Os traigo la transcripción del episodio 12 del podcast. Hoy voy a salirme un poquitín del margen de la línea editorial de Asturias y voy a hablar de un tema que no tiene nada que ver con la teoría ni con las corrientes historiográficas, arqueología ni nada y, a la vez, tiene que ver con todo. Voy a hablar de un tema marginal, un tema marginal a lo que es el conocimiento histórico.
Se trata del detectorismo, de los detectoristas, de los expolios arqueológicos, de la investigación o simplemente del derecho de la gente a realizar una actividad recreativa.
Voy a intentar afrontarlo desde dos posturas distintas y lo hago también desde el punto de vista de alguien que realmente está al margen de todo esto, en el sentido de que ni soy detectorista ni soy arqueólogo, que son probablemente las dos facciones de este conflicto y de este enfrentamiento. Quizá por mi posición al margen de todo esto y, a la vez, estar en contacto estrecho, por lo menos con arqueólogos, sí que os puedo dar una versión yo creo que bastante buena, con un poco de perspectiva de esta situación.
Ojo, todo lo que digo aquí es mi opinión, mi opinión personal. Por lo tanto, no puedo hablar en boca de nadie, lo mismo que a mí me ofende cuando a veces alguien pone palabras en mi boca que yo no he dicho. Por lo tanto, todo lo que vais a escuchar hoy es una opinión personal de un observador.
La idea era dejar un poquitín testimonio de mi punto de vista respecto a un tema que es muy candente y que yo creo que afecta de pleno al patrimonio, y que está en boga por desgracia, porque los últimos acontecimientos que aparecen siempre relacionados con detectores de metales siempre son negativos.
Siempre son intervenciones de las fuerzas de seguridad del Estado contra expoliadores y gente que se está apropiando indebidamente de nuestro patrimonio. De hecho, este debate, que ya es antiguo, se revitaliza de vez en cuando cuando aparece una noticia como esta.
En este caso fue el descubrimiento de un montón de monedas, como ya sabéis todos: unas 6.000 monedas de plata y 21 áureos que procedían de yacimientos romanos de Castilla y León.

Nos toca un poco de frente en cuanto a que es el ámbito territorial de los astures, puesto que esos yacimientos, incluso, se hablaba de uno de ellos como que podía ser Lancia. Y bueno, seguramente no se trata de un solo yacimiento, sino de varios, durante un periodo largo de tiempo.
Entonces, bueno, mi idea aquí no era levantar polémica en absoluto, simplemente dejar unos argumentos, vamos a decir, de ahí el título de este episodio: Argumentos para el debate.
Da la sensación de que las partes que están implicadas en este debate no tienen ninguna intención de ponerse de acuerdo y, cuando se publica cualquier noticia o cualquier información que haga referencia a los detectoristas, lo cierto es que hay argumentos de un lado y del otro que apuntan a todo lo contrario a una resolución amistosa de este asunto. Yo creo que voy a aportar argumentos a un debate que, sinceramente, tengo pocas esperanzas de que se vaya a producir. Me parece que esto se va a resolver por una vía legislativa y va a implantarse una norma, y esa norma tiene pinta de ser mucho más restrictiva que la actual.
A modo de introducción
Voy a hacer una pequeña introducción, que yo creo que es obligatoria, porque quizá deberíamos entender un poquitín de lo que estamos hablando, y luego voy a intentar dar los argumentos a favor y en contra de los detectores de metales.
Así de simple: por qué creo yo que es bueno que exista detectorismo y por qué creo yo que es malo que exista detectorismo. Luego, cada uno que elija su bando, si quiere, si es que esto va de bandos, que para mí no va, pero bueno, que cada uno se forme su opinión, que seguro que muchos ya la tenéis.
Y bueno, si os aporta algún argumento más, pues me doy por satisfecho, pero como digo siempre, intentando no caer en la discusión, que es al final la manera normal por la que se resuelve este tipo de discusiones.
Veréis, la búsqueda de tesoros es algo innato al ser humano. De hecho, es una de las actividades más antiguas que existen, y los tesoros son algo que nos ha fascinado siempre. No solamente el oro, pero bueno, en gran medida el oro.
Conceptos como la fiebre del oro se pueden aplicar tanto a la búsqueda del preciado metal a través de la minería, de la prospección o del bateo, como a la búsqueda de oro a través de esas famosas gacetas y cuadernos de buscadores de tesoros que tan populares fueron a finales del siglo XIX y principios del XX.
El buscador de tesoros siempre necesita dos cosas. Uno: necesita información, necesita más o menos saber dónde abrir un agujero. Y segundo: necesita unas herramientas. Eso no ha cambiado nunca. Es una constante a lo largo de la historia, desde aquellos ladrones que saqueaban tumbas en la época de los grandes faraones, pasando por el periodo romano, pasando por el periodo medieval y llegando hasta nuestros días.
Y concretamente llegando hasta hoy. Como podéis suponer, el chalgueiro era un personaje entre entrañable y un poco siniestro que existía en Asturias, en Galicia, en todo el noroeste en realidad y, bueno, realmente en toda la península ibérica.
Era un personaje procedente del campo, procedente del mundo rural, al que le llegaba una información, bien sea por un rumor o bien sea a través de un cuaderno que se podía comprar en ferias, o un pequeño libro, una gaceta que se llamaba, donde le daban una serie de pistas de dónde buscar un tesoro.
Esta actividad, en principio legítima, puesto que todo el mundo yo creo que está legitimado para buscar un tesoro, pues rápidamente degeneró en una destrucción ingente de nuestro patrimonio en ese periodo, puesto que no se dudaba, por ejemplo, en utilizar dinamita para abrir un dolmen.
Evidentemente, faltaba mucha información respecto al patrimonio y no sabían realmente lo que estaban haciendo. Eran cosas que habían construido los antiguos, eran tesoros que habían dejado los moros, entendidos esos moros en la creencia popular como aquellos sarracenos que habían sido expulsados de Asturias por los cristianos y por nuestro rey Pelayo, y que al irse de Asturias habían dejado ingentes cantidades de oro y piedras preciosas.
Bueno, lo cierto es que, sea como sea, al final supuso una destrucción bastante potente de nuestros yacimientos y, además, duró bastante tiempo. Yo, por ejemplo, he tenido la oportunidad de excavar en algún yacimiento de los que se tiene información por la presencia de chalgeiros, y todavía se podía ver un pozo de saqueo.
Os estoy hablando de un pozo de saqueo de dos metros de largo por uno y medio de ancho, o tres metros de largo. Esta gente, armada con picos y palas, a veces en una andecha vecinal, se reventaba un yacimiento en busca de algo. A veces lo encontraban, a veces no. A veces los hallazgos eran casuales, muchas veces eran buscados, pero bueno, esa era la situación de nuestra región.
Es evidente que habréis encontrado ya similitudes con la situación actual. Hoy en día, el que busca un tesoro tiene más herramientas: detectores de metales.
El detector de metales es una herramienta maravillosa. Os lo dice alguien que no sabe ni cómo encenderla, pero lo digo con pena, porque me parece que es algo que puede ser muy útil a la hora de hacer una investigación arqueológica. De hecho, yo los he visto utilizar en excavaciones arqueológicas, siempre bajo el uso de gente que controla y que tiene una preparación, y la verdad es que es una pasada.
A un nivel más procesual, simplemente por repasar la terrera de las excavaciones, donde a veces se pierden piezas, porque es imposible verlas todas muchas veces, con mucha gente trabajando, algunos con más y otros con menos experiencia, como es mi caso. Entonces, bueno, a veces se pasa alguna pieza y el detector la encuentra.
Quiero decir que no es una herramienta mala. Volvemos a lo de siempre: el detectorista, el buscador de tesoros aficionado, cuenta con una herramienta de altísimo nivel. Un detector de metales se puede comprar a través de internet y realmente no hace falta ningún tipo de permiso para utilizarlo.
Al mismo tiempo, el detectorista actual tiene una ventaja respecto al buscador de tesoros de otros tiempos, ya que tiene muchísima información. Tiene información de yacimientos a un clic, los puedes llevar en el móvil.
Yo reconozco que sitios como Astures, como mi página astures.es, son una fuente de información para el que quiera tener información sobre yacimientos. De hecho, tanto es así que he tenido que cambiar un poco la línea editorial y no he publicado ya nunca más cosas relacionadas con el LIDAR, puesto que me enteré a ciencia cierta de que eran utilizadas para ir a yacimientos y posiblemente causar mucho daño.
Eso no quiere decir que haya dejado de hacer LIDAR, que lo continúo haciendo desde luego, pero ya no lo publico, porque me di cuenta de que era una información que, en manos de la persona inadecuada, la verdad es que hace más daño que beneficio.
Por lo tanto, la situación actual es completamente distinta. Antes, el buscador de tesoros generalmente buscaba salir de pobre. Hoy en día, aparte de querer salir de pobre, como todos queremos salir de pobres, yo creo que es más una actividad lúdica, una actividad de entretenimiento.
Como tal, suelen ser consideradas actividades que no conllevan ningún tipo de peligro, ningún tipo de peligro en el sentido de destrucción de algo común. No es que el pasatiempo sea quemar un monte; aquí el pasatiempo es coger tu detector de metales, salir al campo y prospectar una zona a ver si encuentras algo.
La única restricción es que tú no puedes ir con un detector de metales a un yacimiento arqueológico. Eso no debería ser extraño y me parece incluso muy acertado, puesto que en un yacimiento arqueológico hay riesgo de que destruyas algo que difícilmente se puede recuperar y, además, al fin y al cabo, ese es patrimonio de todos, no de una persona en concreto. Y ese patrimonio lo debemos investigar por los cauces adecuados.
Yo creo que estamos todos de acuerdo. Todos consideramos que el detector de metales es lo que es, y que el buscador de tesoros aficionado ha existido siempre. La situación actual es la que es, pero aquí se produce un choque de intereses y creo que es fundamental definirlo, puesto que es la base de todo este debate, la razón por la que estemos debatiendo sobre este tema.
El detector de metales es una buena herramienta para encontrar objetos de metal que están bajo tierra, y eso supone generalmente el hallazgo de piezas que tienen un valor arqueológico. La actividad implícita que conlleva la extracción de una pieza por parte de un detectorista supone la destrucción de eso que se llama contexto arqueológico.
Para el que no lo sepa, generalmente, aunque parezca lo contrario, en arqueología lo más importante no es la pieza, sino el contexto. Esto que habréis oído alguna vez lo que quiere decir es que la pieza por sí misma no tiene tanto valor como la información que se puede obtener si ponemos en relación la pieza con otra serie de datos que podemos extraer del lugar en el que aparece.
Os pongo un ejemplo. Imaginad que encontramos una fíbula omega, típica fíbula que estaréis todos hartos de ver si seguís este podcast. Las fíbulas omega tienen una pervivencia muy larga. Esas fíbulas, por sí mismas, no ofrecen más allá de que tengan una tipología concreta y, dentro de esa tipología, una subtipología concreta. No ofrecen más información.
Sin embargo, si tú la encuentras en un sitio y en ese sitio hay un pequeño hueso, un carbón, algo que podemos datar, pues ya podemos tener una certeza del arco temporal en el que podemos situar esa pieza. Y a lo mejor podemos poner en contexto eso que ya es un yacimiento arqueológico, aunque sea pequeño. Ya lo podemos poner en relación con otros yacimientos arqueológicos del entorno y nos permite, sobre todo, establecer un mapa temporal de la zona donde fue encontrada.
El punto de vista del detectorista aficionado
Sin embargo, y es así, el aficionado, el detectorista aficionado, el buscador de tesoros aficionado, no tiene esto en mente. Lo que tiene en mente es encontrar una pieza y extraerla, con lo cual hace un agujero en el suelo, extrae la pieza, la manipula y se la lleva —o no se la lleva— a casa, o la entrega a una institución.
Y aquí, esto que os acabo de contar ya supone una grandísima diferencia en cuanto al tratamiento que debe tener una pieza según un arqueólogo y el tratamiento que tiene una pieza según un detectorista. Con lo cual, aquí ya no se van a poner de acuerdo.
En segundo lugar, una vez que se encuentra la pieza, debería ser entregada a una institución. No por un acto de buena voluntad, sino porque lo dice la ley. Hay una ley de patrimonio que especifica que tú, cuando encuentras una pieza, la tienes que entregar.
Y esto también es un objeto de debate y de discusión, puesto que se contempla la posibilidad de que, si tú encuentras una pieza de cierto valor y la entregas, tienes derecho a una recompensa. Sin embargo, si esa pieza fue encontrada con un detector de metales, no tienes derecho a esa recompensa, o van a hacer lo posible por no pagártela.
Con lo cual, la motivación que pueda tener un detectorista aficionado, después de haber encontrado un tesoro, de entregar una pieza es entre cero y nula. Así que otro motivo más para que, por un lado, los arqueólogos y la gente que se ocupa del patrimonio estén en contra de los detectoristas, y otro argumento para que los detectoristas digan: “Señores, esto no puede ser así, porque yo no puedo ser considerado un delincuente simplemente por entregar una pieza, puesto que estoy cumpliendo la ley”.
Además, bueno, esta es la base del debate. Ya no entro —fijaos que ya no entro aquí— en incluir dentro del grupo de detectoristas a aquellas bandas de saqueadores, expoliadores y demás que revientan yacimientos arqueológicos en plan industrial, como salía en la nota de prensa del otro día, con coches de alta gama, mucho dinero en efectivo y destinando las piezas a venderlas en el mercado. Eso es delincuencia simple y llanamente.
Yo no considero que los detectoristas sean delincuentes. Yo creo que, además, la administración no debería considerarlos como delincuentes. Al contrario, lo cierto es que la relación, digamos, amable entre administración y detectoristas puede ser muy provechosa.
Tenemos ejemplos fuera de la península ibérica. Por ejemplo, en las islas británicas. Allí la actividad del detectorismo es una cosa que implica abuelos, niños, a toda la familia. Hay asociaciones, se organizan eventos, se sale a prospectar y, generalmente, lo que hay es una colaboración estrecha entre arqueólogos, instituciones y detectoristas, que permite una dinámica en la que las piezas suelen ser entregadas a las instituciones.
Ojo, hay expoliadores, igual que en todas partes. Pero, bueno, en el caso concreto de Inglaterra es casi una cultura popular la del detectorista y la del buscador de tesoros. A veces se organizan exposiciones en grandes instituciones de piezas descubiertas por detectoristas y, sinceramente, son alucinantes.
A mí me parece que es una manera de dinamizar el hallazgo de muchas piezas y, sobre todo, de identificar posibles yacimientos. Bien llevado y bien gestionado, me parece positivo. Lo que pasa es que tendríamos que preguntarnos si es posible gestionar algo así en nuestro país. Luego volvemos sobre este tema en la última parte.
La perspectiva académica y arqueológica
Respecto al otro punto de vista, el punto de vista de la arqueología y de las personas encargadas de la protección de nuestro patrimonio, yo os puedo decir que he hablado con varias personas que están encargadas de esta tarea. He hablado con personas de alto nivel en instituciones, tanto dentro de Asturias como fuera de Asturias, y la verdad es que la primera conclusión a la que llegué es que es un tema que incomoda. Incomoda mucho en el ámbito de la arqueología.
Y no por la razón que pueden pensar los detectoristas, sino porque es un problema que se percibe como un problema en aumento y, además, un problema con el que creo que tienen pocas herramientas para luchar. Es evidente que cuantas más personas tengan un detector de metales, estadísticamente siempre va a haber un mayor número de personas que se van a meter en yacimientos arqueológicos que no deben, y van a meterse con el detector a hacer agujeros donde tampoco deben.
Entonces el problema preocupa, y preocupa mucho. Por eso la insistencia en que se haga un marco legal que, en una palabra, restrinja el uso de detectores de metales de la manera que se está haciendo actualmente, de forma indiscriminada.
Cuando hablas con ellos, yo les comenté este tema que os dije de la entrega de piezas, que a veces la actitud no es la correcta respecto a esta gente. Te dicen que existe un clima de desconfianza total y absoluto hacia las personas que llegan con una pieza a una institución.
Por un lado, porque parten de la base de que la persona que entrega la pieza miente. En el sentido de que, si la sacó de un yacimiento arqueológico, por muy buena fe que tenga, nunca va a reconocer que lo sacó de un yacimiento arqueológico, con lo cual ya te está desvirtuando la información que puedes obtener de esa pieza.
Por otro lado, la pieza en sí no vale nada. Es lo que os digo muchas veces: la pieza en sí, una vez que está descontextualizada, no tiene demasiado valor. Estamos hablando de una fíbula o de una moneda romana, de las que hay miles. Otra cosa es que hablemos de un torques.
En cuanto a las piezas comunes que puedes encontrar en cualquier yacimiento, al final son pequeños fragmentos de metal, chatarras y cosas así, que tampoco van a ningún sitio.
Por otro lado, existe la certeza —no la creencia, la certeza— de que se están masacrando nuestros yacimientos arqueológicos. Es desesperante. Eso os lo puedo decir yo porque lo he visto en primera persona. Es muy triste que tú llegues a un yacimiento arqueológico a hacer unas fotos o a excavar, por ejemplo, y te encuentres un montón de pozos de saqueo en la zona.
Eso ya te da una idea de que lo que vas a hacer no vale de nada, porque seguramente te va a faltar información, va a haber contextos alterados. Por lo tanto, yo entiendo que esta gente que se dedica a proteger el patrimonio no esté muy contenta con que cada vez que vas a un castro esté lleno de agujeros.
Y pasa mucho más de lo que pensáis. Pasa todos los días.
La entrega de piezas. Dos maneras de verlo
Cuando tú llegas a entregar una pieza, realmente has hecho una faena, porque la arqueología es una técnica destructiva. Habréis oído hablar muchas veces de la arqueología en este sentido. Es como cuando tú lees un libro y cada vez que terminas de leer una página la quemas, porque desaparece ese estrato, esa capa de tierra que contiene una información.
Toda la información que hayas podido recabar de ese estrato, de esa estratigrafía, vale su peso en oro porque no se va a poder volver a excavar. Entonces, cuando alguien con un detector de metales llega y se pone a hacer agujeros a lo tonto, lo cierto es que está destruyendo información y nos está privando a todos, y a esta gente especialmente, de la posibilidad de estudiar un yacimiento.
Desde el punto de vista de un arqueólogo y de una persona que defiende el patrimonio, el uso indiscriminado de detectores de metales no tiene nada positivo. Solo genera dudas sobre la procedencia de las piezas, la garantía de que se ha destruido una parte del contexto arqueológico y, además, la certeza de que no se están entregando todas las piezas.
Es más, no se está entregando ninguna. A mí me decían que, en cuanto se hizo popular que ya no había posibilidad de cobrar recompensa por piezas encontradas con detector de metales, dejaron de entregarse piezas. Sin embargo, sigue habiendo detectoristas. Entonces, ¿dónde está todo ese patrimonio arqueológico que no se entrega?
Y esta es la situación. Así se plantea el debate desde las dos partes. Y la verdad es que, cuando tienes en cuenta estos argumentos, entiendes un poco mejor cómo se le va la pinza a la gente a la hora de comentar cosas en redes sociales.
El resto del episodio os lo dejo en audio en Ivoox y en Youtube. Gracias por leer hasta aquí


