser interpretado de diversas formas. Si observamos los medios de subsistencia de las comunidades castreñas entendemos que sería necesaria la presencia de edificaciones auxiliares, bien sea para la estabulación de ganado (ovino sobre todo), o bien para el almacenamiento de grano, y otros recursos.(Romero, 1976:81)

Tenemos en cuenta la posibilidad de que se levantaran construcciones perecederas para cumplir estos menesteres, al modo de los cabaceiros que actualmente todavía se encuentran en Galicia y Portugal, con pequeñas construcciones de material vegetal entrelazado sujetadas sobre troncos y con cubierta vegetal.

Se considera también que toda vivienda contaba con un hogar en su interior para calentarla, y su ausencia es considerada como un indicio de que se trata de una construcción auxiliar. (Romero, 1976:88).

Por tanto, encontramos que existe una vivienda y que en su entorno pueden ubicarse, edificios auxiliares o también otras viviendas. Del análisis de esta distribución se puede inferir que el conjunto pertenece al mismo grupo familiar, que tendría una casa principal y otras aledañas.

No siempre sucede así, y esto se interpreta como la distinta disposición de recursos dentro de la población del castro, una evidencia de diferenciación social, con propietarios que manejan más recursos frente a otros que no los necesitan por su actividad o simplemente porque no los poseen.

Barrios

En castros como Coaña, Sanfins o Briteiros, estos conjuntos de edificaciones adquieren una diferenciación más evidente en la fase romana de los poblados constituyendo los denominados barrios. Debemos tener en cuenta que no se trata de los barrios como los definimos ahora, sino simplemente agrupaciones de viviendas de una misma unidad familiar, casas con patios y edificios complementarios.(Romero, 1976:103)

La importancia de los barrios es que en su perímetro en los grandes poblados se delimita con muros que ya no responden al trazado circular, sino a líneas rectas que incluso muestran paredes medianeras entre dos grupos de viviendas. Esta distribución, que se considera influencia romana, tiene una consecuencia en el urbanismo castreño, y es la conformación de calles rectilíneas donde nunca las había habido con anterioridad.

Calles dentro del castro

La existencia de calles en el interior de los poblados fortificados está atestiguada desde su formación. Dejando a un lado los espacios entre viviendas, que como vemos obedecen a aspectos de distribución en familias y a la propia estructura de las viviendas, detectamos viales que permiten el tránsito por el interior del castro, que facilitan por un lado el acceso a la zona de viviendas y en las inmediaciones de las cuales se ubican los edificios que consideramos de aspecto público o comunal (Villa, 2007:43). Por ejemplo edificios de reunión o edificaciones tipo sauna.

No existen por tanto calles de trazado recto como vemos en otros castros de la Meseta, o un eje central, pero existen a cambio calles distinguibles en la planta de los castros, además de que suele ser frecuente la existencia de rondas en torno a las murallas consecuencia de su uso defensivo.

Son calles sensu estricto, es decir, no son el espacio intermedio entre viviendas sin más, sino que son calles creadas con el objetivo de transitar por ellas. En Coaña por ejemplo apreciamos el enlosado en una de ellas (Romero, 1976:117), incluso una acera en una parte del poblado. Así mismo en ellas se encuentran algunas infraestructuras destinadas al drenaje de aguas, como canalizaciones de agua revestidas de lajas de pizarra. Las calles se constituyen en los cauces de las aguas de escorrentía, auténtico enemigo de las edificaciones y de las murallas, por el peligro de acumulación.

LA ALTERACIÓN DEL MUNDO CASTREÑO, LA LLEGADA DE ROMA

Es evidente que el mundo romano tuvo que ver en el cambio experimentado en los poblados castreños, de hecho se nos antoja como el mayor factor diferenciador desde los momentos iniciales de esta cultura, sin embargo es un proceso lento en el que influyen otros factores. Por ejemplo durante los siglos I y II d.C. (Villa, 2008:739) observamos la presencia de edificios plenamente romanos con otros de nueva construcción pero indígenas completamente en su concepción. El arreglo y ampliación de las murallas tiene más un carácter monumental y simbólico en estos tiempos que en la función defensiva propiamente dicha, igual que los fosos.

La influencia de Roma se observa más que en la imposición de un modelo constructivo nuevo en la potenciación de élites locales que imitan el estilo romano y demandan nuevos productos ajenos al ámbito cultural en el que nos encontramos. Es más fácil verlo en el registro arqueológico de los objetos materiales que en las construcciones, pero tenemos ejemplos tan significativos como la domus del Chao Samartin, y en otros menos sutiles, como algunos elementos defensivos del tipo de torreones y baluartes en todo el territorio.

Otro factor en el que es evidente la influencia romana es en el impulso que reciben algunos poblados respecto a otros. Roma impone en este caso una capitalidad a determinados asentamientos (Villa, 2007:43) que se ven favorecidos por este hecho y es en ellos donde apreciamos con más fuerza la influencia de la romanización. Este hecho es común a todo el territorio del noroeste de la Península ibérica, así como en otros ámbitos de la protohistoria de Hispania.

En esas “capitales” residen las élites elegidas por Roma para actuar como intermediarios y se enriquecen. Al final del periodo son las que acaban abandonando el castro (Villa, 2007:48) y se trasladan a otro tipo de edificaciones, las villas, que comienzan a aparecer en los momentos finales del mundo castreño propiciando una nueva forma de afrontar la explotación del territorio.

No obstante, el castro es un entorno bien adaptado al medio en el que se desarrolla, y continúa siendo utilizado en algunos casos hasta época medieval, incluso en algún caso concreto, como Taramundi, ubicándose en las inmediaciones de las aldeas medievales que dan lugar a las poblaciones actuales.

Estado de la cuestión

El estudio de la cultura castreña del ámbito astur transmontano ha superado el debate sobre la fundación de los castros, que por otra parte vivió su momento más intenso en relación a los poblados fortificados del occidente de Asturias que pertenecen al ámbito galaico.

La discusión sobre cómo los entornos vecinos, es decir, el ámbito galaico por un lado y el de la Meseta norte por el otro, pudieron influir tanto en el desarrollo como en la configuración de la cultura castreña astur también parece haber quedado resuelto en gran parte tras las investigaciones de los asentamientos de la ría de Villaviciosa, que motivaron por otro lado el aporte de argumentos defendiendo la antigüedad de los poblados y su diferente ámbito de influencia, que parece distinto a comienzos del periodo, entre los siglos VII y V a.C. y los de la Segunda Edad del Hierro que parecen responder a patrones más occidentales.

Sin embargo, hablamos solo de influencias ya que toda la cultura castreña, tanto en Asturias como en Galicia parecen obedecer a un patrón de continuidad indígena desde el Bronce Final hasta el periodo en el que entra en juego Roma.

El estudio actual se centra en proyectos de investigación que tienen como objetivo la minería de la montaña occidental de Asturias por un lado y los de la cuenca del Nalón por otro, así como acciones esporádicas a medida que se documentan nuevos asentamientos, en los que se realizan investigaciones de urgencia motivadas por escasez de recursos para la investigación.

Conclusiones

Desde el comienzo del estudio de los poblados fortificados del noroeste de la Península Ibérica se ha producido una evolución tanto en la caracterización de esta cultura como en la definición de su marco geográfico.

Una vez demostrada la antigüedad de esta forma de ocupar el territorio se pone de manifiesto una continuidad desde el mundo del Bronce Final a los primeros siglos de implantación de los asentamientos en el territorio. Se hacen evidentes influencias tanto de la Meseta como del mundo galaico, con el que parece tener más en común apreciándose una identidad con el entorno del conventus lucense que parece más intenso a medida que se avanza en las investigaciones, y que contribuye a la redefinición por la parte occidental de los supuestos límites de la cultura castreña en el valle del Navia hasta el Sella.

La arquitectura castreña, y el urbanismo de los asentamientos queda definido como diferente al lineal geométrico definido por el mundo clásico. La no existencia de este urbanismo en el territorio puede tener distintas causas, pero en cualquier caso no podemos hablar de una ausencia total de planificación y una simple adaptación al terreno de las viviendas. Al contrario, observamos una preparación tanto de los espacios donde se edifica, y un cambio incluso en el lugar donde se ubica el propio castro atendiendo a necesidades económico-sociales más que a las de otro tipo.

La llegada de Roma supone un revulsivo para la sociedad castreña. Quizá lo más evidente sea la ruptura de un mundo esencialmente igualitario o poco segmentado socialmente a la potenciación de unas élites por parte de la potencia extranjera que acabarán transformando la sociedad desde dentro alterando tanto la forma de obtener los medios de subsistencia como los lugares donde se desarrolla la vida, y por tanto el declive de la cultura indígena anterior.

BIBLIOGRAFÍA

García y Bellido, A. y Uría Ríu, J. (1940) «Avance a las excavaciones del Castellón de Coaña», Revista de la Universidad de Oviedo, (1), pp. 105-131.

Romero Masiá, A. (1976) El hábitat castreño: asentamientos y arquitectura de los castros del N. O. peninsular. Santiago: Colegio de Arquitectos de Galicia.

Berrocal-Rangell, L. Martínez Seco, P. y Ruiz Triviño, C. (2002). El Castiellu de Llagú (Latores , Oviedo). Un castro astur en los orígenes de Oviedo. Madrid.

Marín Suárez, C. (2004) «Historiografía de la Edad del Hierro en Asturias», Historiografía de la Edad del Hierro en Asturias, 15(15), pp. 75-97. doi: 10.5209/CMPL.30753.

Álvarez Martínez, V., Expósito Mangas, D. y González-Álvarez, D. (2007) «Los castros del concejo de Salas», Salas en el Camino, 3, pp. 16-26.

Villa Valdés, Á. (2007) «Mil años de poblados fortificados en Asturias. (Siglos IX a.C. – II d.C.)», en Juan Fernandez-Tresguerres, C. (ed.) Astures y romanos: nuevas perspectivas. Real Instituto de Estudios Asturianos, pp. 27-60.

Villa Valdés, Á. (2008) «La Arquitectura doméstica en los castros prerromanos», La Prehistoria en Asturias. Un legado artístico único en el mundo, pp. 721-752.

González-Álvarez, D. (2011) «De la cultura castreña al mosaico castreño : una aproximación en términos sociales a la variabilidad de las formas de poblamiento de las comunidades castreñas del noroeste peninsular y orla cantábrica», Estrat Crític, 1(5), pp. 213-226.

Rodríguez del Cueto, F. (2015) «Análisis del sistema defensivo y del uso del espacio intramuros de un poblado fortificado: el Castro de Pendia (Boal, Asturias) entre la Edad del Hierro y la Época», Munibe Antropologia-Arkeologia, 66(1), pp. 245-258. doi: 10.21630/maa.2015.66.13.

Artículo anteriorEsto es lo que sabemos del plan de recuperación del yacimiento de la Campa Torres
Artículo siguienteLa estela de Valduno, un testigo pétreo a caballo entre dos mundos. Revista la Piedriquina
Fon S.P.
Apasionado por la arqueología e historia del pueblo astur. Pateando museos y yacimientos entre el Cantábrico y el Duero. Excavando cuando puedo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí